A 130 años del nacimiento de Pedro Zanni, pehuajense ilustre

Al cumplirse, el 12 de marzo, el aniversario del natalicio del comodoro Pedro Zanni, el escritor pehuajense Roberto F. Rodríguez, difundió una síntesis del accionar de quien fuera una de las glorias de la aeronáutica argentina y claras precisiones que incitan a la reflexión. A modo de adhesión, adherimos a la recordación y compartimos las aludidas impresiones.

 


 

PEDRO, EL GRANDE

 


Un día como hoy, pero de 1891, nacía Pedro Zanni, un ilustre pehuajense a quien el prestigioso historiador Antonio Viedma Recalde ha considerado como la gran figura aeronáutica de todos los tiempos.

Aquel muchacho que soñaba con volar había nacido en una vivienda ubicada en lo que hoy es la esquina Oeste de la intersección de calle Del Campo con Avenida Lavardén, es decir donde actualmente se erige una farmacia.

Con 15 años de edad se incorporó al Colegio Militar de la Nación de donde egresó en 1909 como subteniente de artillería, aunque no tardó en incorporarse a la Escuela Militar de Aviación creada en 1912, hacia donde fue por los títulos de piloto aeronáutico y aviador militar, debiendo volar en globos aerostáticos y endebles aeroplanos bajo indicaciones de instructores extranjeros contratados a tales efectos.

Su pericia en la aviación quedó demostrada rápidamente cuando logró el récord militar de altura en 1913, alcanzando los 2600 metros con un modesto avión Bleriot construido con tela, madera y cuerdas de piano, con un humilde motor de baja potencia. Quedaba claro que había que ser muy hombre para volar en esos “barriletes” y el pehuajense lo era.

Un año después y al comando de un aeroplano Niuport con motor de 100 HP, logró el triple récord sudamericano (Velocidad, distancia y permanencia) volando desde El Palomar hasta Villa Mercedes (San Luis), con retorno vía Pehuajó, donde arribó el 21 de julio de 1914 despertando asombro y desatando una enorme algarabía popular, para emprender vuelo luego hacia la base de Morón.

Reconocido como el piloto más destacado del país, superó dos veces su propio récord de altura y recibió, de parte de la familia del malogrado Jorge Newbery, el avión que el multifacético dandi argentino había preparado para el cruce de la cordillera andina, proeza que su prematura muerte le impidió cumplir. Pero todos coincidían en que, si había alguien capaz de llevarla a cabo, ese era Pedro Zanni.


 

Tras tres intentos fallidos que provocaron la destrucción del avión y de los que el pehuajense se salvó de milagro, finalmente y con un avión más moderno y potente, consiguió el ansiado doble cruce (ida y vuelta sin escalas) del macizo andino partiendo desde Mendoza para sobrevolar Santiago de Chile, arrojar volantes alusivos sobre la capital trasandina y retornar al punto de partida.

Para su tiempo, Pedro Zanni había sido fundamental en el desarrollo de nuestra aviación con verdaderas hazañas que siempre estuvieron emparentadas con la grandeza deportiva y no con el belicismo que envuelve a los héroes de nuestra historia. Por eso la prestigiosa revista El Gráfico, uno de los más importantes órganos de difusión del deporte de toda Latinoamérica, le dedicó muchas de sus páginas a narrar las proezas del pehuajense, considerándolo como uno de los más destacados del país.

Pero su máxima obra estaba por venir y fue el intento de circunvalar el planeta en avión, algo que ningún piloto había conseguido, aún cuando estuvieran tras ese logro poderosos países como Inglaterra y Estados Unidos que se habían lanzado al ruedo con lo mejor que contaban.

Sin posibilidad de ser acompañado por su hermano Esteban, fallecido trágicamente en 1923, demorado por la enfermedad del nuevo navegante Nelson Page y amenazado por el peligroso avance del tiempo que lo llevaría a atravesar lugares en las condiciones menos propicias, Zanni se decidió a reducir la tripulación y el 26 de julio de 1924 partió desde Ámsterdam en un Fokker de 450 HP, adquirido con un porcentaje de aportes de muchos argentinos.

Lo acompañaba únicamente Felipe Beltrame quién, además de cumplir funciones de mecánico, debía reemplazar con pericia, valentía y un mayor esfuerzo humano, la falta del navegante oficial y segundo piloto. Ambos iniciaron un vuelo que estuvo cargado de los más atractivos ingredientes novelescos, pero que fue tan real como histórico. Azotados por inclemencias climáticas que abarcaban desde la copiosa e ininterrumpida lluvia selvática hasta las tormentas de arena levantadas en el desierto árabe, pasando por el temible simún asiático y los tifones del indómito mar amarillo, no se detuvieron. Descendieron y despegaron de terrenos considerados imposibles para ello, lo que despertaba sorpresa y admiración. Aterrizaron de emergencia en los más hostiles y peligrosos lugares, e igual siguieron dejando bajo las alas de aquel aeroplano ciudades y paisajes propios de un oriente milenario que alguna vez habían trascendido a través de cuentos fantásticos, pero que en verdad existían.

La destrucción del avión en Hanoi y el hundimiento de su reemplazo en Japón, pusieron fin a la aventura en la que cubrieron 19.000 kilómetros en un tiempo neto de 125 horas de vuelo. Aún así, el mundo no ahorró elogios para con nuestro coterráneo.

El New York Herald, que cubría el vuelo, elogió la labor del pehuajense y el reconocido aviador inglés Alan J. Cobhan, en la revista británica “Flyght” de fama mundial, vertió importantes conceptos destacando la manera en que Zanni había logrado decolar en el pantanoso suelo de Calcuta en su paso por la India cuando nadie había podido hacerlo.

También el diario londinense “Times” publicó un suplemento sobre el raid del pehuajense, como uno de los hechos más destacados dentro del progreso de la aviación mundial.

Recibió numerosas distinciones en nuestro país y países extranjeros, siendo condecorado como “Oficial de la Orden Nacional de la Legión de Honor” en Francia, “Oficial de la Orden de Indochina”, y “Orden al Mérito y Oficial de la Orden del Sol Naciente”, en Japón, país donde hay un único monumento a un aviador no japonés y ese monumento es al pehuajense.

Zanni fue un hombre que agrandó las fronteras culturales de nuestro país, pero su grandeza estuvo más allá de los récords, del temerario doble cruce del macizo andino o de aquel fantástico vuelo intercontinental, y se edificó sobre la base de una personalidad firme pero no autoritaria, docente por vocación y esencialmente práctica.

Tras su trágica desaparición, ocurrida durante el verano de 1942 en un siniestro de tránsito que dejó muchas dudas, siempre ha sido objeto de homenajes. Muchas ciudades como Buenos Aires, Córdoba, Mar del Plata, Paraná, Río IV, Del Viso y El Palomar, entre otras, poseen calles con su nombre, aunque no es nuestro caso, dado que la calle Zanni que surca Pehuajó fue bautizada así en memoria de Esteban Zanni, hermano menor de Pedro y primer mártir de la aviación naval.

Pero Pehuajó ha rendido sus homenajes póstumos. La Terminal de ómnibus se denomina Pedro Zanni desde 1965, donde un precario monolito (emplazado en 1974 y demolido en el presente siglo) recordaba su memoria, mientras que nuestro aeródromo también luce su nombre desde 1976.


 

Dentro del territorio de nuestro país hay escuelas y sociedades de fomento que llevan el nombre de Pedro Zanni, más allá de una de las calles sobre la que se halla el edificio Cóndor (sede principal de la Fuerza Aérea Argentina) y la plazoleta del Aeroparque porteño que fue denominada en su honor.

Un piloto reconocido en el mundo. Un hombre de sólidas convicciones cívicas y democráticas que quizá, por ser un militar en tiempos convulsionados, lo alejaron del bronce.

Por eso es probable que lo nuestro suene a muy poco, más allá de discontinuos homenajes anuales realizados en distintas décadas.

Seguramente Pedro Zanni merece más. Pero no se trata de monumentos fastuosos ni actos grandilocuentes. Alcanza con hacer conocer su obra a todas las generaciones, difundir su biografía en los colegios y rescatar permanentemente su figura del peligro de la omisión del tiempo, algo que alguna vez me llevó a escribir el libro: “Las dos muertes de Zanni. El héroe que la Argentina olvidó”. Con eso estaríamos cumpliendo.

Roberto F. Rodríguez

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