El último cochero de plaza

Impresiones del escritor pehuajense Arturo García Quirce, publicadas hace alrededor de 60 años. Forman parte de los recuerdos del abuelo del actor pehuajense Oscar Pérez. Una “pincelada” literaria del Pehuajó de otros tiempos concebida por García Quirce, recordado decidor y poeta rural.

En la esquina de Rivarola y Clemente Grand vive don Emilio Pérez, español, nacido en el año 1883 (coincide su nacimiento con la fundación de Pehuajó) en Santa Eulalia de Oscos, provincia de Asturias. Su esposa, española también, se llama Lucía Lozano. Contrajeron enlace el 18 de noviembre de 1916. Ella nació el 3 de junio, tiene 67 años y es oriunda de la provincia de Granada.

En su domicilio tenemos a la vista uno de los últimos vestigios de un pasado que se va. Es un viejo breque de capota, cuatro ruedas y sobre el eje de las dos ruedas delanteras se afianza el tren de viaje.
Don Emilio habla de su coche y recuerda que allá por el año 1910 se lo compró a la señora Clara Boffi (posiblemente hermana de don José Boffi), antiguo dueño de la panadería La Estrella cita en González del Solar y Aristóbulo Del Valle.

Del tren de viaje parte una lanza de lapacho, en la cual en sus buenos tiempos estuvo “enjuerzada” la yunta de oscuros (otra veces fueron dos doradillos) mansos, gordos y lustrosos, con los arreos compuestos de tiro de cadenas, pecheras y yuguillos, frenos, riendas, anteojeras y las dos correas de las asas de la punta de la lanza y los yuguillos siendo estos complemento de las pecheras.

¿Y en el pescante? Ah, en el pescante látigo en mano iba sentado Don Emilio con toda su prestancia de buen asturiano, conduciendo pasajeros al tren con la premura del caso o enfermos al hospital, o al doctor o simplemente a domicilio.

A veces conducía novios al registro civil, de ahí a la iglesia y luego a la casa de fotografías. ¡Cuánta emoción en la novia y que mundo de felicidad en la cara de él!. A veces lloraba la madre de la novia y el padrino arrojaba monedas y confites.

El padre con gravedad aceptaba y retribuía apretones de manos. Pero luego venía lo otro, al año siguiente Don Emilio conducía a los dos esposos y a un niño hasta la iglesia, y los padrinos por supuesto, que se dedicaban a acallar el llanto del niño, hasta ver al ahijado que terminaba de hacer pequeños “pucheros”. En otras ocasiones el ahijado, ya crecidito, sonreía y zapateaba contento de viajar en coche.

Y… (aquí Don Emilio se pone serio, grave) con un tono de cansancio en la voz, me dice: “También hice viajes al cementerio”. Y un poco en serio y un poco en broma, agrega: “A fe de buen español, que de haber recogido tantas lágrimas derramadas, tendría para formar un río”.

Una leve pausa y prosigue: “Desde el año 1956 dejé de ser cochero de plaza. Me retiré del oficio. Ya estoy viejo. Le pondré un par de varas a este carricoche y lo arrastraré con un solo caballo. Lo usaré solamente para mis paseos muy de tarde en tarde, pues cuando se va camino de la calle Lebenshon, crujen muy fuertes los huesos, se siente uno muy cansado, y en procura de reposo se va buscando la sombra de los pinares”.

Así parece pensar Don Emilio, mientras busca su bastón y baja dificultosamente por la puerta posterior del viejo breque hasta lograr afianzar un pie en el estribo.
En verdad, viejo cochero de plaza, que crujen fuerte las coyunturas cuando pasan los años y se ha trabajado tanto y a cualquier hora…

Que el cochero de plaza como el doctor, no tienen descanso ni derecho al sueño ni a diversiones. Pero tienen deberes que cumplir y le sobran horas de vigilia.

ACOTACIÓN:
Breque: Carruaje ligero (liviano) de cuatro ruedas, con pescante elevado, asientos laterales en forma longitudinal, con capacidad para seis a ocho personas; se ascendía por la parte trasera mediante estribos y se solía tirar por más de una yunta.
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