“Los Centeno”: una lección de vida

El emprendimiento comercial surgido hace 75 años sigue vigente, en un sector de la ciudad con riquísima historia lugareña. Tres generaciones y una herencia de amor plena de matices y emociones. Testimonios de Roberto y Mario Centeno que calan hondo y revelan sacrificios y enseñanzas de padres y abuelos, que cada día se valoran más.

La historia se remonta a los años 30/40 del siglo anterior, en la esquina conformada por las calles Leandro N. Alem y Aristóbulo Del Valle. La enorme edificación, notable en aquella época, se denominó “El Progreso” y funcionaban diversos emprendimientos comerciales.

La presencia de “los Centeno” se manifiesta desde aquellos tiempos, cuando Don Abilio Jesús Centeno alquila el local de la esquina e instala del bar “El Progreso”. Más adelante comienza a trabajar en el lugar su hijo Maximino Centeno, quien a fines de la década del 40, por cuenta propia, se traslada a un local aledaño (Del Valle 412) y comienza con la venta de artículos de mercería.

Luego Centeno incorpora camisería, bazar y venta de juguetes. Son muchos los convecinos que recuerdan haber adquirido en “lo Centeno” las camisas “Lavilisto”, prendas que motivaron un verdadero impacto.

TRABAJO MANCOMUNADO

Maximino, identificado afectivamente con el apodo de “Cuco”, contrae enlace con Blanca Zanetti y juntos afianzan el crecimiento del negocio. Lo bautizaron con el nombre de “Selecciones Novel`s”, pero todo el mundo le siguió llamando “Centeno”. Más tarde, se priorizó la venta de artículos de perfumería y peluquería, rubro que se afianzó hasta la actualidad, con merecido reconocimiento local y regional.

Blanca desde muy joven se sintió identificada con el rubro y trabajó junto a su esposo con total dedicación haciendo todos los esfuerzos necesarios, para sostener el negocio y la familia creada. Compartieron alrededor de 60 años. Primero partió hacia la eternidad Maximino y después, en 2011, justo cuando esta revista veía la luz, se produjo la partida de Blanca.
“Antes de morir -nos dice Roberto- nos pide que continuemos el negocio a pesar que queríamos cerrar. Ella decía que los Centeno siempre habían estado allí y que el negocio fue su vida, por lo tanto estamos con una especie de legado pero no a la fuerza, sino con enorme placer”.

LA HERENCIA EN BUENAS MANOS
Roberto Centeno, sin claudicar su profesión de médico, junto a su esposa Claudia siguen con las puertas abiertas de Perfumería Centeno, con las mismas características concebidas por sus padres, en el mismo lugar, con el mismo mobiliario. Una actitud que enaltece y honra la memoria de quienes lucharon de sol a sol para consolidar un emprendimiento de trascendencia regional.

Y “lo Centeno” ya es una especie de icono en la vida comercial pehuajense. Sigue vigente, en el mismo ámbito y la misma modalidad de atención, tal como la construyeron Blanca y su esposo. Dando respuestas a los clientes, aportando consejos y experiencias, tanto a viejos clientes como a las nuevas generaciones.

La herencia dejada se respeta, con la misma humildad y sencillez, con la misma responsabilidad que comenzó a manifestarse hace más de 70 años, cuando Pehuajó comenzaba a crecer.

Celebramos la actitud de “los Centeno” que nos deja claros mensajes, dignos de tener en cuenta. Honrar a los padres es honrar la vida. Y el honor no es otra cosa que venerar, apreciar y valorar.


Mujer, madre y amiga

Blanca Centeno, como todos la llamaban, perdura en las retinas de muchos clientes. Su sonrisa, su optimismo, sus actitudes contenedoras. Sus consejos eran constantes, en positivo. Estimula a las clientas que deseaban iniciarse como peluqueras. Muchas recuerdan y agradecen aquellos gestos.

Quería lo que hacía. Lo vivía a cada instante. Tenía envidiable memoria para recordar los precios de todos los productos, aún cuando éstos cambiaban con sorpresiva frecuencia. Conocía y definía sobre un muestrario de alrededor de una centena de colores, cuál era la tintura adecuada para la clienta.

En la faz comunitaria fue una de las fundadoras de la Sociedad Protectora del Animal de Pehuajó (SOPAP). Era común contener frente al negocio perros desprotegidos y darle la asistencia necesaria.
En el campo de la solidaridad siempre estaba dispuesta a extender una mano. Tuvo activa participación en la vida y obra comunitaria de la Iglesia Evangélica Menonita.


Una lección de vida

ROBERTO CENTENO: RECUERDOS Y EMOCIONES
“Nuestra evaluación es que comercialmente mantenemos la conducta y el camino de nuestros padres y creemos que hemos reflejado lo que ellos eran. Por otra parte y respecto a lo familiar, sentimos que ha sido un acierto continuar con la actividad porque así era su deseo y porque sabemos que esto les dio paz en su partida”.

Y al hablar de los recuerdos imborrables, expresa: “Son incontables y es difícil quedarse con uno, pero elijo recordar esos viajes a vender en los pueblos en la citroneta, en épocas difíciles, y en los cuales nos sucedía de todo un poco, como por ejemplo pasar toda una noche encajados en un camino por donde nadie pasaba. Imagina que en esa época, el celular era algo que no existía ni en pensamiento más futurista.

Las escapadas acompañando a mi padre sirvieron también para escuchar sus enseñanzas y visión de la vida. En escasas oportunidades le tocaba ir a mi madre, y yo la acompañaba también. No era muy segura al volante y eso me daba miedo, pero era excelente vendedora y muy hábil en los negocios”.

Claudia y Roberto al frente del negocio mantienen el perfil bajo de sus antecesores. Nada de fotos ni estridencias. Anidan en su corazón sentimientos muy fuertes. “Las sensaciones que tenemos son muchas, por varios motivos. No solo se han ausentado nuestros padres, sino nuestra amada Eugenia. Los recuerdos están muy vivos diariamente y el negocio nos ha ayudado a seguir adelante”, afirma Roberto y añade:

“Mi padre soñaba con un comercio que perdurara en el tiempo, y luego de unos años fue mi madre quien al saber que no viviría mucho nos pidió que no abandonáramos la empresa. Esto al principio nos marcó una obligación, que hoy sentimos como legado y que nos llena de orgullo porque lo hacemos con amor, fundamentalmente hacia ellos y nuestra familia. Sentimos que cumplimos con su pedido y a la vez nos reencontramos todos, cada día, al levantar la persiana”.

Y las ausencias físicas duelen, cuestan superar, pero hay impresiones y aromas que persisten. Se perciben, se sienten al entrar a la perfumería. Espiritualmente todos están. Las emociones se entremezclan, los ojos de Claudia y Roberto lo evidencian. “Los viejos decían que el negocio era su vida, y así lo sentimos hoy nosotros en forma casi increíble, porque nunca pensamos que nos íbamos a encontrar al frente del comercio. Más de una vez le habíamos pedido a mi madre que vendiera, así podía descansar, pero su tenacidad pudo más y nos ganó la pulseada. Nos han dejado, no un comercio solamente, sino una lección de vida”, concluyen.

MARIO CENTENO: “NOS DIERON TODO”
Una pausa en su consultorio médico para compartir una mirada retrospectiva. Sus impresiones enriquecen aún más las vertidas por su hermano. “De chico, como vivíamos allí, el negocio era nuestro hogar. Cuando nos mudamos a vivir a otra casa, ésta (la nueva casa) hacía de depósito de mercaderías.

Cuando cursé quinto grado acompañé a mi madre a vender productos a los pueblos en una furgoneta Citroen 2 CV (Madero, Paso, Magdala, Berutti). Luego salía mi padre.

Recuerdo que una noche de invierno se le quedó el auto en un camino de tierra por la gran inundación y pasó una noche muy fea rodeado de vacas curiosas, con frío y sin abrigo ni alimento. Así “levantamos cabeza” y en unos años el negocio repuntó. Después siempre estuvimos vinculados y colaborábamos en lo que podíamos, llevando y trayendo mercadería o levantándonos a medianoche para ir a “tapar goteras” para que no se moje la mercadería, es decir correr la mercadería y poner baldes y fuentones en las goteras”.
Otra etapa que recuerdo es que cuando estaba recién recibido, y durante tres años, le ayudé a mi madre atendiendo el negocio ya que como médico todavía no tenía mucho trabajo”.

La experiencia de Blanca para atender las necesidades de sus hijos cuando se fueron a estudiar solía transmitirla con optimismo a padres preocupados por el esfuerzo que implicaba, particularidad que recordamos ante los recuerdos de Mario, quien también remarcó una época negativa, época de “una suerte de quebranto que tuvo mi padre cuando el banco se quedó con sus depósitos (ahorros de años). Uno creo que fue el Banco del Oeste y hubo otro más”.

Por último, la evocación del bar Centeno. “Yo no había nacido, pero mucha gente me hablaba de la bonhomía del abuelo. Mi padre me contaba que le ayudaba y que a veces tenía que sacar a algún parroquiano “adobado” que no se quería retirar”.
A modo de conclusión y con natural dejo de nostalgia y valoración, concluye:
“Nuestros padres nos dieron todo y para ello sufrieron de muchas privaciones. Cuando uno es grande, y padre, lo aprecia mejor”.

El viejo bar Centeno subsiste en el recuerdo de viejos pobladores. Era un lugar de atractivos muy especiales, tanto para los adultos, adolescentes y casi niños.

Leonardo “Gardelito” Capristo evoca con emoción: “El bar tenía billar y se degustaba un café muy exquisito. Allá por el año 1943 concurríamos con Juan José Roncoroni, Saúl Hoyos y Luis Marchetti…”

Sin duda, se respiraban aromas bien tangueras junto a todos los matices folklóricos lugareños. A propósito sobre calle Del Valle, se puede apreciar todavía una argolla de hierro utilizada para atar sulkys o caballos.

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