Sentido homenaje al popular "Chita"

Homenaje a uno de los brillantes futbolistas pehuajenses, recientemente fallecido. Precisas impresiones del escritor y periodista Roberto F. Rodríguez, publicadas en el diario "Noticias", que nos complacemos compartir con nuestros lectores.


Hasta la pelota lagrimea

El pasado viernes se apagó la vida de quien fuera uno de los más grandes futbolistas que se recuerden: Victoriano Edmundo Aveldaño. El popular “Chita”, apodo por el que se lo conocía, tenía 79 años de edad, y con su partida se fue uno de esos jugadores que, sin importar dónde jugaran ni que camiseta lucieran, el público iba a verlos.


UN PIBE DE BARRIO

Cuando apareció en la primera división de Estudiantes Unidos, yo aún no había nacido, pero llegué a verlo jugar durante mi infancia y mi adolescencia. Recuerdo que, aunque ya lo conocía, la primera vez que me impactó realmente fue en una mañana, en la vieja de cancha estudiantil de Avenida Sastre, cuando lo vi participando de un encuentro futbolístico informal, en el que estaba jugando totalmente descalzo sobre la humedad de la gramilla. Créanme que cada vez que impactaba el balón con el empeine parecía dolerme a mí ese impacto. No era difícil imaginar lo que pesaría esa pelota totalmente mojada, y sin embargo él la direccionaba con fuerza y precisión.

Para entonces ya era muy conocido. Un muchacho de barrio, surgido del vecindario cercano al club, donde protagonizó inolvidables tardes.

De físico delgado y pequeño, se las arregló desde muy temprana edad para mezclarse en los tremendo “picados” de los grandes, donde había que mostrarse fuerte, no solo para meter la pierna firme en los cruces sino para aguantarse sin chistar los revolcones, más allá de tener la agilidad necesaria y la debida noción de tiempo y espacio para quitar su cuerpo del blanco de ataque y esquivar los “guadañazos” rivales con precisión milimétrica.



ENTRE LOS GRANDES

Estudiantes Unidos había obtenido el campeonato de la Liga Pehuajense en 1960 y como debido a que varios de los jugadores empleados en la campaña, retornaron a sus clubes de origen, los dirigentes se abocaron a formar un plantel muy superior todavía. En consecuencia, se realizaron importantes incorporaciones de nivel profesional, y así llegaron los veteranos: Alfredo Bermúdez, gloria de Vélez Sarsfield y jugador de la selección nacional, y su compañero Felipe Daciano Santos. Se incorporó al joven y habilidoso puntero porteño David Murugarren; y se logró el pase del potente puntero Nelson Ortelli que había tenido un gran año en KDT. También trajeron a un delantero procedente de Talleres de Remedios de Escalada, Vicente Albamonte.

Con esas incorporaciones, efectivamente, se formó un gran plantel, donde, además de los nombrados, estaban los arqueros Carlos y Pintos; y jugadores tales como: Alberto “Haragán” Patiés, Caprara, Plaza, Médice, Lozano, Pucci, Contreras, Celso Patiés, Mel, Lamandía y Roberto Caputa.

¿Con semejantes nombres, tendría posibilidad un joven de 19 años? Era difícil imaginar que el querido Chita Aveldaño podría contar con un lugar. Y sin embargo lo tuvo. Porque era uno de esos nuevos valores que siempre se espera que aparezcan e irrumpan entre los grandes con la desfachatez de su juventud y la soltura de su espíritu lúdico en aras de la diversión personal y colectiva.

Porque así ha sido siempre nuestro fútbol argentino, donde los juveniles buscan su espacio entre los grandes y, cuando lo consiguen, toda la afición no duda en cargarlos de responsabilidades que no siempre logran soportar, aunque él era un distinto y lo demostró.

Ese año se dio el gusto de ser parte del plantel campeón, dado que Estudiantes revalidó su título tras superar a Calaveras en dos encuentros finales.

Curiosamente, sería el único campeonato que llegaría a conseguir Chita con la casaca albinegra a pesar de su larga trayectoria.


TITULAR POR AFUERA

En 1963, con 21 años, Victoriano Avendaño, se afirmó definitivamente en la primera división de Estudiantes Unidos y mantuvo su presencia como titular indiscutido por años, aunque en los dos primeros de ese período, con Roberto Caputa, José Mel y Celso Patiés en el centro del quinteto ofensivo, Chita debió jugar por afuera en esa delantera, pero llegó a alternar su posición durante los partidos, mostrando un mejor rendimiento por dentro.


LA 8 PARA SIEMPRE

Recién en 1965, con la presencia de Carlos Civelli en el ataque, Larroudé y Martínez por los extremos, y Celso Patiés comandando desde adentro la línea ofensiva, Victoriano tuvo un mejor lugar como entreala y, de allí en más, nadie se atrevió a discutirle el puesto ni intentar ubicarlo en otro sector. La casaca número 8 le calzó justo y ya no se la quitó más.

En 1967 jugó al lado de José Gambero y al año siguiente formó ala con Mario Galiani, pero la disposición estratégica de los equipos estaba cambiando. De aquel 2-3-5 con un quinteto de ataque, se pasó al 4-2-4 y luego en 4-3-3, aunque Chita siempre se adaptó a los sistemas, o quizá jamás le importaron porque siempre jugó como quiso y supo hacerlo.

En 1969, con 4 arriba, jugó entre Fredes y Larroudé, o entre Scarnatto y Carlos Civelli. Mostró su habilidad y se asoció con Saavedra para iniciar la salida desde medio campo, tiró paredes con un juvenil Hugo Ibarra, y asistió a los goleadores siempre que pudo.

Eran años en los que Estudiantes presentaba equipos que ofrecían un buen espectáculo futbolístico pero que no siempre lo acompañaban los resultados.


UN GRAN EQUIPO

Para 1971, al cumplirse una década del último campeonato obtenido por la institución albinegra, su gente impulsaba a cortar esa larga sequía que dolía demasiado. Tengamos en cuenta que, en los primeros 15 campeonatos oficiales de la LPF (en 1948 no se completó), Estudiantes había logrado 7 títulos (1946, 1947, 1949, 1950, 1954, 1960 y 1961), mientras que luego no habían conseguido nada.

Por eso se puso toda la carne al asador y se conformó un gran plantel de donde salió un muy buen equipo que, generalmente formaba con: Manuel Carlos, Arias, Reynaldo Torres, Colucci y Buratti; Aveldaño, Oscar Larroudé e Ibarra; Luis Ángel Civelli, Osmar Larroudé y Morales. Una formación que tenía relevos de jerarquía como Eliseo Estrada, José Gambero, Fredes y David Pérez, entre otros.

El equipo jugó en muy buen nivel y llegó al Petit Torneo entre los 4 mejores del certamen, pero como hubo un triple empate en el primer puesto, debió recurrirse a un triangular final, donde el albinegro estuvo cerca, pero en el partido decisivo ante Progreso, cotejo que Estudiantes necesitaba ganar de visitante, no pudo quebrar el cero, aun cuando contó con un penal a favor que ejecutó Morales y atajó Lamón. Igualmente, el partido terminó con escándalo y hasta fue agredido un conocido periodista deportivo.

Finalmente, Progreso fue el campeón.


LARGA SEQUÍA

La sequía se prolongó y si bien en 1972 Estudiantes no consiguió clasificar para el Petit Torneo final, sí lo hizo en 1973, aunque debió conformarse con el subcampeonato pese a haber goleado por 3 a 0 al campeón, Defensores del Este, en la fecha final, cuando el azulgrana ya se había asegurado el título.

La continuidad de Chita Aveldaño se cortó en 1974. Para entonces seguía siendo una usina generadora de fútbol junto a Hugo Ibarra, pero ese año el albinegro quedó lejos de la lucha por el título y no clasificó para el cuadrangular final. Fue su despedida.


RECONOCIMIENTO

A fin se ese año, la conducción de la entidad organizó una cena de gala en su sede social de calle Rivarola, donde fueron distinguidos los jugadores campeones de divisiones menores y como broche de oro, se le entregó una plaqueta recordatoria al gran Victoriano como testimonio del agradecimiento de todos los identificados con esa institución, por la dilatada trayectoria del popular Chita como integrante de los planteles superiores del club.

Fue un emotivo momento y un reconocimiento más que justo para quien supo ganarse el aprecio y la admiración de todo el fútbol pehuajense.


EL JUGADOR

Chita no fue un hombre de selección, aunque sí llegó a lucir la casaca albiceleste y hasta marcar el gol decisivo para la victoria pehuajense por 3 a 2 como visitante ante Los Toldos.

Fue un jugador que, por su pequeño físico, agilidad y destreza, pudo haber sido uno de los punteros más indescifrables, pero no quiso serlo porque encasillarse en una punta lo hubiera llevado a perder contacto fluido con lo que más amaba: la pelota. Entonces fue un 8, con todas las transformaciones de dicha posición tras los cambios que experimentó el fútbol, es decir: delantero, insider o entreala y volante. Pero nunca perdió la frescura ni la alegría de su juego. Un juego que siempre se distinguió por una significativa movilidad, un ida y vuelta quizá corto, pero muy efectivo, que imprimía gran propulsión al ataque estudiantil arrancando desde la línea media. Un 8 con sangre de potrero y claridad de cancha grande, con habilidad de calle de tierra y virtuosismo de crack. Un hombre humilde y bueno que generó sobrada fascinación como para ser una especie de gran fenómeno popular, pero que por esa propia humildad no lo fue en la medida que lo merecía.

Cuando el siglo XX tocaba a su fin, el Club Estudiantes Unidos lo distinguió como uno de los mejores deportistas del milenio que dio dicha institución. Y fue justo nuevamente.

Como he expresado anteriormente: lo vi jugar y soy un agradecido por ello. Aunque debo reconocer que en este fútbol demasiado serio que vemos, hombres como él, capaces de dibujarle una sonrisa a la seriedad más formal, se extrañan demasiado.

Hoy la casaca albinegra con el número 8 en la espalda sabe que perdió a uno de sus dueños más reconocidos, y solo me resta expresar: ¡Descanse en paz, Maestro! El fútbol llora por usted como el más sentido homenaje que se pueda tributar a su memoria.

Roberto F. Rodríguez.

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