Un sueño hecho realidad

La pehuajense Silvia Sanz participó de un voluntariado en una aldea de Tanzania. Sucedió a fines de 2012 y fue protagonista de vivencias únicas. La ex docente del Colegio Nacional relata lo sucedido, describe los escenarios africanos y comparte las impresiones de una destacable tarea humanitaria. Nos cuenta la realidad de los niños, cómo es viajar en dala dala y las costumbres de los habitantes del lugar. “Más que un reconocimiento personal, me gustaría que esta experiencia despierte ganas de ser solidario y estar más cerca de los que nos necesitan que es exactamente la persona que tienes al lado. Y para eso todos sabemos que no es necesario viajar a África”, dice nuestra ex convecina radicada en Barcelona.

Silvia Sanz viajó a Tanzania, África, en octubre de 2008 para realizar un trekking y un safari. Nunca imaginó lo que vendría. “Aquel viaje fue definitivo en mi vida, dicen que cuando visitas África se te mete en las venas y es imposible regresar a ser el mismo”, afirma la pehuajense, y asegura que ese viaje despertó las ganas de hacer un voluntariado.

Su segunda visita a Tanzania, un país de la costa este de África Central, fue para escalar el Kilimanjaro en julio de 2012. La travesía en la montaña obligó a Sanz a realizar un fuerte entrenamiento y una extensa preparación, que contó un amplio abanico de lecturas sobre su historia y las vías de escalada. Durante esta experiencia, y luego de hacer cima, Sanz disfrutó de una estadía en un Hotel de Arusha, una de las regiones del país africano.

“Salía por la mañana a recorrer la ciudad y volvía sobre las cinco de la tarde, muerta de cansancio y cubierta de polvo, pero feliz pensando qué pasaría conmigo si pudiera vivir aquí. El primer día encontré en la calle una chica blanca que me ayudó a orientarme al salir del hotel. Ella me contó que vivía en Tanzania desde hacía 6 meses y que hacía un voluntariado. En ese momento sentí que mi próximo viaje sería un voluntariado. Sólo tenía que encontrar la ONG adecuada”, recuerda Silvia.

A partir de su primer viaje al país africano, comenzó una búsqueda de una organización no gubernamental que le resultara “creíble y con proyectos atractivos”, hasta que encontró a Wosen Yeleh, una pequeña ONG mallorquina francesa, que permitió “cumplir un sueño infantil”.

“La persona que dirige la ONG fue quien me respondió el primer mail que envié solicitando una plaza de voluntaria. Aquel fue el primero de una incesante lluvia de mails entre nosotras en tres días. Ya había decidido que regresaría a Tanzania como voluntaria, por fin”, relata Silvia. La pehuajense cumpliría su anhelo en una pequeña aldea del norte de Arusha, cercana la lago Natron Enguiki, y que se encuentra en muy cerca de un pequeño pueblo, Monduli Juu.

Tras la confirmación, comenzó una cuenta regresiva para, al fin, dar inicio con la experiencia que tanto había deseado. Había que preparar actividades para niños de la escuela, comunicarlo a familiares y amigos y buscar ropa para llevar al África. “El tiempo pasó rapidísimo y tan ansiosa e ilusionada con una maleta pesadísima que solo llevaba la ropa y el material escolar, y con una sencillo bolso de mano donde llevaba mi ropa, las botas de lluvia y el chubasquero -porque en Tanzania es temporada de lluvias-, dos pantalones y tres camisetas. Sólo eso. Así inicié mi viaje”, manifiesta.

El viaje a Qatar, las horas de espera en el aeropuerto de Doha, las casi 24 horas de viaje, no lograron apaciguar los nervios de Silvia. El aeropuerto del Kilimanjaro hace una cálida bienvenida. Allí la esperaba Daniel, el enlace de la ONG, para llevarla al hotel y explicarle los pasos que darían al otro día cuando llegaran a la comunidad.

LA JACKSON HOUSE’S
Silvia Sanz Ángulo se radicó en casa de la familia Jackson, que estaba compuesta por Baba –el padre-, la mama y los ocho hijos, de los que solo faltaba el mayor ya que es el que estudia de los de mayor edad. “Es una familia maasai que no vive en una boma tradicional (una casa de adobe circular con techo de paja) sino en una casa similar al estilo occidental. Pero vive como el resto de los maasais y conserva sus tradiciones ancestrales, tal vez lo único extraño a su cultura es la devoción que sienten por la iglesia luterana a la que pertenecen lo mismo que casi la totalidad de la población de Monduli Juu: hablan maa y swahili y sus hijos visten a la usanza tradicional”, explica la pehuajense.

La casa y el colegio estaban separados por unos cinco kilómetros. Distancia que Silvia hacía con Samuel, un chico que servía de guía e interprete en la escuela. “El paisaje hasta la escuela era precioso y ondulante y a los lejos las montañas azules de Monduli, la suaves colinas sembradas con las bomas, los burros y rebaños de cabras que los pequeños pastores cuidan. El camino de acacias nos llevó a la escuela aquella mañana, la primera, nos fuimos encontrando por el camino con los pequeños que iban a la escuela tan solo con un jarro de latón en las manitos. La mayoría de los hogares no puede permitirse material escolar y desayuno, y muchos niños estaban descalzos”, rememora la docente.

UNA JORNADA EN LA ESCUELA
“Shule naypenda Shule”, cantan los niños felices mientras van a la escuela. Significa “Escuela, te amo, escuela”. También la entonan en los recreos y al jugar con el maestro. El edificio del colegio es también de adobe. Tiene una sola habitación con techo de chapa en medio de un grupo de bomas y acacias, no tiene baños y solo hay un maestro para casi cien niños de diferentes edades de preescolar a primaria.

Silvia relata que a pesar de la alegría al cantar, “la vida es durísima allí, los niños tienen una infancia muy corta. En África quién sostiene la economía es el trabajo de la mujer y los niños. Para ellos son las tareas más duras, pesadas y laboriosas. Y todos las realizan sin una sola queja”.

El testimonio de nuestra coterránea refleja la realidad de los niños del pueblo: “La escuelita entre las acacias solo tiene una puerta y ni una sola ventana. El suelo es de tierra, una empalizada divide el aula de otra habitación más pequeñita. Apoyado en esta división esta el único pizarrón y el pupitre del maestro. Al lado hay un largo banco donde se sientan casi todos los nenes de preescolar, sus piecitos no llegan al suelo. La única luz que entra por la puerta beneficia a los que se sientan en los primeros lugares, los de atrás apenas ven, así que les doy los lápices más oscuros para escribir. Pero todos quieren escribir con los de colores vivos”.

Y agrega: “El maestro es un hombre viejo pero lleno de energía. El primer día vi que golpeaba a los niños en la cabeza para formarlos en las filas. Le dejé claro que a los niños no hay que tratarlos así de modo que ahora le he pillado dos veces haciéndolo con disimulo. Al principio no le entendía esta actitud, luego me dí cuenta que estar solo con tantos niños, que si bien son obedientes, muchas veces juegan y se desordenan como cualquier niño de esa edad para desesperación del maestro que le parece que ese es un comportamiento de indisciplina grave”.

El docente vive cerca de la escuela y tiene dos niños pequeños que acuden a ella. “Cuando llega a la escuela coge un hierro largo y un tormillo e improvisa el sonido de una campana. Todos los niños corren a formar una fila, los que han llegado antes se han quedado sentaditos en el suelo jugando. Una vez formados comienzan a cantar con esas vocecitas de ángeles tan claras y hermosas llenan el paisaje con su alegría, y me roban el corazón”, cuenta Silvia.

Las clases comienzan a las ocho y media de la mañana. Según explica Silvia, “bajo un sol radiante, los niños entran ordenados y van ocupando los lugares que el maestro les señala, al ratito empiezan a cantar. Mientras les entrego la hoja y el lápiz me miran sonrientes porque al segundo día ya me aprendí la canción y también canto a grito pelado. Eso les divierte y al maestro también”.

Detrás de la empalizada donde esta la pizarra hay como un pequeño cuarto. Allí dejan los niños sus jarros para el porridge, que es su desayuno y para muchos la única comida sustanciosa del día. Desayunan sobre las once de la mañana luego del recreo y tras la clase: “es decir que estos niños están aprendiendo cada día con el estómago vacío. Es imposible cambiar la rutina”.

La mamá que prepara el porridge también hace las tareas de su casa y sólo puede preparar los más de 30 litros de desayuno a media mañana. El fuego es a leña, hay que conseguir agua, prepararlo, servirlo en los baldes de plástico y llevarlo hasta la escuela. Silvia aprendió y le ayuda: “la mamá viene cada mañana, es dulce y menuda, me explicó cómo hay que llenar los jarros así que también soy yo la que les sirve el desayuno y ellos tan felices se van derechitos con su jarro sin derramar ni una gotita”.

“HACEN QUE TODO LO AMARGO SEA DULCE”
Para ejemplificar la situación de los niños, la pehuajense describe una de las tantas experiencias por las que tuvo que transitar: “De los 104 nenes sólo 4 pueden hacer sumas y restas sencillas. Diez lo logran con enorme dificultades y el resto no lo consigue. Al final de la primera semana de clases, decido hacer los viernes una actividad de motricidad para variar las rutinas. He llevado 30 tijeras y divido al grupo en dos: los que cortan con las manitos y los que cortan con tijeras. Muchos nenes no han tenido una tijera en sus manitos. Después rotaremos para que todos puedan ensayar. La situación es desesperante, pero he decidido, no pensar en todo esto y seguir adelante con la propuesta educativa que traje. Pero la realidad es más dura de lo que me imaginaba”.

Los niños desayunan bajo una gran acacia y regresan al aula cuando llega un pastor muy alto que es el que pasa lista y los niños se levantan en silencio al oír su nombre y se marchan a casa, primero las niñas, que son mayoría, y luego los niños. Se quedan esperando afuera y parten todos juntos. “Se pelean por cogerme las manos y voy acarreando niñitos, de a cinco por mano, y alguno que va con las manitos metidas en mis bolsillos. Así hacemos el camino tan despacio y tan felices. Al salir vuelven a cantar “escuela, te amo”. Hacen que todo lo amargo sea dulce”, cuenta Silvia.

UN VIAJE EN DALA DALA
Los buses más usados en Tanzania son los pequeños dala dala. Una especie de combi adaptada para que viajen treinta personas. El conductor, el cobrador de tickets y trece pasajeros viajan sentados. El resto viaja como puede. “Viajar en dala dala significa comenzar a preguntar en la estación de buses cuál es el que sale para la dirección que uno quiere ir. Cuando uno lo encuentra se sube y se sienta a esperar que se llene. Nunca un dala dala sale hasta que no está lleno así que no existe horario de salida ni de llegada, nunca hay que esperar mucho tiempo”, comenta Silvia.

“Conmigo viajan los maasais que van a Monduli juu distante a unos 40 km. de Arusha. Eso hará tranquilamente unas tres horas de viaje desde el punto de partida Arusha hasta Jackson’s House. De repente, el dala dala ha dejado de ser un coche se ha transformado en un patinete y esto es porque vamos cuesta abajo así que el conductor apaga el motor, y nos deslizamos en patinete. Veo que hay una curva. ¡Dios mío! Luego la carretera vuelve a subir, enciende el motor en subida y volvemos a ser un coche que felicidad”, relata la pehuajense.

El miedo pasó. El viaje continúa: “hemos llegado a Monduli Chini, fin del primer tramo de viaje. Hay que buscar el dala dala que nos lleve a Monduli Juu, por fin lo encuentro. De vuelta a esperar a que se llene, aquí hay menos pasajeros por lo que nos toca esperar un rato más largo”.

La experiencia tiene un capítulo más. El carro tiene un desperfecto y deja de marchar. “Por fin estamos en marcha de nuevo. Apenas al salir del pueblo, la carretera es ahora camino de tierra, ha llovido toda la noche pero está firme. Las montañas que rodean el camino tienen una vegetación exuberante verde brillante y enormes acacias a cada lado del camino. Iba tan feliz disfrutando del paisaje cuando de repente nos hemos detenido, parece que hay algún problema con el motor porque el coche no arranca. Pienso que esta combinación de patinete y coche alternativamente no ha de ser nada bueno para el motor. Se bajan dos pasajeros, son unos maasais con aspecto de forzudos que comienzan a empujar el coche hacia atrás. No hay caso, no arranca y cada vez que empujan el coche con los más o menos 20 que íbamos arriba el dala dala se acerca peligrosamente al abismo”, recuerda Silvia de aquel momento de tensión.

La historia prosigue: “ya estoy aterrada y me quiero bajar pero allí dentro nadie tiene cara de preocupado. Más bien están como aburridos, pero yo no quiero morir atrapada en un dala dala que va hacia atrás. En el ultimo empujón ya no se ve el borde del camino así que en plena desesperación digo “¡yo, me bajo!”, en perfecto castellano, doy un salto entre los maasais del pasaje y me bajo. Veo que todos se han bajado y el dala dala sigue sin arrancar, que suerte en ese camino que no hay nadie. Se ve que a lo lejos viene otro dala dala esos seguro nos van ayudar. Pasan de largo, ni se han detenido a ver qué sucede y todo el pasaje se ha bajado”.

“Me explican que lo que ocurre es que el dala dala no tiene combustible. ¡No lo puedo creer! Estamos en medio de la nada. ¿Qué hago? Sólo queda una opción: continuar caminando hasta Monduli Juu (¡y luego caminar otros 5 km hasta la casa de los Jackson!) Son las 4 de la tarde, si no me doy prisa oscurecerá en medio del camino. ¡Qué miedo! (en Tanzania es noche cerrada a las 6 de la tarde) Comenzamos a caminar lo que antes me parecía un paisaje bellísimo, me lo sigue pareciendo ahora, sólo que me pregunto si no habrá animales salvajes. Vienen dos o tres personas caminando detrás mío así que les pregunto lo de los animales salvajes por si acaso, como para empezar una conversación. Sonríen. “No, en esta época del año no”, me responden”. Un poco de tranquilidad para Silvia. Sólo queda caminar. Y caminar…

Luego de la caminata, comienza a ver las casitas de Monduli Juu. “Cuando los niños de la casa me ven que vengo por el camino salen corriendo a recibirme con esas sonrisas matadoras abandonando las cabritas. Nos abrazamos en medio del camino. Qué alegría, sólo me he ido un fin de semana y están así de contentos de verme. Yo también. Jugamos todo el día cuando no estoy en el colegio y damos paseos viendo como trabajan los escarabajos estercoleros o los dibujos de las telarañas que les encantan y me van diciendo los nombres en maasai de los animales que yo les muestro en castellano. Los niños son maravillosos”, nos cuenta nuestra ex convecina.

“LOS NIÑOS TIENEN LA CAPACIDAD DE TRANSFORMAR LA TRISTEZA EN SONRISAS”
Entre tantas historias, alegres, divertidas y reconfortantes, Silvia transitó momentos duros. Muy tristes. Era un día más en la aldea, la docente iba camino a la escuela con Samuel, su traductor y guía, que va tocando una melodía con la armónica que Silvia llevó para estimular a los niños. Iban felices. El camino estaba intransitable, pero como llevan botas podían avanzar. Los niños iban descalzos y se les hacía casi imposible, entonces los llevaban en brazos. Había llovido toda la noche.

“De pronto me doy cuenta que por las bomas que nos hemos encontrado hay como un ambiente raro. La gente reunida no es normal. Le pregunto a Samuel que sucede pero no me dice nada. Al llegar a la escuela, el maestro está serio y los niños ya están formados esperándonos”, relata Silvia, y agrega: “me explican que el hijo de la mamá que prepara el porridge, el pequeño de tres años, ha caído en un pozo de agua y ha muerto ahogado”.

“Siento como si una mano terrible me estrujara el corazón. Los nenes están serios mirándonos con ojos desmesurados. El maestro lleva a los mayores hasta la boma donde ha ocurrido la muerte. Van cantando las mismas canciones de cada día, a medida que se alejan esas vocecitas infantiles parece crecer aun más la tristeza. Me he quedado con Samuel que toca con desgano la armónica y los más pequeñitos”, describe la situación la docente.

Silvia y la mamá del niño fallecido se habían hecho amigas, entonces quiso ir a saludarla: “nos acercamos a la boma y entonces la veo sentadita a la puerta de su boma en esos banquitos bajos que utilizan los maasai. Está serena con una expresión ausente, las manos sobre el regazo acompañada por dos mujeres que permanecen sentadas a su lado y en silencio, entonces nos abrazamos. No ha dicho ninguna palabra pero la siento rota. Desde la puerta se ve dentro de la boma una zapatillita plástica naranja pequeña bajo la cama, entonces empiezo a llorar. Ella continúa abrazada a mí, en silencio”.

“Quiero dejar de llorar y no puedo. Por fin me tranquilizo un poco, quiero decirle algo y le cojo la cara. Ella tiene los ojos cerrados y veo como una lágrima que se desliza suavemente por su mejilla. Samuel me ha separado de la madre para explicarme que no tengo que llorar que si yo lo hago todas más mujeres lo harán. También se ha acercado el maestro me explica que si eso ha ocurrido es porque Dios así lo quiere, que es difícil de comprender pero que es así que por eso no hay que llorar”.

Por la tarde, la mamá le dice a Silvia si quiere ir al sepelio del niño: “el cielo está cargado de nubarrones grises, vamos subiendo y bajando las colinas por un camino diferente por el que voy a la escuela. En el camino se nos han reunido otras mujeres de las bomas. Todas me saludan y me arreglan el velo que se me desliza por el pelo. Al fin llegamos, las mujeres están en una boma y los hombres en otra. Veo al padre que está apoyado en el palo que usan los maasai cuando van con los rebaños. Está acompañado de otros hombres. Todos silenciosos, tiene el rostro atravesado por el dolor y parece no ver a nadie. La comunidad me recibe tan bien como lo hizo desde el primer día en la boma donde está la madre. Las mujeres quieren dejarme sus asientos, pero los rechazo, me quedo junto a la mama de pie. Antes de entrar me ha vuelto a advertir que tengo que ser fuerte. Hay muchísima gente. Todos están en silencio”.

Los maasai no tienen cementerios. Entierran los cuerpos libremente en su territorio y a los niños, siempre cerca de su casa. “Al ratito vienen dos maasai muy viejos, se reúnen en el pozo donde murió el pequeño, cogen un poco de agua en una calabaza y las mezclan con unas hierbas y comienzan a caminar alrededor del pozo dejando caer pequeñas cantidades de agua mientras recitan unas palabras. A continuación vienen tres mujeres. Dos de ellas traen unas bolsas de paja llenas de flores rojas de Santa Rita y una tercera que viene detrás llorando desconsolada trae una corona de flores. Es una cruz hecha de flores de Santa Rita roja. Es la única persona que llora y que he visto llorar, se han puesto todos de pie. Las mujeres de las flores se dirigen a la pequeña tumba que han excavado al lado de la boma de la madre. Siembran la tumba de una alfombra de flores y clavan en la tierra la cruz”.

La comunidad ha llevado regalos a la madre: dinero, una bolsa de arpillera, un bidón de agua. La ex docente del Colegio Nacional explica que “es tradición compensar a la familia por la pérdida con lo que se tenga en casa o lo que se pueda. Hasta el más pobre le acerca algo. He visto una mujer que entregaba un pequeño ovillito de hilo”. En el transcurso de la ceremonia “se sirve una especie de guiso de legumbres con té. Como no hay ni platos ni jarros suficientes, la gente los comparte”.

Silvia abandonó el lugar y se prestó a descansar. “Esa noche volvió a llover y se escucharon truenos muy fuertes en la madrugada que me despertaron en medio de la noche. Pensé en la madre la primera noche durmiendo al lado de la tumba de su pequeño hijo y esa tormenta”, recuerda.

“Los días siguientes tampoco hubo porridge por las mañanas pero los niños no dejaron de cantar ni un solo día. Cada mañana pasaba a saludar a la madre y cada mañana hacía el camino de regreso a casa con la cara cubierta de lágrimas. Los niños van colgados de mis manos y se quedan esperando unos metros alejados cuando voy a la boma de la madre. Me miran serios con esa gravedad con que miran los niños cuando ven a un a persona llorar. Pero luego comienzan a corretear y a cantar y a pelearse por quien coge mi mano y vuelven a hacerme sonreír. Los niños tienen esta capacidad de arrancarnos la tristeza de transformarla en sonrisas, en mirada dulces”.

EL FINAL DE UN SUEÑO HECHO REALIDAD
Silvia transitó el último día con tristeza. Los padres fueron a despedirla. “Se sentaron en los bancos de los niños y miran lo que hemos colgado en el aula con gran interés. También ha venido Daniel, ha escrito “¡Asante sana, Silvia!” en la pizarra. Cuando lo he visto se me han caído las lagrimas. Me traduce que los padres se han acercado para despedirme y darme unos regalos por el trabajo de estas semanas, han traído pulseras y un gran collar maassai. También ha venido la madre que hace solo una semana perdió su niño, la veo que mientras los demás hablan ella mira los niños que juegan afuera en la escuela, corren felices hasta una pequeña colina y bajan de nuevo, es lo que hacían conmigo cada día. Se oyen las risas agitadas. Su mirada se cruza con la mía y levantando una mano sonríe. Me muestra una pulsera que ha hecho para mí, es la bandera de Tanzania. Se levanta y me la pone en la muñeca. Es preciosa”, describe Sanz.

Los niños también las despiden. Silvia desnuda las sensaciones vividas: “se arremolinan mientras el maestro les hace cantar una vez más para mí esas hermosas canciones mientras dicen adiós con las manitos. No quiero emocionarme pero es imposible”.

Faltaba la despedida de la familia Jackson. La esperaban fuera de la casa “con expresión grave”. “Cuando llego de la escuela, Baba es el encargado de la despedida. Ha hecho venir a una mujer que hará una pulsera para mí con un alambre muy largo que tiene la mamá. Entonces coge mi antebrazo y comienza a enrollarlo con mucho cuidado. Baba dice que es una promesa que no tengo que quitármelo que es la forma de regresar pronto a Enguiki. La mujer que me ha hecho la pulsera se quita una pulsera de ella y me la pone en la otra mano. La mama me ha puesto pendientes pulseras y otro collar maasai y una sucka, la típica manta que llevan los maasai colgando de un hombro”, relata Silvia y explica que “es como todas las cosas hermosas, que cuando las vive uno de tan intensas al recordarlas se parecen a un sueño, me volví por el camino de acacias mirando ya con añoranza las colinas, las bomas en tonos ocres, los jacarandas florecidos, las cabras que pastan en las montañas azules de Monduli, mientras el pastorcito que cada mañana cuando le invito a la escuela se limita a sonreír y me saluda con la mano”.
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