¡Dragones!

Por José Fox

Todo en la vida nos enseña algo. Todo. El dolor es parte de la continua metamorfosis en la que vivimos. El dolor es parte del cambio, es una condición para el cambio en sí.

Y por más que todo en la vida nos enseña algo, no de todo se aprende algo. Lo que sí nos queda es la experiencia.

Esa sensación de haber vivido algo que nos motiva, nos cambia, nos frena, nos impulsa a seguir, nos reencuentra con nosotros mismos.

Esa sensación de haber cerrado una etapa, de estar listos para una nueva. Sensación rara de realización momentánea. Haber experimentado algo único, que recordaremos por el resto de nuestras vidas.

Eso que nadie puede quitarnos, no hay título, certificado, o papel que la avale. Sólo nuestra memoria mientras no nos falle.

Algunos hechos que vivimos a diario, hechos a los que nos acostumbramos, dejan de maravillarnos, dejan de parecernos únicos e irrepetibles, y los llamamos rutina. Nosotros no somos seres rutinarios por definición, pero sin embargo logramos que la rutina nos defina como seres humanos. ¿Y esos atributos que nos hacen únicos?.

¿Esos que nos hacen irrepetibles, irreemplazables, inolvidables, incontenibles, insostenibles, irresistibles, incuestionables, intuitivos, inquebrantables, inexorables, impredecibles, impulsivos, improvisadores, imperfectos, importantes, impregnables, impresionables, indistintos, imperativos, indescriptibles, imaginativos, imaginarios, inescrutables, ineptos, irrisorios, inevitables, inventivos, irreprochables, irresponsables, indirectos, inconfundibles, irreprimibles, indestructibles, infelices, imprescindibles, interesantes, idealistas, ingeniosos, irremediables, inteligentes, incomparables, inigualables, incombinables, incambiables, ignorantes, inestimables, inseparables, inesperables, imaginables, inimaginables, intelectuales, instruidos, inservibles, irreparables, imbéciles, introspectivos, intermediarios, interpretativos, imposibles, imposibilitados, etc.... ?

Cada cualidad, cada característica, cada atributo que comience con i.

La sociedad nos enseña y nos hace creer que no serían buenos para nuestra vida ese tipo de atributos. Cuando en realidad, son los únicos atributos por los que vale la pena vivir, los pocos que nos pueden brindar las experiencias más variadas y coloridas. Los pocos que nos pueden definir casi en nuestra totalidad. Los pocos que nos pueden hacer vivir cada instante, y morir en cada instante subsiguiente.

Esos atributos de los que huimos, aun sabiendo que son los que tendríamos que luchar por recuperar. Esa parte de humanidad que nos fue arrebatada por la enseñanza, por la experiencia misma, que sin querer nos limita en lugar de liberarnos. Esa parte humana que ya no nos pertenece, y pasó a pertenecer a los personajes de los cuentos. A seres imaginarios que recorren las hojas de libros en busca de aventuras, que saltan en defensa de alguna damisela en peligro, que atraviesan bosques de espinas con sus escudos y matan Dragones con sus espadas afiladas como bisturíes.
Esos personajes que llevan en su armadura más cualidades de las que uno puede aspirar en una vida humana.

Esos caballeros de armadura oxidada en los que nos convertimos sin darnos cuenta. Esos Príncipes Azules con los que nos presionan y nos presionamos. Ese Príncipe Encantador Rubio de Ojos Celestes que en el fondo no es más que un saco de dudas y miedos, acompañados por una baja autoestima que lo hacen irremediable e inservible.

Esas metas que nosotros mismos ponemos tan altas, porque sabemos que no podremos alcanzarlas. ¿Y que si el punto no es alcanzarlas? ¿Que si el punto es no tener más metas? ¿Y si el punto es ser uno mismo y no dejar que las metas nos definan?

Volviendo al punto. Todo en la vida nos enseña algo. Todo. Y por más que todo en la vida nos enseña algo, no de todo se aprende algo. Lo que nos queda es la experiencia. Lo que nos queda es vivir. Confundirnos. Descubrirnos. Cuestionarnos. Querernos. Como somos. Con miedo. Sin miedo.
¡Ser Dragones!. Vivir.
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