Amalia Parra, cuatro décadas en la oficina de tránsito y patentes



Trabajó durante cuatro décadas en la Municipalidad de Pehuajó. Los dos primeros años estuvo en el área contable, y luego, hasta su jubilación, en la oficina de tránsito y patentes. Suscribió miles de licencias para conducir, desde el carnet de cuero hasta los plastificados. Amalia Parra (72) revive distintas etapas de su trayectoria laboral, siempre en el mismo lugar. Evoca la entrega de patentes para sulkys, chatas y bicicletas. Cosechó satisfacciones y también ingratitudes, pero fue fiel a una línea de conducta que mantuvo hasta el retiro y forma parte de su riqueza espiritual.


Amalia ingresó a la municipalidad en agosto de 1961 cuando Pablo Landa era Intendente. Comenzó reemplazando a “la señora de Barrenechea que había tenido una nena, que lamentablemente después murió”. Más adelante, ocupó el puesto de Jorge “El Sopa” Martínez, quien debió cumplir dos años de servicio militar en la marina.

“Empecé en Contaduría, recuerdo que estaban Scardino, Darío Apestegui, Battilana, Elba Lozano, Barrenechea, Cascón. El contador era Héctor Rodríguez Basigalup, que después reemplazó Bevilacqua, cuando entró Nelo Massola de Intendente”, rememora. Al poco tiempo fue nombrada y trabajó hasta jubilarse.

PASE A “PATENTES Y TRÁNSITO”
Corría el año 1964, y en la Oficina de Patentes y Tránsito se jubila Fernando Crudele. Amalia pidió el cambio de oficina. Ahí se produce su ingreso al sector que la cobijó hasta el día de la jubilación. En aquellos tiempos, todos los pehuajenses que tenían bicicletas -bicicleta común, bicicleta de reparto-, triciclo, charret, carritos con acoplados pagaban patente.

“Cuando llegaban las patentes, que eran de chapa, venían en una caja enorme. Había gente que era muy cumplidora con las patentes, en cuanto se enteraban venía. Y algunos querían la patente número 1”, narra Amalia, con respecto a esa faceta de su actividad.

“La gente de campo –añade- venía puntualmente a sacar la patente para sulky, chata o charret. Era una montaña de patentes que tenía que ordenar. Un día dijeron que no se patentaban más las bicicletas y se alivió el trabajo. Mucho más adelante aparecieron las motos”.

1968. Con compañeros de trabajo. Ortolochipi, Para, Pedalino, Coria,
Hansen, S. Pedalin, Poliacoff, Farías y Riera.
AQUELLOS CARNET DE CUERO
Los carnets o licencias de conductor eran un verdadero documento, prolijamente confeccionado y con material de calidad. Amalia los recuerda y señala que “el trámite se mandaba a La Plata y de allí mandaban el carnet, que era como un librito hecho en cuero, muy paquete. Tardaba como 3 meses y le teníamos que dar a la gente un permiso para manejar. Era riesgoso, además las compañías de seguro, si les pasaba algo, no reconocían nada si no tenía el carnet”.

“Más tarde, la Provincia decidió autorizar a la Municipalidad a emitir las licencias de conductor. Mandaban los carnets en blanco y yo los tenía que confeccionar. Se hacían acá pero venían inspectores de La Plata, de sorpresa, sin avisar. Revisaban todo, controlaban al médico, al que tomaba el examen. Por suerte, llevaba un libro de actas y nunca tuve problemas, al contrario me felicitaban. Para mi era una satisfacción al comprobar que se hacían bien las cosas”.

Los cambios se sucedían. Llegó el momento en que no mandaban los carnets y Amalia viajaba a La Plata para traerlos. “Habían empezado a robarlos en blanco y cuando veía que quedaban pocos viajaba a buscar más”, remarca, y acota que “en aquellos tiempos el control era mayor y en épocas de vacaciones era un infierno, todos se acordaban a última hora para renovar el carnet”.

También había mucho movimiento “cuando se autorizaba a los menores de 16 años a manejar ciclomotores con consentimiento de los padres”. La pehuajense expresa que “algunos estaban de acuerdo y otros no. Pero cada vez que cambiaba un jefe de tránsito se modificaba el criterio en cuanto a autorizaciones a menores de edad”.

GAUCHADAS SI, AGACHADAS NO
Como toda tarea de relación con el público tiene sus cosas buenas y de las otras. Parra recuerda que “hubo gente muy agradecida y otra que me trató mal. Yo siempre derechita, hice gauchadas no agachadas. Dormía tranquila, nunca tuve problemas. Mantuve siempre mi conducta, quizás por eso permanecí siempre en la misma oficina”.

Amalia asegura que durante toda su trayectoria en el municipio ese proceder fue una constante: “muchas veces pedían favores pero nunca los hice si no eran correctos. Ni a mi hermano, ni a mis hijos, les di un carnet de favor. Algunas veces me quisieron suspender por negarme y hubo gente muy molesta que me dejó de saludar”.

Al momento de hacer balance, Amalia Parra comprueba que el camino no fue erróneo: “hoy no estoy arrepentida. Estoy satisfecha. Defendí los valores que me enseñaron mis padres”.

Al final de la charla, revela que se encariñó con el trabajo. “Cuando me fui me costó mucho. Dejar ese escritorio fue tremendo, los primeros tiempos iba todos los días” y por último confiesa: “me costó salir a trabajar y criar los hijos, pero al final estoy satisfecha. Tengo mi jubilación, algunos seré una mal llevada y para otros no”.

* “Yo respondía a las resoluciones que dictaban en La Plata. Yo no inventaba nada. Recuerdo que pasando los 65 años no se les podía dar el carnet para manejar camiones con acoplados. Un señor, muy conocido de mi familia, va a sacarlo. Le dije que no se lo podía dar. “Usted me corta las manos”, me decía. Es un instructivo de La Plata le remarcaba y tengo que cumplir. No puedo hacer algo que no debo. Me acuerdo que el hombre casi lloraba”.

* “Así como tuve satisfacciones cuando la gente agradecía, también tuve ingratitudes. Una vez me regalaron una caja de bombones. Era el tiempo de Crespo Montes, y Arce que era jefe de personal pasó y nos vio comiendo bombones. Lo invité a compartir y me dijo “acá usted no tiene que aceptar dadivas”. Eso me quedó grabado”.

* “Mi padre, Diego Francisco Parra, trabajó en Mesa de Entradas y después fue Jefe de Compras. Era muy exigente, muy recto, decía que siempre había que darle prioridad al trabajo. Una vez, mi hija tenía anginas. La había dejado con mi mamá. Estaba preocupada porque tenía fiebre. Me encuentro con Crespo Montes, que era Intendente y le cuento. Me ordenó retirarme enseguida y dijo “primero está la salud y después el trabajo. Ya mismo se va”. Eso me quedó muy grabado también”.

* “El recuerdo de tantos compañeros de trabajo. Entre otros, Estela Hansen, que me dice “Grego” porque mi segundo nombre es Gregoria. Y otros que fallecieron como “Titi” Inciarte, Marta Cesaretti, Antonio Pascual, Alfredo Montero, el “Petiso” García…”.

Desde Cipolletti (provincia de Río Negro), sus hijos José Luis y Mónica Marcela, adhieren al homenaje: “Mi mamá tiene merecido este homenaje como empleada municipal, ya jubilada y disfrutando de la vida, porque cumplió 40 años de antigüedad en ese trabajo. Es bueno que los homenajes se hagan en vida.
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