Cómo olvidar la siembra de un ejemplar cultor de la música

* Cómo olvidar aquel primer encuentro cuando integraba la embajada cultural de Pehuajó, surgida en la gestión cultural del poeta Osvaldo Guglielmino, que recorría la región exhibiendo el signo distintivo del Pago Hernandiano. Si aún perdura en mis retinas, el apreciado José Pérez Gegena presentando al ya calificado eximio guitarrista José Félix Boses.

*Cómo olvidar aquellas tarde en la vieja Casa Trio, en calle González del Solar, cuando la guitarra de José le ponía un matiz muy especial a los atardeceres pehuajenses. Y curiosos y timoratos los vecinos del barrio nos acercábamos a escuchar.

*Cómo olvidar aquellas tardes en la casa materna de la calle Castañeda, junto a su padre José María, haciendo dúo de guitarras, y paseando por el mundo a través de los más diversos ritmos, que ejecutaban espontáneamente con admirable calidad.

*Cómo olvidar aquellos encuentros, pleno de amistad y adornados por los acordes de su guitarra, hilvanando ilusiones, ante la mirada silenciosa y perseverante de su amada madre, que apretaba entre sus manos, un mate amargo, que compartíamos con entrañable afecto.

*Cómo olvidar aquellos domingos en la vieja quinta “La Cachimba”, de prolongadas charlas y guitarreadas, que se extendían hasta el anochecer, para seguir alimentando sueños y aprovechar el asado que quedaba del mediodía.

*Cómo olvidar aquellas tardes o trasnoches, en el hogar de Jorge Adam, a pleno violín y guitarra. Me acuerdo, que ante el dominio de las manos de José en la guitarra, Jorge me susurraba al oído, “es un fenómeno”…

* Cómo olvidar aquellos conciertos en la Casa de la Provincia, ante la emocionada presencia de los pehuajenses que vivían en Buenos Aires pero que conservaban su corazón en Pehuajó. En el primer concierto que lo presenté, estaba en primera fila el maestro Aquiles Roggero, aquel que fuera compañero de Osmar Maderna.

* Cómo olvidar el memorable ciclo de conciertos de música clásica y argentina que durante 4 días ofreció en el Torreón del Monje de Mar del Plata, durante una temporada en que la ciudad estaba invadida de turistas extranjeros. Recuerdo que algunos, creo que franceses, asistieron dos o tres días seguidos, fascinados por las interpretaciones de José.

* Cómo olvidar aquella experiencia en los pueblos de partido, cuando se le ocurrió exhibir en ámbitos desconocidos qué era un concierto de guitarra. Lo llegó a dar en un salón de baile, todos agrupados sobre el escenario. Al frente estaba el bar, y los parroquianos al escuchar una milonga o una chacarera, se acercaban tímidamente, copa de vino en mano, a escucharlo con asombrosa atención. Y José con su especial carisma los conquistaba, explicando lo que hacía. Eso era sembrar cultura.

*Cómo olvidar tantas experiencias compartidas, de las buenas y de las otras. En esa aventura por los pueblos, íbamos a Mones Cazón, en un Citroën, cuando el acceso era de tierra. Antes de llegar se desató una fuerte tormenta, cayeron más de 100 milímetros. Llegamos con notorio retraso, creíamos que no había nadie. Oh! sorpresa, la gente estaba esperando en el Teatro. Se hizo el concierto, luego la cena, y después era imposible regresar. Había que quedarse. Fuimos a dormir al único lugar de alojamiento que había. Habitación compartida, enorme, varias personas desconocidas dormían. Usamos las dos únicas camas libres. Ante el temor, dormimos vestidos y con las manos en los bolsillos para proteger los pocos pesos que teníamos. Al día siguiente regresamos. Eso también, fue siembra de cultura.

*Estos, entre tantos recuerdos, pretenden sintetizar facetas de una amistad, pero al mismo tiempo reflejar la personalidad de José Félix Boses, brillante profesional del arte musical, ejemplar comunicador de sus conocimientos en las aulas y fuera de ellas, un practicante de la amistad sin tapujos, buen hijo y mejor padre de familia.


Félix P. Peyrelongue
En el 50º aniversario de trayectoria musical de José Boses
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