Un encuentro con Juan Pablo II

En marzo de 1987, quien suscribe, por aquel entonces periodista en la pionera LT22 Radio Nueva Era, conjuntamente con el querido José Pérez Gegena, nos convocan de la Parroquia San Anselmo.
El padre Carlos Mateos nos entrega un sobre proveniente de la Comisión Episcopal Argentina. Contenía una invitación especial para asistir al “Encuentro de su Santidad con los representantes de mundo de la cultura”, el día 12 de abril de 1987, en el Teatro Colón. No podíamos salir del asombro y la sorpresa. ¿Por qué, nosotros?, si ni siquiera éramos practicantes activos del catolicismo. Sí sólo concurríamos al templo parroquial por cuestiones periodísticas, por acontecimientos familiares. Nuestra pregunta en ese momento no tuvo respuesta. La conocimos años después. El padre Mateos, con quienes teníamos una sólida relación (en esa época me acompañaba en meditaciones radiales todas las mañanas) se limitó a entregar el sobre que había llegado a la parroquia. Recuerdo que había que contestar la invitación. Nuestra economía personal en ese momento no era buena. Ni tampoco la de Pehuajó, que sufría inundaciones. No podíamos afrontar el gasto del viaje. Antes de responder fuimos a ver al Intendente Julio Rodríguez, quien además de sentirse complacido por la convocatoria nos puso a disposición auto y chofer para poder concurrir el encuentro con Juan Pablo II. Y así fue. El 12 de abril, a las 16 horas, ingresamos al Teatro Colón. Nos ubican en la fila 16, a tres butacas del pasillo central por donde ingresó el Sumo Pontífice. Mejor ubicación, imposible. Los famosos estaban en los palcos y no tenían la posibilidad de ver al Papa tan de cerca. Tuvimos el privilegio, en su lento ingreso, de sentir su mirada a escasos dos metros. No lo podíamos creer. Ante ese rostro, radiante de paz, de bondad, de amor, solo atinamos a mirarnos con José y dejar que un llanto gozoso nos invadiera. Inexplicable e inolvidable. Ese momento no se borró jamás de mis retinas. Escuchamos el mensaje, (aún lo conservo junto con la estampa que nos regalaron, la invitación y el número de butaca asignado), recibimos la bendición y lo vimos salir por el mismo lugar. Fue la última actividad que cumplió en la Argentina en esa histórica visita pastoral. Desde el teatro Colón se dirigió a Ezeiza para retornar a Roma. Una experiencia inolvidable que rememoro por estas horas, cuando el “peregrino de la paz” ha sido beatificado. Aquel que evitó la guerra con los hermanos chilenos, aquel que trascendió el catolicismo por su carisma, por su amor por los semejantes, por su coraje, por su espíritu ecuménico y por ser un auténtico siervo de Dios. Aquel que nos enseñó a “no tener miedo y abrirle las puertas de par en par a Jesucristo”. Reconfortados regresamos a Pehuajó, aquel 12 de abril de 1987. Pero el ¿por qué a nosotros? seguía sin respuesta. Un amigo, a su vez sacerdote, aconsejó mejor pregúntense “para qué a ustedes”. Y el para qué, se fue descubriendo a medida que el tiempo pasó y la vida fue mostrando espejos con todo lo bueno y todo lo malo. Años más tarde, aún en vida de José Pérez Gegena, supimos que las pautas para seleccionar los invitados a ese encuentro con Juan Pablo II, puntualizaban ungir a quienes habían ejercido la comunicación en medios de prensa, con vocación de servicio, en los barrios, en las zonas rurales, con evidencia de desinterés y desprendimiento personal. Y dimos gracias a Dios. Ya no cabía posible queja porque algunas veces nos sentíamos usados en nuestro afán de servir, de colaborar, de extender una mano, sin pedir un centavo. Ya no había lugar para reprocharnos que casi rechazáramos la invitación por falta de recursos para viajar. Fue una bendición. Fortaleció nuestra fe y un mayor compromiso a nuestras convicciones de pobreza y humildad. Bendición y fortaleza que en este 1° de Mayo, día de San José Obrero, ante el ahora santo Beato Juan Pablo II, se renueva y fortalece aún más. José, el querido amigo de tantos momentos compartidos, en la añorada LT22, en las aulas, en los escenarios, en la vida cotidiana, en las cosas simples de la vida, hoy también lo he sentido cerca, como aquel domingo de abril, en el otoño de 1987, cuando Pehuajó estaba rodeado por las aguas, y con los rostros impregnados de lágrimas pedimos, ante Juan Pablo II, por Pehuajó y su gente. El ¿Por qué?, ya no tiene sentido. El ¿para qué?, lo ponemos en práctica todos los días. Como siempre, con vocación y humildad. Uno, aún peregrino por estas tierras de Dios, el otro en los campos celestiales de la comunicación. Para ambos, y para todos, por intersección de Juan Pablo II, Dios nos bendiga. Félix P. Peyrelongue Mayo 1 de 2011
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