Carlos Vidal alma y vida de tango

En este día del tango, tributo a un cantor pehuajense que durante décadas cultivó la canción de Buenos Aires con auténtica pasión. Conquistó halagos y aplausos. Eran caricias que fortalecían el espíritu austero y humilde del cantor.

 
 Escribe: Félix P. Peyrelongue / chicofeo52@hotmail.com

Carlos Jesús Vidal tenía 5 años cuando empezó a cantar. Su padre, fanático de Gardel compraba todos los discos. Carlitos los escuchaba a escondidas en un viejo fonógrafo. Se aprendía todas las letra y los fines de semana se reunía, en un galpón, con los pibes del barrio y cantaba lo que había aprendido escuchando los discos.

Rápidamente avanzó y asimiló conocimientos. Desde muy joven comenzó a pisar escenarios. Se familiarizó con la reconfortante aroma del aplauso y se afianzó su amor por el tango.

En 1939 debutó como cantor en la Confitería Esbert (Mitre e Yrigoyen). Entre otros temas cantó el tango “Charlemos” y el vals “Gotas de lluvia”. Un año después se hace realidad el deseo de cantar con orquesta. Fue vocalista de “Los Diablos Rojos” bajo la batuta de Nuncio Novello. En 1942 se integra a la orquesta de Aquiles Roggero, junto a Arturo Cipolla, Francisco Lo Gioco, José Figueras. Omar Riboira y Nicolás Dackiewicz.

Actuando en una fiesta del Dìa Nacional del Tango, junto a notorios mùsicos pehuajenses.
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Al decir el propio Vidal “en la época de los 40, el tango era rey de los salones”. Deja la agrupación de Roggero y retorna con Novello a la orquesta “Armonía” junto a Adolfo Rivas, quien fuera cantor con el genial Osmar Maderna.

En 1969 forma su propio conjunto bajo la dirección de José Figueras. En 1974 nace “Expo Tango” que comparte con Alberto Pascual, Alfredo Ercoli y Jorge Pedalino. Posteriormente siguió como solista secundado por diversos músicos, siempre aliado al tango que consideró “parte de su vida”.

Su voz inconfundible estuvo presente en todo encuentro o festival tanguero. También integró el Coro Municipal “Joaquín Medel”, siendo notoria sus intervenciones grupales o como solista.

Alguna vez fue tentado para incursionar en el mundo artístico de Capital. Nunca aceptó, priorizó su pueblo natal y su familia. Compartió escenarios con grandes figuras del tango. Eso lo hacía feliz.

Carlos junto a su esposa, Siete dècadas juntos.

No tenía preferencias sobre temas o autores. Tampoco era adepto a imitaciones. Cantaba lo que le gustaba y lo que demandaba el público. Poseía un don natural que transmitía naturalmente en cada interpretación. Se lamentaba por no saber música. Una vez se lo dijo a Aquiles Roggero y le pidió que le enseñara. El maestro le contestó: “Vos no necesitas, cantando sabes tanto como si supieras música. Es un don el que vos tenes”.

Y era evidente. Cantó hasta superadas las ochenta primaveras. Consciente de sus limitaciones y fiel a su conducta un día se alejó de los ámbitos públicos y siguió cantando en su intimidad. “Porque cantar era mi gusto, mi antojo, lo que quería tanto como a uno mismo”, solía decir.

Compartió con varias generaciones de músicos y cantores. Era feliz con el reconocimiento de la gente. “Salir a la calle y que me digan “chau Carlitos” para mí es suficiente”, nos dijo en el año 2011. Amalgamó cuatro amores “Mi mujer y mi hijo, además de la música y del canto”. Compartió casi 70 años de matrimonio, contento y feliz, dichoso de quererse a uno mismo y a todos sus semejantes.

 
Noche memorable. Luego de reencontrarse con el bandoneonista Julian Pinacho, actuaron en el palacio municipal pehuajense.


Los últimos años fueron duros, difíciles, por momentos incompresibles. Compleja y traumática afección de salud, la súbita partida de su único hijo y luego de su esposa, compañera de toda la vida.

Y el 20 de marzo de 2019 se calló el cantor. Tenia 94 años. Se fue casi en silencio, muchos de sus amigos y allegados no se enteraron. Dios sabrá por qué.

Queda latente, en quienes lo conocieron, su actitud de vida, de perseverancia y su aporte a la vida cultural de Pehuajó.

Por eso en este 11 de diciembre, además de recordar a Gardel y Julio De Caro, este portal periodístico que apuesta a la ternura y la nostalgia, evoca y exalta la trayectoria de Carlitos Vidal, un cantor de tangos con mayúsculas.

Seguramente desde algún lugar, en el azul del cielo, con fondo de orquesta celestial, junto a todos los tangueros que partieron hacia la eternidad, Carlitos entona “Grisel”, con impecable ilusión de percal; “Mi Buenos Aires querido”, ya sin penas ni olvidos, y “El día que me quieras”, junto a la rosa que engalana, vestido de fiesta con su mejor color....

Fue ganador de los Torneos Bonaerenses y tuvo la satisfacciòn de ser distinguido por el maestro Mariano Mores.




 El día del reencuentro con Pinacho, en su casa de Alem y Godoy, motivó espontáneas interpretaciones como en los tiempos juveniles.
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