“No hay mal que por bien no venga”




Popularizado en todos los ambientes y de constante aplicación. Refleja una visión muy optimista al remarcar que de una adversidad se puede extraer o puede surgir algo bueno. Huele a sinsabor, pero abre la esperanza de una consecuencia favorable, dichosa, feliz.

Se afirma su origen español, en la época del clasismo. No faltan quienes consideran que es una derivación de la sentencia de Platón: “Nada de cuanto sucede es malo para el hombre bueno”. Otros lo ubican como una adecuación de fragmentos de la filosofía presocrática (Aristóteles o Heráclito) cuando se afirma que “el conflicto es el promotor del cambio y a su vez es consecuencia de este...”.

Y no faltan los que le asignan origen cristiano al sostener que “todo lo malo que nos acontezca en la vida será recompensado”. Cualquiera fuere su origen, se coincide en señalar que es uno de los refranes más antiguos. Ya en el año 1627 aparece en un libro, pero con versiones dispares: “No hay mal que no venga por bien” y “Mirad para quién, no hay mal sin bien: cata para quién”.

Y por encima de derivaciones y connotaciones, importa tener en cuenta la necesidad de ver el lado bueno de las cosas, las actitudes, las personas. Todo mal puede deparar cosas buenas.

Hay también una carga de esperanza. Si nos proponemos, hay una forma positiva para sobrellevar una desgracia, una adversidad. Y es bienvenido, para alimentar la autoestima cuando está en decadencia. Es como una carga de resignación y de consuelo al mismo tiempo.

Es prudente no incurrir en confusión interpretativa, si se considera que todo mal se ha originado en un bien y no que de todo mal surge algo bueno. En definitiva, su uso es práctico, reflexivo y ayuda a pensar con optimismo. Por algo numerosos escritores y compositores musicales lo han tenido en cuenta en todos los tiempos.
Sigamos por la huella de la vida que lo malo que suceda trae cosas buenas. O acaso cuando una puerta se cierra no hay otra que se abre...

Chico Feo
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