Pascua: fe y esperanza por un mundo mejor

Al culminar una Semana Santa inédita, la reflexión adquiere singular trascendencia. La necesidad de encontrarnos cuando se avecina un mundo nuevo. Y un conocido cuento que alimenta gratitud, ternura y amor.


Un domingo de Pascua muy especial. Una pandemia provocada por un enemigo desconocido llamado “corona virus”, azota al mundo sembrando dolor y angustia. Sorprende, asombra, preocupa, colma de incertidumbres a todos, grandes y chicos, poderosos y desposeídos.

El silencio y la prudencia dominan. Prevalece un aislamiento físico pero se siente, como quizás nunca ocurrió, una unidad de sentimientos con la única intención de sumar esfuerzos deseosos de superar el duro trance.

Hoy más que nunca se ponen a prueba nuestra fe y esperanza. Para creyentes y no creyentes, es fundamental aferrarse a ella. Confiamos en Dios, asumimos la realidad, imploramos por la superación de las dificultades y pedimos por un devenir lo menos traumático posible. La fe compromete y fortalece nuestra vida.

La Resurrección de Jesús, sostiene el Papa Francisco “es el fundamento y la fuerza que tenemos los cristianos para poner nuestra vida y energía, nuestra inteligencia, afectos y voluntad en buscar, y especialmente en generar, caminos de dignidad”. Remarca además: “¡Cuánto necesitamos dejar que nuestra fragilidad sea ungida por esta experiencia, cuánto necesitamos que nuestra fe sea renovada, cuánto necesitamos que nuestros miopes horizontes se vean cuestionados y renovados por este anuncio!”.

“Él resucitó y con él resucita nuestra esperanza y creatividad para enfrentar los problemas presentes, porque sabemos que no vamos solos. Celebrar la Pascua, es volver a creer que Dios irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias desafiando nuestros «conformantes» y paralizadores determinismos. Celebrar la Pascua es dejar que Jesús venza esa pusilánime actitud que tantas veces nos rodea e intenta sepultar todo tipo de esperanza”, afirma el Sumo Pontífice.

La particular Pascua que vivimos adquiere una dimensión trascendente. Se centraliza en la reflexión y el encuentro con uno mismo. Siempre es necesario echar una mirada hacia nuestro interior, dejando de lado, aunque sea unos minutos, toda adicción tecnológica (celulares, computadoras, televisión). Si somos creyentes, se revitaliza la enseñanza y el ejemplo de Jesucristo. Si no lo somos, siempre es beneficioso y gratificante una sincera reflexión y análisis interior.

Mirarnos en el espejo, con humildad, para meternos adentro en lo más profundo, descubrir lo malo y sacarlo hacia afuera. La vida suele estar colmada de apariencias, de máscaras y mentiras. Rescatemos la vida “real”, tanto en la grandeza como en la miseria.

La pandemia cala hondo y nos somete a una reflexión más profunda. Hagamos el esfuerzo, con sinceridad y humildad. Nunca es tarde para corregir defectos, erradicar procederes equívocos y replantear conductas. El momento que vivimos y el tiempo nuevo que se avecina así lo requieren.

A pesar de los pesares, bienvenida la Pascua para terminar con los pensamientos negativos, eliminar actitudes de soberbia y vanidad. No permitir que el egoísmo anide en el corazón y comprender, que por encima de diferencias y desencuentros, el perdón y la reconciliación son posibles.

Luchemos por un tiempo sin afanes posesivos, sin voracidad económica, sin apego al dinero, sin prejuicios raciales o ideológicos, sin mentiras. Es tiempo de abrir el corazón, con amor y paz. Solo así, la luz del universo iluminará un mundo mejor. Depende de nosotros, el futuro es lo que hagamos hoy.

Exhibamos el mejor rostro de Pascua. Limpiemos el alma de miedos y temores. Un mundo nuevo nos espera. Más integrador, menos egoísta, más generoso, más solidario. Es tiempo de dar.

¡Felices Pascuas y buena vida para todos!


Amar es darse todo


Detrás del mostrador el hombre miraba distraídamente hacia la calle mientras una pequeña niña se aproximaba al local.  Ella aplastó su naricita contra el vidrio del espectacular aparador y de pronto sus ojos color miel brillaron cuando vio determinado objeto.
Ella entró decididamente en el local y pidió ver un hermoso collar azul que le había llamado la atención y le dijo al vendedor:
– Es para mi hermana. ¿Podría hacerme un lindo paquete?
El dueño del local, quien estaba a un lado, miró a la chica con cierta desconfianza y con toda tranquilidad le preguntó:
– ¿Cuánto dinero tienes, pequeña?
Sin alterarse ni un instante, la niña sacó de su bolsillo un atadito lleno de nudos, los cuales delicadamente fue deshaciendo uno por uno.  Cuando terminó, colocó orgullosamente el pañuelo sobre el mostrador y con inusitado aplomo, dijo:
– Esto alcanza, ¿no?
En el pañuelo solamente había unas cuantas monedas. Mirando al dueño con una tierna mirada que expresaba una mezcla de ilusión y tristeza le dijo:
– Sabe, desde que nuestra madre murió, mi hermana me ha cuidado con mucho cariño y la pobre nunca tiene tiempo para ella.  Hoy es su cumpleaños y estoy segura que ella estará feliz con este collar, porque es justo del color de sus ojos.

El empleado miraba al dueño sin saber qué hacer o decir, pero éste sólo le sonrió a la niña, y se fue a la trastienda, y personalmente lo envolvió en un espectacular papel plateado e hizo un hermoso adorno con una cinta azul. Ante el estupor del empleado, el dueño colocó el hermoso paquete en una de las exclusivas bolsas de la joyería y se lo entregó a la pequeña diciéndole:

– Toma, llévalo con cuidado.
Ella se fue feliz saltando calle abajo. Todavía no había terminado el día cuando una encantadora joven de cabellos rubios y maravillosos ojos azules entró en el negocio.  Colocó sobre el mostrador el paquete desenvuelto y preguntó:
– ¿Este collar fue comprado aquí?
El empleado cortésmente le pidió que esperara un momento y fue a llamar al dueño, quien de inmediato regresó, y con la más respetuosa sonrisa le dijo:
– Sí, señora, este collar es una de las piezas especiales de nuestra colección exclusiva y en efecto, fue comprado aquí esta mañana.
– ¿Cuánto costó?
– Lamento no poder brindarle esa información, señora. Es nuestra política que el precio de cualquier artículo siempre es un asunto confidencial entre la empresa y el cliente.
– Pero mi hermana sólo tenía algunas monedas que ha juntado haciendo muñecas de trapo con ropa vieja, pues mi sueldo es demasiado modesto y apenas nos alcanza para sobrevivir. Este collar ciertamente no es de fantasía, y ella simplemente no tendría dinero suficiente para pagarlo.

El hombre tomó el estuche, rehizo el envoltorio casi ceremoniosamente, y con mucho cariño colocó de nuevo la cinta diciendo mientras se lo devolvía a la joven:
– Ella pagó el precio más alto que cualquier persona puede pagar: “ella dio todo lo que tenía”.

El silencio llenó el local y las lágrimas rodaron por el rostro de la joven, mientras sus manos tomaban el paquete y salía de allí lentamente, abrazándolo fuerte contra su pecho.
La verdadera donación es darse por entero, sin restricciones. La gratitud de quien ama no coloca límite para los gestos de ternura. Agradece siempre, pero no esperes el reconocimiento de nadie. Gratitud con amor no solo reanima a quien recibe, reconforta a quien ofrece.

-«El collar de perlas», relato del libro «El silencio del hombre» de Pedro Alonso.
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