La fábula del Choli y el recuerdo de "La Gallina"

"Y de tanto subir las escaleras para meterse en la “Gallina” un día siguió de largo y se fue mucho más arriba. Y se llevó a su Elsa y a su “ladero”, el Buchi… no podía pasar la eternidad sin ellos"...


El pasado 15 de mayo se cumplieron 51 años del fallecimiento de "Choli" Ongaro, talentoso músico pehuajense que dejó huellas muy profundas en el ambiente tanguero pehuajense. El convecino, Guillermo Landsiedel, rindió tributo con una atrapante "pinturita literaria", que nos permitimos compartir con nuestros lectores.


LA FÁBULA DEL CHOLI


"Ya de purrete fue díscolo. Poco apegado a los formalismos y a las molduras.
De esos a los que no les gusta que les marquen el camino… el camino se lo hacen ellos mismos.

Innovador, futurista, siempre un paso adelante de lo cotidiano.

La música le ganó el cuore desde siempre, desde la cuna… arrullado por el tango… y el fueye fue el ángel que le moldeó el alma.

Alumno destacado en la escuela por mérito de su inteligencia, no por horas de libros… hasta dicen que se aburría en las clases y por eso más de una vez se “rateaba” para fumarse un cigarrillo escondido entre los árboles del parque de nuestro pueblo.

Y su madre se acercaba adonde lo “mandaba” a estudiar música, a lo de Pancho Logioco para ver si estaba ahí, si no se había rajado a otro lado, hasta que un día el mismo Profe le dice: “Señora, no está, no viene… lo que pasa es que yo ya no puedo con él… él me supera, sabe más que yo…”

Tal vez para la madre haya sido como escuchar su fracaso… pero la sinceridad del Profe indicaba que había algo distinto, algo brillante en ese ser. Con la música… con el tango… y con el fueye como protagonista de su historia.

Futbolero, fanático de su Depo al que seguía donde jugara. Alma mater de la Peña “Azul y basta”.

Amigo incondicional de sus amigos. Noctámbulo concurrente a las milongas, donde desplegaba todo su virtuosismo. Adorador de Piazzolla, en aquellos tiempos en que serlo generaba cierto recelo entre los tangueros. Exquisito en sus interpretaciones y en sus arreglos.



Mientras le daba al fueye con la derecha… iba escribiendo la música con la zurda… o viceversa. Estos tipos no entienden de “diestros” o “zurdos”. Para ellos es lo mismo.

Fue de gusto refinado, e intransigente a la hora de conceder algo de esos gustos. En su hogar estaba permitido escuchar cierto tipo de música… y dentro de esa música, algunos autores e intérpretes. A su Señora le gustaban algunas orquestas típicas en boga en aquella época y esto generaba algunas discusiones, ya que no eran de su agrado… hasta casi que consideraba un agravio escucharlas.

Era “bichero”, y eso lo inculcó a toda su familia. El patio de su casa fue una especie de zoológico donde los animales (de todo tipo) vagaban libremente. Perros y gatos por supuesto… alguna vez un ternerito, y quizá el más conocido (por algunos no tan bien) ha sido el mono Arturo… que hacía las delicias de sus hijos… pero que en sus “escapadas” hacía desastres entre los vecinos…

Según me cuentan, más de una vez aparecía con alguna ropa, o con los broches, esos de madera, que estaban prolijamente colgados en el alambre que oficiaba de tendedero, o con alguna torta que había sido puesta sobre el aljibe para que se enfríe… pero de propiedad vaya a saber uno de qué vecino… Y a pesar de esto el Arturo mientras vivió siempre estuvo libre en aquel patio.

Su amor por los bichos tenía, por supuesto, su costado musical. A algunas mascotas que tenía les ponía nombres relacionados a la música. Una anécdota risueña es que a un gato le puso de nombre “Néstor Fabián”… porque desafinaba hasta cuando maullaba, según su criterio.

Era tan “bichero” que ya en aquel tiempo tenía “sus” perros en la calle. Que lo esperaban bien entrada la noche cuando él salía de su casa ya cenado para ir al Club Atlético o a la Gallina. Porque siempre su Señora le tenía preparado el paquetito con esas sobras que él religiosamente repartía entre esos perros.

Y hablando del Club Atlético, su presencia era prácticamente parte de la geografía de ese club. Ahí frecuentaba con sus amigos largas noches de cigarrillo, café y casín… El Pocho Tabbita, el Cacho Davín… muchos… tantos…

Desde su pueblo, nuestro pueblo, se entreveró con los “grandes”. Y los “grandes” lo buscaban para tenerlo ahí, con ellos.

Su casa era el lugar de encuentro, de reuniones hasta que las velas no ardan, donde siempre había un asado presto, o empanadas, o la picada… y siempre como remate la música, el tango. Y fue su casa el alojamiento de esos “grandes” cuando nos visitaban… Pepe Libertella, el Chocho Florio, Carlitos Gari… y tantos otros.

Anécdotas infinitas de infinitas noches. Con sus amigos… los de acá. El Buchi, el Lucho, el Jaso, el Tan, el Negro Laporta, Fulvio, Carlitos Vidal, Julio, el Flaco, el Coco Marchetti… tantos otros más…

Tantas pitadas taciturnas engalanadas con un whiscacho en ese primer piso de la calle Alem, armando un ambiente místico que hoy ya no se encuentra…

Y de tanto subir las escaleras para meterse en la “Gallina” un día como hoy siguió de largo y se fue mucho más arriba. Y se llevó a su Elsa y a su “ladero”, el Buchi… no podía pasar la eternidad sin ellos.

Capaz que hoy andan de ronda, metiéndole viola, fueye y canto como para despelotar el más allá…
Y con la altanería propia de los que saben, si algún pipiolo medio caído del catre le llega a pedir “Tocate Don Juan…” estará recibiendo como respuesta un “Yo toco tango nomás…”

Así era el Choli… y así fue, fugaz y brillante como esas estrellas que encandilan.

A mí… me lo contaron…"

Guillermo Landsiedel / otoño pehuajense / 15.05.2022

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