La copla de la Dolores

1910. Un joven campesino hace, desde la campaña cercana, su habitual viaje mensual a la ciudad. Después de hacer sus compras se llega hasta la “barbería”. Cuando el peluquero, español como él, lo tiene sometido a prolijo rasuramiento, entra sofocado, imagen misma de la consternación, un hombre joven:

—¡Don Antonio!... —alcanza a gritar desde la puerta— nos quedamos sin función esta noche. ¡El cantor se ha enfermado!

—¡Qué barbaridad! —exclama el peluquero, abandonando al enjabonado cliente— ¿Qué hacemos ahora?

—¿Qué pasa? —se interesa el campesino.

—Que teníamos esta noche la zarzuela y no hay quien cante la copla.

—Hombre... si eso es todo yo puedo hacerlo.

—Usted... ¿Puede usted hacerlo? —insistió, incrédulo, el barbero.

—Pues, cómo no. Traigan una guitarra y verán.

Y el cliente demostró allí su capacidad lírica y la zarzuela, gracias a él, pudo representarse aquella noche. El peluquero-empresario era don Antonio Zurro y el cliente-cantor don Carlos Sancho.

Fuente: “La Voz de Pehuajó”, año 1963
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