Ochenta años de TC

Con motivo de la celebración, invitamos al escritor y periodista pehuajense, Roberto F. Rodríguez, para reseñar el TC y particularmente remarcar la presencia y gravitación de Pehuajó en la más popular de las categorías automovilísticas.

El turismo de carretera acaba de cumplir 80 años de existencia y como apunte referencial resulta válido mencionar que el Ford anochecido de Angel Lo Valvo, conocido como “Hipómenes” y figura fundamental de los comienzos de la categoría, se quedó con el primer Gran Premio disputado entre el 5 y el 15 de Agosto de 1937, primera prueba oficial de una categoría que nacía con mucho entusiasmo entre sus cultores, aunque muy lejos estaban de imaginarse que alcanzaría, con los años, la máxima popularidad del automovilismo argentino.

Pero también es justo apuntar que Eduardo Pedrazzini fue el primer campeón argentino de automovilismo, coronado ese mismo año con dicha denominación, temporada donde logró llevar su máquina a la victoria en la primera edición de las “Mil Millas Argentinas”, prueba que también ganaría un lugar de privilegio dentro de la historia, aunque aquella edición en particular quedara marcada con el lamentable episodio que cobró la vida del piloto Américo Traba, primer volante caído en turismo carretera y cuyo nombre inició una luctuosa nómina que llegó a totalizar 74 pilotos fallecidos durante el Siglo XX.

Pehuajó asomó decididamente al TC a fines de 1956, en ocasión de disputarse el Gran Premio anual de la categoría que, en esta ocasión, contó con una neutralización en nuestra ciudad, por lo que todos los competidores debían detenerse aquí durante el tiempo estipulado y luego continuar la etapa.

Fue un evento muy recordado porque precisamente sobre el límite que demarcaba la llegada de las máquinas, se produjo el accidente del auto pilotado por Plinio Rosetto que terminó destruido y en llamas, salvándose sus ocupantes de milagro, aunque no salieron ilesos, al igual que dos efectivos policiales que estaban de servicio.

Ese incidente encendió definitivamente la llama de una pasión inagotable que ardió en el pecho del joven pehuajense Jorge Eduardo Farabollini, por entonces solo conocido como piloto de Ford T, quien intentó adquirir el auto siniestrado de Rosetto para preparar su propio TC pero no tuvo eco.

Sin embargo no desistió de la idea y dos meses después logró llegar a un arreglo para quedarse con el fatigado Ford de Daniel Musso.

Desde su debut en Olavarría en febrero de 1957 con un décimo puesto final con vuelco incluido, hasta el vuelco fatal en Huergo, en agosto de 1962, Jorge logró subirse ocho veces al podio de la máxima categoría, con cuatro terceros puestos, tres segundos puestos, y una recordada victoria en Arrecifes en 1961.

Fueron más de dos años entre los diez primeros de la categoría junto a figuras como Juan Gálvez, Dante Emiliozzi, Oscar Gálvez, Marcos Ciani, Rodolfo de Alzaga, Carlos Menditeguy, Oscar Cabalén y una constelación de estrellas que no solo realzaban notablemente el prestigio de la categoría sino que elevaban la reputación de aquel que lograra pelearle a ellos una buena posición en el ranking y el Gringo estuvo siempre allí hasta que el destino le tendió una trampa fatal.

Desde entonces todo piloto pehuajense debió luchar también contra lo hecho por Farabollini y nadie logró acercarse lo suficiente como para ser tenido en cuenta en lo más alto.

El cambio que operó en la categoría en los años siguientes resultó decisivo. Lo sufrió Manuel Armella, hombre de reconocidas condiciones de manejo como lo resaltaran los entendidos, que sucedió inmediatamente al Gringo en la conducción del ya casi vetusto “Ciudad de Pehuajó”, porque para entonces las históricas máquinas que habían sido un emblema de la categoría, empezaban a despedirse de rutas y autódromos.

También lo sufrió Luis Tosti, que pilotó luego la vieja máquina, aunque con un motor F-100 bramando en las entrañas de hierro. Es cierto que se anotó un honroso octavo puesto en el maratónico Gran Premio Argentino de 1965 con más de 100 inscriptos y en una época donde si bien Ciani, Oscar Gálvez, Menditeguy, Alzaga y otros seguían manteniendo su prestigio a fuerza de lucha constante, era el tiempo de oro de los hermanos Emiliozzi, quienes parecían resistir el paso del tiempo y el empuje de nuevas figuras como Juan Manuel Bordeu y Carlos Pairetti, al igual que los innovadores Angel Rienzi con el F-100 y Jorge Cupeiro con el chevytú. Los pehuajenses que vinieron después, no lograron consolidarse lo necesario.

Pehuajó tuvo su prueba oficial del TC a partir de 1958 y hasta 1966, salvo la interrupción de 1962 por la muerte de Farabollini. Ya cuando nuestra ciudad comenzaba a desaparecer del calendario teceísta, surgieron los jóvenes Hugo Polo con una típica “Empanada” como se denominaba en el TC a ese tipo de máquinas, y Clemente Cumba con un Ford Falcon, pero el paso de ambos por la categoría resultó casi intrascendente, tal como había sido el de Sergio Etcheverry en 1961.

En consecuencia, se abrió un paréntesis que empezó a cerrarse a mediados de los ’76 cuando a instancias de Walter Terrón y apoyo de numerosos entusiastas, Pehuajó contó con una nueva máquina de TC, en este caso una prolija coupé Chevy que, representando a nuestra ciudad, fue conducida por Jorge Martínez Boero en el debut, quedando luego en manos de Héctor Moro, y cerrando su historia pehuajense con Luis Saint Germes como piloto, aunque siempre con Terrón como acompañante.

Volvió el TC a Pehuajó en 1979 con una prueba oficial, y al año siguiente se disputó el Gran Premio 4 Provincias, con partida y llegada en nuestra ciudad, lo que reavivió el fuego sagrado iniciándose una nueva etapa con la aparición de la figura de Oscar Prieto, piloto trágicamente fallecido en un accidente aéreo.

En ese tiempo Terrón intentó suerte como piloto pero no logró clasificar en la prueba necesaria para ser acreditado oficialmente como tal. Enseguida llegó el momento de Enrique Máximo Gallimotti, que debutó con Torino y luego corrió con Ford pero sin el acompañamiento de la suerte como para apuntalar una campaña que fue tan sacrificada como pobre en resultados.

En ese mismo tiempo otro pehuajense estaba en el TC, Dante Omar Catellani, quien provenía de la Fórmula 2 del sudoeste. Su debut fue con un Ford, pero sus mejores resultados los consiguió con Dodge, destacándose en dos ediciones consecutivas de la prueba organizada en Santiago del Estero, con sendos quintos puestos en su serie en cada caso, pero muy lejos en la final.

Otro contemporáneo fue Alberto Piñanelli, quien acompañado por su hermano Jorge, debutó en el autódromo porteño con el número 126 y bajo la lluvia. Pese a no contar con neumáticos adecuados, se las arregló para terminar entre los diez primeros y su performance no pasó inadvertida porque Clarín incluyó su nombre en una nota destinada a lo que consideraban: “La nueva sangre del TC”, entre los que estaba el Tano Pernía que también había debutado ese año.

En 1985 se presentó en una competencia destinada a pilotos No ganadores y debutantes que se desarrolló en el circuito número 7 del autódromo porteño. Hizo un muy buen tiempo pero inconvenientes en los neumáticos lo relegaron al cuarto puesto. Igualmente su máquina fue la elegida por la revista CORSA para ilustrar la tapa de la edición de esa semana referida a la fiesta del TC vivida en el autódromo.

Lo que vino después estuvo lejos de aquellos años de gloria porque el TC, propiamente dicho, quedó inalcanzable para los soñadores pehuajenses que no pudieron continuar el camino de sus antecesores, y muchos se encaminaron hacia otras categorías.
Lo cierto es que el turismo de carretera ha cumplido 80 años y aunque es distinto al de otras épocas sigue vivo y muy arraigado en la memoria popular de los pehuajenses.

Roberto F. Rodríguez
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