Sábado



Por Aldo Ramón Sebastiano

Primer premio en narrativa del concurso regional literario “Historias de mi Pago”, organizado por el Circulo de
Escritores de Pehuajó en adhesión al 132º aniversario de nuestra ciudad.


¡Justo hoy sábado me agarró mi mamá para hacer los mandados! Menos mal que hoy no jugamos al fóbal contra los del otro sexto, porque llovió anoche. Hubiera sido un problema.

Debía ir a la New Home a comprar unas mechas para el Sol de Noche, porque se corta la luz todos los días. También a La Buena Medida, al correo, y a pagar algunas cuentas, entre otras cosas.

Cuando voy a salir me encuentro con que la bici está pinchada, podría llevarla a la gomería de Mauricio, que está acá a la vuelta, pero prefiero ir a la bicicletería de Bartolo Rivera, porque me la arregla más rápido.

En La Buena Medida debía comprar un paquete de arroz para que me hagan ese guiso que me gusta tanto, porque en el «boliche ‘e los paraos» no había. Como estaba lleno, decidí hacer la compra a la vuelta, de paso no andaría con el paquete haciendo los otros mandados. Luego de salir, me dirigí al correo caminando por Del Valle, ¡cuánta gente hay en el mercado de Gazapo!, a la media cuadra me di cuenta de que no iba a poder pasar, porque en la esquina estaban bajando toneles en la vinería de Prieto y Pardo, por lo que crucé hacia la imprenta El Pueblo. Al llegar a la esquina del mercado de Martín y Pérez, con sus numerosos cajones de frutas y verduras ubicados en la vereda, vi, lo que no por repetido deja de asombrarme. La calle Alem, en su cuadra del 400 estaba colmada de sulkys atados en las argollas que están junto al cordón de la vereda.

Compré dos churros en la playa de colectivos e hice la media cuadra que me separaba del correo. Luego de despacharle una carta a mi tía, salí para la calle Alsina, doblé en la peluquería de Salvador, pasé por el negocio de Francisco R. Diaz a preguntar el precio de una estufa Volcán y llegué a la tienda La Reina a comprar unos botones. Crucé a la Farmacia Del Águila a pagar la cuenta del mes anterior. Me gusta ir a pagar, porque don López, su dueño, me regala unos caramelos de fruta que son medio gelatinosos, con azúcar.

Lo vi y crucé nuevamente la calle. Me gusta tanto que no pierdo ocasión de admirarlo. Es un taxi que para en el Hotel Italia, creo que es marca Packard. Es un auto larguísimo con división interna entre el conductor y el pasajero. En el frente, sobre el radiador, una hélice gira con el viento al avanzar. Tiene dos grandes ruedas de auxilio sobre los guardabarros delanteros, lo maneja un señor bajito con grandes bigotes enroscados hacia arriba, gorra de tela y los pantalones dentro de las medias. Junto a una de las ventanas del hotel, está el señor Bergareche tomando su habitual plato de sopa.

Cuando pasé por la Tienda Elhelou me encuentro con mi amigo Alejandro que salía de la misma, ya que había ido a llevar un reloj para arreglar. No. No estoy equivocado. Había ido a la tienda, porque dentro funciona una relojería. Al llegar a la Unión Telefónica cruzamos, porque mi amigo debía ir al Bazar Basigalup.

Luego compramos sendos helados en la Torra y fuimos a tomarlos a la plaza y cruzamos al CIP a jugar al metegol. Mi amigo se acordó que en el Montepïo había visto unos autitos que se vendían muy baratos. Hacia allá fuimos, pero tuvimos mala suerte, porque en un forcejeo por los mismos, rompimos una lámpara antigua que estaba sobre una mesa. El dueño se enojó mucho y prefirió perderse dos clientes y nos echó. Terminamos comprándolos en lo de Miré. Eran un poco más caros, pero muy lindos.

Ahora sólo me restaba pagar en la Tienda El Gaucho y en Las Orquídeas. Cuando llegamos a Casa Astro, en la esquina había un «charlatán», que tenía una víbora enroscada en su cuello y había desplegado una mesita, en la cual exponía sus productos. Tenía unos precios buenísimos, porque según dijo, sus productos eran «directamente de fábrica», razón por la cual compramos dos peines, una billetera, dos lapiceras y un canario de plástico que lleva agua en un depósito y al soplar emite un bonito gorjeo.

Cuando fui a pagar en El Gaucho y Las Orquídeas, no me alcanzó la plata. Seguramente mi mamá se equivocó en la cuenta. Al dirigirnos a comprar el arroz, nos encontramos con unos chicos que estaban jugando a la bolita. Jugamos un rato pero luego nos fuimos porque los chicos eran medio peleadores. Cuando llegamos a La Buena Medida, estaba cerrado. ¿Por qué habrán cerrado temprano? Vaya uno a saber.

Cuando regresé a mi casa sufrí una desilusión. Mi mamá no me había hecho el guiso de arroz. Aparte, estaba enojada porque no había hecho alguno de los mandados. Algo de razón tiene. Pero....¿Qué culpa tengo yo si se me pinchó la bici?

El asunto del Gaucho y Las Orquídeas, mejor se lo digo a la tarde.

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