El día que Alberto le salvó la vida a Marcelo

Ocurrió en el verano de 1969, época de esplendor del Centro Infantil Parroquial (CIP) conducido por el padre Keegan en la quinta Santa Catalina. Fueron protagonistas dos niños, uno de 9 años le salvó la vida a otro de 4. El hecho fue conmovedor, aún ambos -ya hombres- se emocionan y brotan lágrimas de sus ojos.



Alberto Allegrini (55) fue el héroe de la jornada. Rescató de una de las piletas a Marcelo Del Arco (50) que ahogándose. El episodio caló muy hondo en cada uno de los chicos y con el correr de los años pudieron dimensionarlo en su real trascendencia. Ya pasaron más de 30 años y un día se encontraron en su lugar de trabajo, de manera circunstancial. El momento fue de profunda emoción. Ahora, MIRÁ en su constante afán de apostar a la nostalgia y exaltar hechos y sucesos de la comunidad, lo revive y lo comparte con sus lectores.

EL RELATO DE MARCELO
“Si para ser quien soy hoy, debí sufrir lo sufrido y soportar lo soportado, nunca debemos olvidar, que todo lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado”, inicia su relato Del Arco, y añade: “Este episodio de casi morir ahogado que me tocó vivir cuando estaba por cumplir los apenas 4 años me transformó hasta el día de hoy, despertó en mi otro estado de conciencia ya que tuve la posibilidad de vivir en carne y alma propia el  “salir del cuerpo” a otro estado fuera de lo convencional”.

Enseguida, rememora: “Recuerdo plenamente el hecho, sucedió cuando intentaba mojar una toalla en lo hondo de la “pileta mediana” sobre el  lado de las canchas de tenis; entonces “alguien” me empujó… El agua devoró inmediatamente mi pequeña estatura, no podía flotar y me ahogaba, lo último que vi desde bajo el agua, antes de dormirme, fue la superficie  donde el sol reflejaba sus ondas clásicas y burbujeantes.

Cuando recupero la conciencia me encuentro a la altura de los eucaliptus (por afuera donde estaba la pileta de los chiquitos) y  presencio un alboroto tremendo. Cantidad de gente alrededor de un nene que sacan del agua, le intentan hacer reanimación en el mismo borde de la pileta mediana que era bien ancho, pero no reacciona. Reconozco a mi mamá desesperada a los gritos, mi papá, mis hermanos y  veo que todos corren. Me están llevando  afuera: pasan por debajo de las duchas y en la puerta de la cantina sacan dos mesas. Entre el “Pato”  Domínguez y  “Bocha” Ornat  me hacen reanimación. Largo una bocanada de agua y a la velocidad del rayo vuelvo a entrar en mi cuerpecito. Todos aplauden. Ya pasó”.

Marcelo revive el hecho y se conmueve. Es comprensible. Transmite esa sensación y el eterno agradecimiento al “ángel de la guarda que Dios me encomendó para esta prueba, que se llama  Alberto Allegrini. Como ven, a las pruebas de la vida no se viene solo”.

Su familia estaba en el lugar. “Mi familia, a pesar de que vivió una conmoción de alto voltaje en los momentos relatados nunca me trasladaron miedos ni angustias, me siguieron llevando a la pileta, aprendí a nadar  y nunca le tuve miedo al agua, al contrario me encanta, me gustan las profundidades pero igualmente la respeto”.

Por último, y a modo de reflexión, expresa: “Hoy, habiendo cumplido los 50 años sé que la vida es un viaje de ascenso, de aprendizaje, de búsqueda sin fin… Después de esto no me fue fácil crecer con una percepción diferente al resto pero me dio una cosmovisión mucho más amplia, mucha paz interior, sed de conocimientos, amplitud mental, sensibilidad, contacto y percepción de energías. He seguido estudiando y formándome en todas estas áreas por lo que lo que para otros son cosas raras para mí es una filosofía de vida, pero como todo, hay que vivirlo, experimentarlo y luego compartirlo porque a partir de la manifestación empieza el crecimiento”.

EL RELATO DE ALBERTO
“Estábamos jugando en la pileta chica (Había dos piletas, una grande para adultos y la chica para adolescentes). En un momento, habíamos quedados solos, porque habían ido a la pileta grande a enseñarles a nadar a los grandes, donde estaban incluso las mamás de los chicos. Marcelito se había venido a jugar con nosotros a la pileta chica, quizás la mamá no se dio cuenta, y en la pileta chica la parte honda tenía un metro y medio. Los más altos apenas salpicábamos en esa parte y los chiquitos no podían”.

“De repente viene una chica, creo que era Adriana Cotta, y me dice hay un chico que se le ven los pelos nomás. Nadie atinaba a nada, lo agarré y lo levanté. Me largó la bocarada de agua encima, entonces lo saqué upa. Yo no me daba cuenta, al llegar al final de la pileta se lo vuelvo a dar a Adriana Cotta, y le digo que está medio ahogado. Yo no tenía ni idea que estaba para el otro lado. Ya estaba con los pulmones llenos de agua. A los pocos minutos veo que se empieza a reunir la gente y alguien le estaba haciendo respiración al nene. La madre lloraba porque creía que el pibe se moría”.

“La mamá pregunta fuerte quién había sido el que lo sacó del agua. Yo lo tomé como con un tono amenazante y salí disparando. Me corrieron y me agarraron y me trajeron al lugar donde estaban todos, yo tenía vergüenza. Me felicitaban y agradecían. Después llamaron a mi tío y le contaron”.
Alberto recuerda con los ojos brillosos el día del reconocimiento en el CIP. “Me dieron una medalla de oro, la mamá me recontra agradeció llorando”, señala, y enseguida remarca que Juan Carlos Mascheroni y Eduardo Brachetti, lo llevaron a Radio Trenque Lauquen porque decían que el hecho no podía quedar así desapercibido. Allá en LU11 me hicieron un reportaje y el presidente de la compañía de seguros “La Primera” me entregó una plaqueta”, la cual luce entre sus manos, revalorizando con el correr de los años el episodio, que a su criterio le restaba importancia y que en Pehuajó no tuvo el eco que alcanzó afuera.

Y proliferaron los recuerdos de un tiempo de infancia que late en su corazón. “Vivía en Magdala y los veranos me traían a casa de un tío que vivía acá en calle Alem. Y él me llevaba a la pileta todos los veranos”. El niño vergonzoso, inocente pero valiente, nunca imaginó salvar una vida. Hoy, el hombre maduro, pronto a jubilarse, tampoco imaginó que 46 años después un medio periodístico reviviría el heroico episodio.

Reencuentro 36 años después



Y el momento del reencuentro, conmueve tanto o más que el recuerdo del salvataje. “El reencuentro con Alberto fue después de muchos años y muy muy emotivo. Coincidentemente ambos estábamos trabajando para la misma empresa en diferentes áreas pero ninguno lo sabía. Fortuitamente un día lo encuentro, lo reconozco, y le pregunto a boca llena, tipo interrogatorio, si él se acordaba lo que había hecho 30 años atrás en la quinta Santa Catalina. Lo descoloqué con la pregunta. Se emocionó y recordó el hecho y el nombre del “nene” que había salvado. Marcelito, dijo él. Le pregunté ahí mismo ¿qué le dirías si lo volvieras a ver?  Por dentro mi corazón explotaba de emoción y creo que a él también.

Con la voz temblante me dice:

— ¿Qué, lo conoces al Marcelito?
—Alberto, soy yo —atiné a balbucear, y nos fundimos en un abrazo que sólo nosotros sabemos lo que significó. Un abrazo de gracias infinitas, de hermanos, de padres e hijos. Un abrazo del alma, un abrazo para siempre”.

Por su parte, Allegrini rememora: “Pasó el tiempo, dejé de venir a Pehuajó, me hice grande. Me desencontré con los chicos que compartía la pileta, por muchos años. En la secundaria me encontré con su hermano Mario Del Arco”, pero con Marcelo no nos vimos más. Y en el año 2004 o 2005, estaba haciendo un asado en el taller de la Cooperativa Eléctrica porque había traído desde Magdala una camioneta a arreglar y no la terminaban en el día. Un tipo entra al taller y se produce el reencuentro relatado por Del Arco.

Allegrini añade al recuerdo: “Me dijo ‘vos sabés quién soy yo’. No, le contesto, y me dice “Vos sos mi padre”. Y primero no caía, pero enseguida le pregunto: ‘¿Vos sos Marcelito?. Sí, me dice. Y nos pusimos a llorar los dos…”. Alberto señala que luego, siempre que se encuentran Marcelo repite lo mismo. “Es un eterno agradecido”. Y evaluar el lejano hecho, exclama: “Se siente una inmensa alegría. Y ahora, muchos años después, creo que he cosechado lo que sembré”.
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