Ahora sabemos, ¡qué tienen las noches allá por fines de enero!

A 25 años de la creación del festival “Mones Cazón, un pueblo que canta y baila”, homenaje y reconocimiento a Mirta Goldstein, cuya labor comunitaria complace destacar.


Las noches de este fin de enero, allí en la hospitalaria Mones Cazón, tienen una aroma diferente. Se palpa, se siente. Contagia y transmite un algo muy especial.

“Mones Cazón, un pueblo que canta y baila” cumple 25 años. El pueblo está de fiesta. Los recuerdos dominan sentimientos y el placer de haber recorrido un cuarto de siglo se torna hasta increible.

El alma buena de Mirta Goldstein, plena de humildad, sencillez y sincero amor por el canto popular y su pueblo, está presente como todos los años.

Claro que hoy la luna más asombrada que nunca ilumina el predio del Centenario y la voz de ella, inconfudible, acaricia los corazones de todos los presentes y el atrapante perfume de bombos y guitarras invade el aire monescazonense. Vibra la fiesta de la hermandad entre abrazos y saludos.



Parece que fue ayer y han pasado 45 años de la creación de la peña “Los Amigos” en el club Atlético, donde Mirta depositó sueños e ilusiones. Han pasado 25 años del nacimiento de “Mones Cazón, un pueblo que canta y baila”, que también tuvo a Mirta como impulsora junto a numerosos convecinos identificados con lo nuestro.

Y es justo recordar que en los primeros festivales de folklore sureño, realizados en el parque de Pehuajó, también fue protagonista y pionera. Su arte, después de actuar en el Teatro del Lago, se expandía en peñas y locales céntricos hasta que los rayos del sol convocaban al descanso.

Siempre estaba. No pedía nada y lo daba todo. Su dulzura de mujer y su espiritu solidario eran estímulo constante para todos los que tuvieron el privilegio de conocerla y tratarla.

Se acumulan almanaques y la esencia de eventos claves siempre está vigente. Y los roles de sus hacedores con más fuerza aún. La siembra de Mirta, como docente, poeta y cantante, germinó frutos indestructibles en el tiempo.

Este enero de 2020, principio o final de una década, además de exaltar el afianzado festival, permite rendir tributo a la voz de Mones Cazón, la dama del festival que amó la música, el canto y la vida con suma intensidad. Y cuando afrontó duros momentos y la luz de sus ojos comenzó a apagarse, dio ejemplos de fortaleza y fe para seguir adelante.

Cuando expiraba el mes de agosto del año 2012, Dios la llevó de gira por los escenarios celestiales. Y como solía decir el cura rural, Julio Vicario, que nació el mismo día que Mones Cazón y predicaba en la iglesia San José: “la muerte es lo más importante que nos pasará en la vida, porque se cumple la única certeza del ser humano y confiere sentido de trascendencia”.

Trascender no es sólo sobresalir, es presencia, permanencia, esencialidad e inmortalidad. Por ello, Mirta Goldstein vive y comparte las noches de su Mones Cazón que canta y baila. Está con su guitarra y su poncho, irradiando buen humor, humildad, sencillez y amor sincero; valores que supieron rescatar las incondicionales amigas Iris y Mercedes junto a numerosos convecinos que dan vida los fines de enero al encuentro de música, danza, canto y hermandad.


Por eso y mucho más, el duende festivalero ensancha el corazón. Se entrecruzan pañuelos blancos y azules y el perfume del aire se percibe como el primer día hace 25 años.

"La pucha... ¡Qué lindo se ha puesto el pago y qué encanto tienen las noches allá por fines de enero cuando vibra el corazón en el suelo de Mones Cazón!
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