“La de Gajos”, un ícono de Pehuajó

Nació hace 50 años, el 12 de octubre de 1964. Creció y se multiplicó sorteando épocas de malaria y tiempos de prosperidad. A medio siglo de su fundación, una nueva generación está tomando la posta de los fundadores. Comenzó en un modesto taller en la esquina de Sastre y Mitre. Hoy, es una de las empresas importantes de la ciudad. Un encuentro en la maderera nos permite recrear sintéticamente la trayectoria de, sin duda, un ícono pehuajense, hecho de buena madera, con fragancias familieras y ruido de pelota.



Se podría decir que la historia de la maderera comenzó diez antes de su fundación, en Francisco Madero. Manolo tenía nueve años y tras sufrir un accidente debió ser internado en Capital Federal. Su padre, Don Tomás Arive, viajaba periódicamente a visitarlo pero se alojaba en Castelar donde vivía uno de sus hermanos. En uno de los tantos viajes desde Castelar a Buenos Aires, se cruzó con dos personas que se volverían fundamentales en la historia de la familia.

Todo pasó en un tren. El padre de los Arive se sentó en uno de los asientos del vagón para comenzar uno de sus tantos viajes para visitar a Manolo. Allí fue que conoció a dos mujeres. Eran dos monjas que compartieron viaje sentadas enfrente suyo. Comenzaron a charlar, y entre tantas palabras cruzadas, Tomás compartió el porqué de su viaje y el drama que significaba para su familia. Don Arive tenía once hijos y mantener semejante familia era toda una odisea: sus hijos mayores habían terminado de estudiar, vivían en Madero, pero no podía afrontar los gastos para que continúen con su formación.

Tras escuchar el relato de Don Arive, las hermanas no dudaron y le hicieron una propuesta: “¿por qué no los interna en un Colegio Salesiano’”. Y fue así. Don Tomás y su esposa Doña Eulogia no dudaron y mandaron a Tito y Tomasito a una Escuela de Artes y Oficios, que estaba en la zona de Palermo. Allí conocieron el oficio de carpintero. Ese, fue el inicio de una historia que hoy cumple 50 años.

LA IMPORTANCIA DE APRENDER UN OFICIO
En Colegio Salesiano, los hermanos Tito y Tomás Arive cursaron la secundaria y aprendieron el oficio de carpintería. Más tarde, regresaron a Pehuajó porque a Don Tomás le resultaba imposible solventar los gastos que significaba tener a dos de sus hijos viviendo en Capital y sostener al resto de la familia en Pehuajó. Era necesario que ayudaran para “bancar la olla” de la numerosa familia.

Tito empezó como empleado en las carpinterías de Santiago Ortellado y de Sebastián Lozano, mientras que Tomasito lo hizo en la mueblería Polverini, empresa que marcó una época en nuestra ciudad. Y el año 1964, los hermanos decidieron independizarse y asumir el desafío. Comenzaron el trabajo por cuenta propia con una máquina combinada de siete operaciones, en lo que fue otro gran paso, tal vez el más importante, en la rica trayectoria de “los Arive” que el pasado 12 de octubre acaba de cumplir medio siglo.

UNA FAMILIA QUE CRECIÓ




La historia de la familia Arive tiene diversas particularidades. En primer lugar, vale señalar que siempre estuvo en el mismo lugar: Avenida Sastre y calle Mitre. Por otro lado, la empresa siempre fue una cuestión de familia que ahora se proyecta en los hijos de los fundadores. Además, en todo momento estuvo ligada al mundo futbolero, por eso la bautizaron con el nombre de “La de gajos”, por los gajos de las pelota de fútbol. Aunque según señalan sus fundadores, por añadidura, en algunos casos se asocia con los gajos de árboles de los cuales se genera la madera.

Los hermanos Arive remarcan, en todo momento, los “esfuerzos y sacrificios” que tuvieron que realizar, porque en 50 años han vivido tiempos de prosperidad y de los otros también. Al comenzar, la carpintería de Tito y Tomás abrió sus puertas en minúsculo local de cuatro metros. Después vino el crecimiento. En el año 1972, adquirieronn un galpón aledaño sobre la avenida Sastre, y dos años después, lograron comprar el galpón de enfrente. La transformación era evidente al tiempo que se ampliaba el mercado con diversas posibilidades de comercialización.

En el año 1977, se sumó otro hermano a la sociedad. Manuel Francisco (“Manolo”) dejó su empleo en el Banco Provincia y se dedicó de lleno a la maderera. La empresa no se detuvo, y el crecimiento obligó a nuevas inversiones. Así fue que compraron los terrenos donde funcionara la planta manzanillera de los Herrero, frente al circuito automovilístico ubicado de detrás de la desaparecida quinta Santa Catalina. En ese lugar se instaló la fábrica de machimbres, molduras, etc.

Más tarde, incorporaron tres hectáreas donde ubicaron los depósitos de la mercadería, para dar respuestas a una enorme clientela en numerosos lugares de la provincia de Buenos Aires y también en la vecina provincia de La Pampa. Y es desde allí, desde donde parten los camiones de la empresa para realizar la distribución de maderas.

REALIDAD INIMAGINADA



Una mirada hacia el pasado, da lugar a la reflexión. Tanto a Tomás como a Tito, les cuesta creer los logros alcanzados. Es que “nunca imaginaron esta realidad”. Muy lejos en el tiempo quedó el primer tallercito de carpintería, el puntapié inicial de La de Gajos. Era chiquito, sencillo. Una caja de herramientas, dos bicicletas y la predisposición permanente para atender el cambio de una correa en una cortina o el arreglo de una puerta en cualquier casa de la ciudad que solicitaba sus servicios.

Los años pasaron y las familias se desarrollaron. Hoy, los tres hermanos ya comenzaron el proceso de entregar la posta a sus descendientes. La otra camada de “los Arive” ya está en plena actividad, asumiendo roles y modalidades diferentes, acorde a la época y junto a las tecnologías actuales. Pero son gajos de un mismo casco los que tienen la responsabilidad de seguir por la huella abierta cincuenta años atrás. Son la continuidad, dicen los mayores, al contemplar el ir y venir de los hijos en las distintas dependencias de la empresa. Son “los Arive”.

En esencia, el desafío es el mismo. En la realidad, tiene otros matices. Son otros tiempos. Pero hay una señal muy clara, que viene desde lejos, desde el viejo luchador Tomás Arive y doña Eulogia Oroz, que en Francisco Madero comenzaron la gran empresa de formar una familia numerosa e inculcar los valores del esfuerzo y el trabajo, para abrirse camino en la vida.

Los “gajos” están a la vista. Se multiplicaron y se proyectan hacia un tiempo que vendrá, que ojalá tenga el mismo ímpetu y la misma actitud, y el deseo de Tomás, Tito y Manolo, también se prolongue, se multiplique y se entregue a otra generación. “Los Arive”, de ayer, de hoy y de mañana, inmensamente agradecidos.
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