Un canto al trabajo y a la vida

Nació en Pehuajó. Gran parte de su vida vivió en Curarú. Fue alumno de la escuela Sarmiento. Jugó al fútbol y al básquet.Fue monaguillo. Domador, jinete, tropillero. Cantor y guitarrero. Criollo de ley y trabajador incansable.

Atardece en la ciudad. Desde la ventana las sombras de los árboles se confunden con los últimos rayos del sol. Juan José Cejas “Titi” (75) ha culminado una jornada de trabajo, una rutina que cultiva desde niño. Y los recuerdos florecen a flor de labios.

«Soy nacido en Pehuajó. Criado en el barrio de Calaveras. Viví en la calle Sastre. Ese fue mi barrio, en mi juventud jugué al fútbol, en la vieja cancha. Era el único que iba a entrenamiento de a caballo, allá por 1961, 62. Hay muchos de mi edad que se acuerdan.

Jugaban equipos locales y de la zona, de Nueva Plata y Guanaco. En Guanaco me hicieron una plancha y me tuve que operar de meniscos, así que fue muy corta mi trayectoria como deportista fue de dos años nada más, además de fútbol también jugué al básquet”.

Concurrió a la escuela Sarmiento. “Siempre me acuerdo de mi primera y última maestra, la señora Yolanda Massola de Rodríguez y Olga Debernardi”, remarca y evoca su rol de monaguillo, en la Iglesia San Anselmo, con el recordado padre Keegan.

“A los 21 años, me ocuparon por un año para trabajar en estancia Los Indios. Me llevó Jorge Calvo, gran compañero y amigo de toda la vida. Me invitó para suplantar el primo de él, Héctor Pucci, que se iba al servicio militar. Era ayudante de inseminación. Pero era por un año, cuando él volviera se terminaba. Héctor volvió, lo mandaron al escritorio y yo seguí como ayudante de inseminación. Al poco tiempo, me ofertan el puesto de encargado de la gente de campo. Y no quería, había trabajado desde niño en estancias, pero para mandar gente no tenía noción. Santiago Mauri insistió y acepté”.

Pero la confianza en “Titi” se afianzó. “Al año siguiente jubilaron a Guillermo Baute, que hacía más de 30 años que estaba con los Fourcade. Me ofrecen su puesto, cada vez entendía menos. Un año después me ofrece el cargo de encargado general. Desde los 21 años que empecé como ayudante llegué a encargado y estuve hasta 1984”.

CUANDO ME FUI DE LA ESTANCIA

Cejas baja la vista y pasa su mano por el rostro. Son muchos los recuerdos que lo invaden. Un día decidió irse de la estancia. “Me despedí solo, una forma de decir, porque me cansé mucho de renegar con la gente. No tengo un temperamento tranquilo. Pero me retiré en buena relación. Cada vez que me enojaba con algo, me tuve que echar. Tres veces lo hice. La última vez cerré los ojos y me retiré el 22 de junio de 1984. Don Fernando Fourcade mayor, para mi un amor de persona, no se enteró porque falleció al mes siguiente. Las dos veces anteriores, él me había pedido que me quedara, recuerdo que hasta con lágrimas en los ojos me pedía”.

Un párrafo aparte para la familia Fourcade. “Son muy buena gente. Hoy en día tengo muy buena relación con ellos, con Fernando segundo, Fernando tercero, con Martín, con todos. Hace un tiempo, uno de ellos que había estado en Estados Unidos vino a casarse acá. Me invitaron y estuve con todos en la iglesia San Anselmo. Buena gente y lo cuento con alegría porque me fui de la estancia con la frente bien alta y buen concepto”.

Y sin duda ese establecimiento agropecuario cala muy hondo en sus sentimientos. Periódicamente, «Titi» se da una vuelta por «Los Indios». A propósito recuerda: “Una vez me invitan a cantar a mí y a Los Peñeros. Ese día éramos más de doscientos y me permití darles un consejo a todos los empleados. Ustedes nunca comentan los errores que yo cometí. Para un fin de año, pedí permiso para dar serenata y no tuve la mejor ocurrencia que cantar «el Orejano». Cómo podía ser tan grosero con un patrón... Y en ese momento, luego de contar la anécdota, se levanta Don Fernando y me dice «Titi cante el Orejano». Y lo canté, así era Don Fernando”.

APEGO POR EL FOLKLORE

Al llegar a “Los Indios” ya tenía un dominio pleno de los caballos, conocía todas las tareas del campo y allí profundizó su amor por el canto folklórico, que había comenzado en un trabajo anterior. “Cuando era empleado en la estancia La Nueva. Ni bien terminé la escuela me ocuparon para trabajos de bañado de hacienda, allá por 1955, que no me olvido porque me acuerdo como lloré cuando derrocaron a Perón. Cuando salía a recorrer, cantaba para mí, me gustaba, me miraba a la sombra del caballo. Aprendía alguna letra, pero sabía tocar la guitarra”.

Trabajo, canto, guitarra y caballo, siempre apegados a la vida de Cejas. “Un día abandoné el caballo, tuve una caída y le tomé miedo. A un tío mío lo mata un caballo en un accidente, quedó enredado en el lazo al enlazar un novillo, le pateó la cabeza y lo mató. Me dio miedo, si bien anduve reseriando, trabajé en las ferias. Siempre con el caballo, mi abuelo murió a los 90 años, los tíos todos fueron domadores”.

Cuando se aleja de las labores camperas se dedicó a trabajos de pintura. “Me ocupó Zanelli, fui empleado de Andrade con quien también jugué al básquet en San Martín. Y ahí se junta el canto con mis primos y empezamos a aprender. El «pitulin» Chávez, que era el cantor, guitarrista tanguero; con Oscar Agostinelli, se reunían todos los días en una casita en calle Sastre. Yo iba a mirarlos. Y mirando aprendí a tocar la guitarra”.

En más de medio siglo de cantor popular abundan los recuerdos. Imposible hilvanarlos y siempre queda alguno en la senda de la memoria. “Don Zanelli me compró la primera guitarra. Empecé a «rascar» lindo he hicimos un conjunto con Oscar Gómez, mi primo. Le pusimos «Bagualero». Ganamos un concurso, allá por 1961. Cuando llegué a «Los Indios» seguí. Tocar la guitarra sé muy poco pero cantar siempre me gustó. Y en la estancia hicimos otro conjunto, con un muy buen guitarrista que me acompañó 25 años, Jorge Raúl Abalos. Más adelante me hago de novio con la hermana de Francisco Morabito y estaba otro buen guitarrista, Coli Correa. Los cuatro formamos «Los Indios de Curarú». Más adelante seguí cantando solo y no pare nunca. Van 56 años”.

“NO SE DAN CUENTA LO MAL QUE CANTO”


Titi maneja muy bien el sentido del humor, sin alterar su firmeza de carácter y su sinceridad. “Fumo mucho pero no he perdido la voz. Me gusta cada vez más porque aprendí a cantar de viejo. Había lugares muy feos para cantar, galpones, muy cerrados, poca acústica. Era más lo que gritaba que lo que cantaba. A mí me gusta cantar afuera, donde no hay eco ni bullicio. Por mí pueden gritar, zapatear, bailar, hacer lo que quieran (lo digo medio en broma y medio enserio) porque cuanto más gritan o más ruido hacen no se dan cuenta lo mal que canto”.

La charla llega a su fin. Juan José nos muestra los premios y reconocimientos obtenidos en su larga trayectoria. Las emociones se renuevan y la valoración de los felices momentos se exterioriza. Los CD grabados son un claro testimonio para sus descendientes y los seguidores del canto popular. Él mismo los bautizó: “Nunca es tarde”, “Como en aquellos tiempos” y “Por el gusto de cantar”.
Habría mucho para agregar. Las primeras sombras de la noche se vislumbran a pocos metros, atrás del paso a nivel de Juana Manso, en el bello parque San Martín, donde pasa sus días “Titi” y su compañera. El destino quiso que después de 44 años en Curarú volver al pago natal. Jocosamente lo comenta: “Con todo el respeto que se merece las vueltas de la vida, hacen que cambie «una vieja por otra más vieja» y me tengo que radicar en Pehuajó”.


SIN ENVIDIA NI RENCORES

El balance es por demás positivo. “Estoy muy contento con todo lo hecho, tanto en el trabajo, como cantar, bailar, domar, jinetear. Nunca le di importancia a lo que he hecho. Jamás. No le tengo envidia a nadie. No hablo mal de nadie. No me preocupan si me roban los aplausos, hay gente que si”.

“Me gusta más trabajar que cantar, y bailar más que cantar. Pero cuando surge algo para actuar ahí estoy. Siempre presente haciendo lo que sé y haciendo cantar a la gente, como hace poco en La Valeria, donde me siguió Daniela Pérez, nueva cantante que no conocía, que tuvo el coraje de cantar conmigo”, acota complacido.

Y sobre la despedida, “Titi” apodo que viene desde niño sin saber por qué, nos deja una confesión y un mensaje: “Cuando me voy de «Los Indios» parecía que se me había terminado en mundo. Después de muchos años me di cuenta que había cometido un gran error al «echarme» de Los Indios. Me deprimí de tal manera que me parecía que no volvía más a trabajar. Con 42 años me sentía una persona vieja. Hoy tengo 35 x 2 más 5 y vengo de trabajar arriba de los árboles. Con mi compañera me llevó muy bien y vivo trabajando. Es lo mejor que me puede ocurrir. El día más triste de mi vida, será el día que no pueda trabajar”.


PING PONG

-¿Un deseo?: «Seguir trabajando».
-¿Un recuerdo?: «Dos. Participar en Argentinisima Satelital y ganar el provincial en Mar del Plata».
-¿Un ídolo?: «Horacio Guarany, más como escritor que cantor. Aunque no soy quien para calificar semejante personalidad».
-¿Una canción?: «El plumas verde».
-¿Una ingratitud?: «Posiblemente que no tuve niñez, a los 12 años ya era domador».
-¿Un rencor?: «No guardo rencores, para nada»
-¿Una alegría?: «Inmensa, el 7 de abril, ver recibida de médica a mi nieta, hija de Paula».
-¿Juan José Cejas?: «No me gusta hablar de mí... Creo ser una persona honesta, sana, aunque no lo vean seria, cariñosa y amable. Y muy trabajadora».


Riendas sueltas
* El recuerdo a un amigo cuando estuvo en “Argentinisima Satelital”. Me invitaron y preguntaron si conocía a Don Arsenio Páez. Yo vine a cantar acá y no hablar de caballos. Cómo no lo voy a conocer, somos casi de la misma edad. A los 13 años domaba en la estancia San Pedro de Guerci y yo domaba en La Nueva de Pedro Gamen. Nos encontrábamos todas las mañana cuando andábamos de recorrida”.

* Inolvidable jornada. Cuando Curarú cumplió 96 años se brindó un significativo homenaje a Juan José Cejas. Compartió un almuerzo popular multitudinario y se impuso su nombre al escenario de los festivales junto con el nombre de Andrés Bordoy. «Fue algo inesperado, me emocioné hasta las lágrimas ese día».

* Tuvo el placer de compartir escenarios en diversos lugares del país y en todos lados hizo participar al público. Hasta en los Torneos Bonaerenses, donde representando a Curarú, llegó a las finales en Mar del Plata y fue ganador en 2002 y 2003.

* Los caballos siempre le dieron satisfacciones, tanto como adiestrador y como tropillero. En los memorables encuentros criollos que organizaba el Centro de la Tradición llegó a presentar hasta cuatro tropillas entabladas y logró premios en competencias tropilleras.

* Cejas ha sido consecuente a un estilo bien criollo. Siempre luciendo con orgullo las pilchas gauchas y entregándose al público. En los festivales del parque recogían elogios y aplausos. Antes o después de algún profesional, Cejas y su conjunto conquistaban la platea. En la década del 70, en uno de los festivales, se venía un fuerte tormenta y la gente empezó a retirarse. Iban bajando el puente y el locutor dijo “llegó Juan José Cejas”. La gente retornó al teatro para escucharme. Fue muy halagador».

* Tres años seguidos hablando con Omar Moreno Palacios, cantor y domador. Horas charlando detrás del escenario. Me decía no cantás hoy. No, no estoy convocado, soy aficionado. Pero no, insistía Omar, tenés que seguir cantando, yo me hice profesional de casualidad.

* «Una noche nos fuimos a ensayar a la islita detrás del escenario, con Correa, Abalos y Morabito. Se arriba un señor y nos dice que bárbaro che, qué digitalización. Era Julio Urruti, que fue guitarrista de Mercedes Sosa».

•«La más linda con Horacio Guarany. Yo soy un hombre alto y Guarany petiso y gordo. Yo andaba con un sombrero chiquito. Me toma del sombrero y con total respeto me dice: «un hombre grande como Ud. no usa estos sombreros, usa sombreros grandes. El sombrero chico no le queda bien porque es muy alto, use grandes que le van a quedar más lindos. Desde entonces, para cantar, nunca más usé sombreros chicos».


LA ADMIRACIÓN DE LOS NIETOS

“Si tuviera que hablar de mi abuelo sólo como cantor, el sentimiento es pura admiración. Desde muy chico tuvo en manos una guitarra y eso hizo que hoy le sea muy sencillo buscar tonos, acordes y hacer que cada vez que sube a un escenario, pequeño o grande, suene bien. Es su pasión y la gente se lo recompensa con un gran aplauso en cada presentación.

Pero me es inevitable traer recuerdos hermosos personales que en cada uno de ellos está mi abuelo; desde mis primeros pasos con una rienda de caballo, las bolsas de golosinas cada mediodía, mi primera bicicleta, los mates pasados en azúcar, jugando con su brocha mientras él se afeitaba, cuando jugaba a escuchar el ruido al explotar sus cachetes inflados… Y así cada nieto podría hacer una lista inmensa.

Gracias por ser el abuelo con más anécdotas que conozco y ojala sigas juntando muchas mas”.
Cele


EL ORGULLO DE SU HIJA
“Me siento orgullosa de mi padre, su vocación por la guitarra, que aprendió a tocar de chico mirando y escuchando a los mayores.
Ni hablar de su inclinación por el canto que lleva en el alma; el me infundió el gusto por la música folklórica.

Y aquí una anécdota, cuando era muy chica me cuentan que mi papá cantaba y yo me ponía a llorar como cuando un perrito escucha a una sirena y se pone a aullar”.
Paula Cejas
Compartir en Google Plus

0 comentarios:

Publicar un comentario