Ama de casa, hábil modista y mejor bailarina

Oriunda de Curarú, hija de catalanes. Matilde Gómez acaba de cumplir cien años. Se siente bien dejando de lado los achaques naturales de la avanzada edad. Sus vivencias inducen a la reflexión y si bien se revisten de melancolía, irradian luz y gestos para tener en cuenta. Nos embarga el dulce sabor de sus recuerdos. Los bailes pueblerinos, las tareas del hogar con sus matices y particularidad de un tiempo que pasó. La importancia del tiempo actual que no sabe de apuros ni exigencias y está pleno de sosiego y de ternura.



“La verdad que estoy viviendo bien. No me ha pasado nada antes. La voy pasando”, dice Matilde al hablar del centenario de vida celebrado el pasado 14 de enero, rodeada del afecto de sus seres queridos. Nació y vivió siempre en la localidad de Curarú, partido de Carlos Tejedor, pero cuando cumplió 90 años decidió radicarse en Pehuajó.

Media mañana de sábado, intenso calor. Matilde nos recibe en el living de su casa, junto a su hija Gladys y su asistente Rocío. Es simple, sencilla, prolija en su vestir, y con un semblante ajeno a los cien años cumplidos. Muy pocas arrugas en el rostro, cabellera lacia color plomo y una mirada seria que enseguida se colma de sonrisas, tanto al evocar otros tiempos como al referirse a la centuria recorrida.

LA VIDA EN CURARÚ
“Acá me gusta, pero en Curarú viví muy bien”, afirma Matilde, y al observar una vieja foto familiar, señala con su dedo índice y expresa: “Nací en esa casa y a los 91 años la dejé y me vine a Pehuajó”. Recorre la imagen de su familia frente a la casa, remarca ausencia de su hermano y añade: “Mis padres vivieron ahí y murieron en la misma casa. Vinieron de Salamanca, España”.

Matilde se casó en Curarú y se radicó en la misma finca. En la comunidad tejedorense conoció a quien luego sería su esposo: Pablo Ormaechea, que tenía un campo cerca. Cuando habla de su marido, sus ojos se iluminan, y en forma pausada, relata: “Nos veíamos en el pueblo donde todos nos conocíamos. Él era un poco más joven que yo”.

De inmediato, nos muestra la foto de casamiento con Pablo, impecable y elegantes los dos, fieles a un estilo propio de la época en celebraciones nupciales.

EL BAILE, UNA PASIÓN



En forma constante, durante la charla, Matilde remarca su apego al baile. “Yo era la mejor bailarina ahí, la que le enseñaba a bailar a los muchachos del pueblo”, comenta mientras una amplia sonrisa de placer se dibuja en sus labios.

“Los bailes en Curarú eran en el club, pero también nos íbamos a bailar a Tejedor y otros pueblos de la zona. Agarrábamos un camión, y las chicas y los muchachos nos íbamos a los bailes. No era como ahora, nos acomodábamos al costado en la caja del camión y nos íbamos a Tejedor, a Esteban de Luca”.

El detalle de estos momentos refleja un tiempo muy feliz, que viven en sus retinas. “Era otra la vida –exclama-, había mucho respeto entre todos, ni comparar con lo que es ahora…”.

Habla, detalla y describe situaciones. Sus palabras extienden la pronunciación de las sílabas finales, como para exhibir el placer de aquellos años mozos. “Era todo muy lindo. La pasaba muy bien”. E insiste en el placer que sentía al enseñarle a bailar a los muchachos de aquellos tiempos. “Bailábamos de todo. Iban las orquesta de la zona, pero la cuestión era que yo les tenía que enseñar a bailar”, sonríe feliz.

MODISTA DE ALTA COSTURA

Fue una de las actividades que desarrolló con dedicación y esmero. Ha quedado marcada en su vida. Si hasta se confeccionó el traje sastre de casamiento, como se lo denominaba en aquel entonces. Y los recuerdos son hermosos y gozosos para Matilde, que como muchas mujeres, sabía cortar y coser a la perfección.

Sus manos lograban realizar los arreglos más difíciles, ganando un lugar de reconocimiento en el pueblo. “Hacía trabajos a la gente del pueblo. Cocía para afuera y se cobraba cinco pesos para hacer un traje. Era un trabajo bárbaro. Además le enseñaba a cocer a chicas del pueblo”, afirma Matilde, y remarca además los arreglos de la ropa, pues el zurcido era común.

Otro detalle de su apego a “corte y confección”, oficio valorable y redituable por muchos años, se desprende cuando nos dice: “También le hacía las bombachas de campo y las camisas a mi esposo, que fue tambero laborioso”.

Las diez décadas vividas por Matilde implican experiencias en abundancia, como para escribir un largo rato. Vamos llegando al final del encuentro y ella rememora su paso por la escuelita de Curarú, donde “fui poco, hasta aprender lo necesario”; las tareas cotidianas en la casa donde señala “tuve una chica que me ayudaba y a la ropa la daba a lavar, porque todo no podía hacerlo”; o las exigencias de la cocina: “Yo cocinaba en Curarú para todos. Me defendía mucho en todo. Había peones y les ponía en el patio una mesa grande”.

“HOY VIVO TRANQUILA”
Matilde y sus hijas Gladys y Mabel

Matilde hace honor al significado de su nombre “que lucha con fuerza” y comparte sus horas con sus dos hijas Gladys y Mabel, dos nietos y un bisnieto. Junto a ellos, algunos sobrinos y amigos celebró el centenario de vida.

Ahora vivo tranquila. Hay días que no la paso bien, tengo muchos años, pero no me falta nada de nada”, afirma en esta etapa del atardecer feliz de la vida, donde ya no existe la prisa y prevalece el remanso.

Matilde tiene pocas arrugas en su rostro. “Tengo, che, algunas, pero son chicas”, exclama. Usa antejos, y a propósito, sostiene: “Veo bien, veo allá lejos…”, y señala la remodelada plaza Italia, que contempla gran parte del día.

Mira poca televisión porque le cansa. “Miro el noticioso local, donde me entero lo que pasa en el pueblo y donde me dieron a mí”, acota en referencia a la celebración de los 100 años reflejados por la tele.

LA SALUD, BIEN GRACIAS…
A los cien años padece las nanas naturales de su edad, especialmente las vinculadas con artrosis, para lo cual está medicada. No toma pastillas para la presión y no tiene glucosa ni colesterol. ¿Comer? “Como de todo, pero muy poquito…”.

Un párrafo aparte para su médico, el Dr. Marcelo Garaventa. “Me atiende desde cuando vivía en Curarú. Venía a verlo acá. Conocí toda su familia. Él viene a verme, pero no me da nada. Hoy me llamó y me preguntó como andaba. Marcelo me conoce bien”.
Y nos vamos:

—Chau, Matilde, muchas gracias por los minutos que nos regaló.
—Bueno, ojo no van a poner todo lo que he dicho. ¿Habré hablado bien?
—Muy bien, abuela, ha sido un placer. Que Dios le de muchos años más de vida.
—Noooo, no voy a durar mucho... -expresa entre carcajadas


A modo de corolario, como dijo la Madre Teresa de Calcuta: “la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco, los días se convierten en años… Pero lo importante no cambia, tu fuerza y tu convicción no tienen edad”.
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