Tito, simple y sin estampillas



Cultiva una rutina muy especial. En bicicleta, haga frío o calor. Siempre la misma tarea: bajar, subir, tocar timbre, entrar y salir presuroso de empresas y lugares públicos. Reparte buenas y malas ondas. Pero él se muestra todos los días igual: con una sonrisa a flor de labios. Le gusta lo que hace, lo siente. Y ahí está la clave. Además tiene un aliado como amigo al que no le falla nunca y lo ama entrañablemente, Dios el que siempre está cuando lo necesita.


Trabajaba en una veterinaria en González Del Solar y Mitre. Pero cuando se enteró que el comercio iba a cerrar, empezó a comentar con sus clientes que “si sabían de algo”, le avisaran. Un día, el cartero Claudio Fuentes visitó el negocio. Y como a todos los que pisaban “lo de Tamburelli”, le pidió el mismo favor: un trabajo. “Él, no sé por qué, le dijo a la persona que me contrató. Me llamaron y entré”.

Es Tito, el cartero. Comenzó a trabajar en el Correo Argentino hace siete años. Alberto Tresen arranca su recorrido, todos los días, a las ocho de la mañana. Llega a su trabajo y firma. Se le determina un sector y enfrenta a la calle, a bordo de su bicicleta. Su primera salida dura dos horas.

“A las diez de la mañana, que es cuando llega el transporte con la correspondencia nueva, tenemos que estar sí o sí en el Correo. Ahí se clasifica y repartimos las cartas que le corresponde a cada cartero”. Pero el trabajo de clasificación tiene una segunda parte: separar las cartas de control, “que son las certificadas y todas las cosas que son para firmar”.

Once de la mañana y Tito empieza a entregar las certificadas, expreso y todas las correspondencias que necesitan la firma del destinatario. Cuando el reloj marca las doce del mediodía, el cartero vuelve al correo, deja su cartera y retorna a su hogar.

Alrededor de las dos de la tarde, Alberto se dispone a realizar su segundo turno de trabajo. Es momento de entregar la parte que quedó pendiente de la primera mitad del día. La recorrida dura hasta las “cinco, cinco y media”, que es cuando regresan al Correo “a armar para al otro día tener todo organizado temprano”.

“Es una jornada larga y linda. Es un trabajo que requiere que salgas sí o sí. No tenés forma de decir hoy no salgo. Como sea, tenés que salir, la carta tiene que estar. Por ahí podés decir salgo con un poco menos, pero a la mayoría las tenés que llevar por más que llueve o pase lo que pase”.

LA AMISTAD Y EL TRABAJO
Todos los meses, idéntico recorrido. Cada cartero tiene su sector. Y Alberto sabe todo: qué timbre funciona, dónde tiene que aplaudir y en qué casa ladrará el perro. Las visitas periódicas generan una especial relación con las personas que reciben las correspondencias.

“Se genera una amistad muy grande, te diría que más allá de lo que la gente puede pensar. Genera mucha amistad porque es un ida y vuelta continuo. Muchas veces en verano tenés que caerle a la casa y decirle “señora, me da un poco de agua”. Necesitás que te dejen pasar y se genera eso. O cuando alguien tiene un problema porque no le llega una carta o te preguntan los horarios, y vos lo ayudás. Se genera un vínculo muy lindo”.

Las formas de comunicarnos han cambiado considerablemente en el último tiempo. Lo servicios de correos eléctricos, los aparatos tecnológicos y las redes sociales fueron quitándole espacio al envío de cartas por correo. De todas maneras, el trabajo del cartero no se extingue, pero el recibimiento y la espera, en muchos casos, es diferente.

“La mayoría va a avalar lo que voy a decir. Hoy la gente ya no nos quiere ver. Porque saben que no traemos buenas noticias. En realidad no son malas, pero son las cuentas que tenés que pagar a fin de mes o intimaciones. De hecho a nosotros nos cambia el ánimo el llevar una carta así. Es como que tiene un trato especial esa carta”.

Tito relata una situación que tuve que enfrentar años atrás, horas después de una tormenta fuerte que había azotado a la ciudad. “Hace unos años, cuando fue el tornado, tuve que llevarle una carta documento a alguien que se le había caído el techo de la casa, y no había otra, tuve que encararla. Hasta a uno mismo le daba miedo ir. Encima de que el tipo tuvo la mala de suerte de que se le cayó el techo de la casa vos le llevás una carta documento”.

No obstante, Tresen remarca que hoy “la carta documento ya no es tan temeroso”. El pehuajense señala que “ahora hay empresas que te comunican algo bueno por medio de ella. Todavía está implementado eso negativo en la gente. Pero hasta que la abren no la convences de que por ahí es una buena noticia. Nosotros tratamos de ponerle buena onda para que no le caiga tan mal, porque, a veces, sabés que le llevás un problema”.

Así son las jornadas de Tito, el cartero. Siempre con su bicicleta, acostumbrado a pedalear las calles pehuajenses, pero ello no quita que en “fechas claves” las piernas sientan el esfuerzo de los kilómetros recorridos: “por ejemplo a fin de mes que sentís directamente que te cansás”.

Pero el cansancio nunca lo frenó. Alberto es entusiasta y se esfuerza día a día por su trabajo y su familia. Siempre sonriente, regalando alegría. “Estoy absolutamente feliz y satisfecho. Es un trabajo muy lindo que te genera cosas buenas todos los días. Generás muchas amistad, ganás un montón de amigos que eso de por sí, ya no se paga. Además hoy estamos muy bien pagos los carteros, entonces estamos en una época muy linda para trabajar. No da como para despreciarlo. Es un trabajo que está bueno”.

SU AMOR POR LA MÚSICA
Culminaba la década del 90 y nacía Tornado, un grupo de música tropical que hacía furor en Pehuajó y la zona. Y allí estaba Alberto, era uno de los músicos del grupo. “Fue una época de oro. Fue la mejor época, porque éramos muy chiquitos y crecimos todos”.

Tito recuerda aquellos años y no esconde su emoción. No duda en afirmar que “la música me salvó la vida”. “Es mi cable a tierra, si ando complicado eso me saca. La música me acompaña todo el día, el auricular no se me cae nunca. Es el mejor invento”.

EL CARIÑO A SUS PRINCESAS
Alberto, y su pareja Marisa Mafioli, comenzaron hace meses un emprendimiento familiar. En el barrio de la vieja cancha de San Martín, el matrimonio abrió Fiambrería Las Princesas, nombre elegido en honor “a los dos tesoros más preciados que tenemos que son Layla y Lourdes, nuestras hijas”.

“Hacés un poco de todo y las jornadas se hacen largas, pero hacemos el sacrificio y trae réditos: económicos o a nivel personal. Nunca tuve un trabajo en el que estuviera disconforme. El que me conoce sabe que soy muy creyente y sabe que Dios fue mi pilar de vida. Mejor dicho, nuestro pilar de vida porque mi familia también es muy creyente”.

Para finalizar, Tito no se olvida del gesto de aquella persona que un día lo escuchó en la veterinaria. “Quiero agradecer a Claudio Fuentes que me hizo entrar en este trabajo muy lindo. Desearle feliz día a todos los muchachos que con los que generé una buena amistad. Tanto con la gente que hace muchos años que están ahí en el correo, que me recibieron de primera, y que esa gran familia que se armó ahí adentro nos hace bien todos los días”.

PING PONG
¿Una gratitud?: “A Dios por mi familia”
¿Una ingratitud?: “no tengo”
¿Un deseo?: “poder mirar a mis hijas a los ojos siempre”
¿Un rencor?: “no tengo por suerte”.
¿Un amor?: “tres amores, Layla, Lourdes y mi esposa Marisa”.
¿Un amigo?: “Dios, el único perfecto”.
¿Un hobby?: “Hacer música”.
¿Un deporte?: “el fútbol”.
¿El correo?: “El lugar que me vio crecer”.
¿Pehuajó?: “El lugar que acunó todo lo que amo”.
¿Una esperanza?: “Para mi no hay nada que no esté predeterminado”.
¿Dios?: “La cuenta impagable de mi vida. Me dio todo lo que necesito”.
¿Una pasión?: “La música”
¿Un error?: “No haber valorado a mis hermanos y a mis viejitos, aun sabiendo sus esfuerzos”.
¿Alberto Tresen?: “¿el beto? alguien con quien siempre me tomé el mejor café a solas”.
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