Un refugio de amor

El pasado 27 de mayo, el Centro Educativo Complementario celebró su cincuentenario. Hubo reencuentros, homenajes y la nostalgia embargó a todos los presentes al revivirse momentos que hacen a la vida de la institución y especialmente de vecinos que siendo niños concurrieron al establecimiento.



A modo de adhesión al acontecimiento, rescatamos impresiones de dos convecinos que acudieron a los festejos, regocijados y profundamente agradecidos porque siendo niños recibieron contención, apoyo y alimentación. Leo Vázquez y Enrique Zamorano, entre otros protagonistas de una celebración que los hizo retroceder en el tiempo y remarcar su profundo agradecimiento.

VOLVER EMOCIONADO
Leo Vázquez (46), hoy padre de familia, recuerda que concurría por la mañana al jardín del colegio San José y de tarde lo cobijaba el Centro Educativo. “Mi viejo trabajaba todo el día y el Centro era una ayuda bárbara. Recuerdo los almuerzos, la merienda y el apoyo escolar que nos daban”.

“Sentí mucha emoción al volver al lugar. Recordar la pileta, el kiosco El Grillo, la casa de la vecina Paquita, donde había plantas de ciruela riquísimas. Recordar a Malisa Casas, el profe Cadiboni, las enfermeras de la salita Doris y Alicia, Hugo Borré que nos llevaba a jugar a la pelota sobre las vías del ferrocarril o a la cancha de Defensores, para practicar y competir después con los chicos de Obroin”.

Todos los recuerdos de Leo son lindos. Los rememora y se siente feliz. Remarca el apoyo permanente que el Centro tenía por parte de la gente del barrio. “Don Fernando Alonso, el pan y las facturas de la panadería Iturri, la harina que venía del Molino, el apoyo de Scalise, los Goldemberg, de todo un barrio”.

Vázquez, ya adulto, integró la Cooperadora del Centro. De una u otra forma estuvo vinculado al quehacer del Centro, dando su granito de arena. “Aquí tuve una infancia buenísima” y al final remarca contento: “Nunca me olvido cuando jugábamos a la pelota con los sachet vacíos de leche Tupeco...”.

“NUNCA FALTÓ LA TAZA DE LECHE”



El testimonio de Héctor Enrique Zamorano (52) es fuerte, contundente y sincero. Recuerda la precariedad edilicia del Centro que comenzó a funcionar en el año 1966. “La mitad era de madera. Directoras, maestras y vecinos pusieron mucho esfuerzo y voluntad para llevarlo adelante”.

“En mi caso –añade- yo con 7 años y mi hermana Mirta, de 6 años, comenzamos a concurrir por los años 70. Veníamos de una triste y muy dolida realidad, papá y mamá separados. Mamá se fue con dos de mis hermanos más chicos (Fabián de 2 años y Eduardo de 9 meses) y mi hermana y yo quedamos con papá, quien tuvo que poner la casa al hombro y cumplir doble función, papá y mamá. Un gran hombre y buen padre mi querido y amado viejito, Don Héctor Agustín Zamorano”.

Con naturalidad y emoción, afirma: “La realidad fue que papá tenía que trabajar y al ser nosotros muy chicos y de
familia muy humilde, no había dinero para pagar niñera o quién nos cuide. Fue así como comenzamos a concurrir al Centro Complementario 801.

Se le decía ‘el comedor escolar’, donde a la mañana nos daban el desayuno, leche, té o mate cocido con pan. Hacíamos las tareas y al mediodía almorzábamos y de ahí, nos llevaban a la escuela 15, querida y amada escuela 15”.

Por eso, Zamorano vivió de manera muy emotiva y con un agradecimiento a flor de labios el cumpleaños nº 50 del Centro Educativo. “Fue una infancia feliz del corazón y del alma por tener tantos bellos y hermosos recuerdos. Nunca faltó la taza de leche y el plato de comida. Y sobre toda las cosas, amor y contención de todos. Aquella época de mi infancia la llevaré de por vida en mi memoria y en mi corazón”, concluye conmovido.

Los recuerdos y las palabras de Vázquez y Zamorano eximen de mayores comentarios. Sintetizan la esencia de una obra educativa y asistencial de significativas connotaciones. Una obra de contención y amor que comenzó hace medio siglo y sigue vigente para extender una mano a quienes la necesiten.
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