DON MIGUEL Y LA PALOMA

Por Francisco J. Ananía

Cuando hace unos meses atrás falleció Fulvio Rivas tuve intento de escribir unas palabras para recordarlo, pues habíamos trabajado juntos en “El conventillo de la Paloma”, uno de los sucesos más grandes que ha tenido el teatro local. Fulvio era, como se dice ahora, “del palo” del tango. A mi modesto entender, uno de los intérpretes más pasionales que se hayan visto y escuchado por estos contornos.

Porque Fulvio, además de ser una persona amable, locuaz, y muy alegre, interpretaba los tangos de una manera única. Había que verlo. En la prolongación de más de una noche en alguna de sus pizzerías (que tuvieron fama) me contó de sus inicios teatrales en el Barrio de La Boca. Me mostraba fotos que conservaba con cariño. Había hecho Chéjov, me acuerdo, el gran autor ruso que siempre da prestigio. Era gran conversador y contador de chistes, y cuando cantaba ponía tanta pasión que se transformaba. Si la memoria no me falla también interpretaba piezas del repertorio español. Me parece escucharlo cantar “La bien pagá”, arrasado por la emoción.

De esas noches había brotado la promesa de hacer algo juntos algún día. Ese día llegó. Se recuperaba un espacio teatral para la ciudad, el Teatro del Patio. Eran las primeras épocas del Intendente Peña y ocupaba la Dirección de Cultura María Pía Biafore, que fue quien impulsó el proyecto. Convocado para tal fin me pareció oportuno montar “El conventillo de la Paloma”, el inmortal, mítico sainete del Alberto Vacarezza, por su carácter festivo y porque transcurre en un patio, que era donde se iban a llevar a cabo las representaciones, en verano y al aire libre.

Enseguida pensé en Fulvio y enseguida me dijo que sí. El resto del elenco se cubrió con alumnos de un taller que por entonces yo dictaba ahí, en Cultura, y algunos actores convocados. No puedo nombrarlos a todos porque son multitud. Pero nos faltaba cubrir el personaje de la Paloma. No era fácil, no podía hacerlo cualquiera, y dentro del mundillo teatral que había entonces no encontrábamos actriz que pudiera hacerlo.

Hasta que un día pasé por la esquina donde ella trabajaba y me saludó, sonriendo como siempre, y clavé los frenos de mi bicicleta y me dije: “¡La Paloma!”. Era Jorgelina Maury. Bajé y le hablé y creo no haberme equivocado. Nos conocíamos desde niños, éramos del mismo barrio y en la primaria, teníamos 11 y 12 años, habíamos sido novios. Ella siempre me lo recordaba cada vez que nos cruzábamos por la calle. “¡Mi primer novio!”, exclamaba. Y nos largábamos a reír. Yo sabía que ella cantaba y enseguida ella también me dijo que sí, riendo, porque es así como la voy a recordar por siempre, con una sonrisa. Y es su abrupta partida la que empuja estas palabras que nacieron cuando se fue Fulvio.

Ambos fueron Don Miguel y la Paloma, la pareja protagónica de aquel conventillo. Ambos eran alegres, musicales, y enseguida hubo “química” entre ellos y supieron sacarse chispas en escena. Fulvio era muy de morcillear y la Paloma sabía seguirle el tranco. Fulvio cantaba: “Yo nací en un conventillo de la calle Olvarría…”, y la Paloma, porque desde entonces para nosotros dejó de ser Jorgelina y pasó a ser “la Paloma”, cantaba: “Se dice de mí…”, acompañados por las guitarras criollas de Lucho Erbín y Juan Luna.

Estoy seguro que los numerosos actores que conformaban el elenco, más el Ballet “Folklorama” a pleno, más todos los técnicos que formaban parte del equipo, se acordarán de aquellas noches. Éramos como 30. Estrenamos en enero de 1998, hicimos funciones durante todo el verano, nos fuimos a actuar a Buenos Aires para el Centro de Residentes Pehuajenses y con los primeros fríos nos mudamos al Teatro Español y seguimos hasta el mes de julio, casi siempre a sala llena.

En cuanto a público se refiere creo no exagerar si digo que fue uno de los éxitos más grandes que tuvo el teatro local. Curioso: ni Fulvio ni Jorgelina venían del mundo teatral y fueron los protagonistas de la obra más exitosa.

Compartir un escenario crea vínculos profundos y anécdotas nos quedaron miles. Como la de la perrita “Crazy”, la perrita de Jorgelina que la seguía a los ensayos (y a todos lados) y así terminó incorporada al elenco, con un moño rojo que le puso Rosita Pignatón, nuestra vestuarista. Cada vez que Fulvio se acercaba a la pieza de la Paloma y le cantaba: “Paloooma, casate conmigo…”, salía la perrita “Crazy” y lo miraba, y atrás salía la Paloma.

En fin, necesité recordarlos, a ambos, ahora que se fueron, y estoy seguro que estas palabras serán compartidas por todos los que formamos parte de aquel “Conventillo…”, este “Conventillo…” que se agiganta con el tiempo. No quiero ponerme lacrimógeno. El recuerdo es amable y cálido. Hasta siempre, compañeros. Cuando lleguemos todos allá tal vez reeditemos alguna de aquellas noches de “El conventillo de la Paloma”, allá, en el cielo.
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