Cuando lo conocí...



Por Nerea Inés Álvarez (Henderson) - Segundo premio en narrativa del concurso regional literario “Historias de mi Pago”, organizado por el Círculo de Escritores de Pehuajó en adhesión al 132º aniversario de nuestra ciudad.

Intento arreglar los desordenados cajones de mi escritorio y de pronto aparece, amarillenta, entre otras hojas, la Constancia. Esa Certificación de asistencia que tanto me llenara de orgullo años atrás. Acaricio la añosa constancia e intento revivir la emoción de aquél inolvidable momento. Aún recuerdo aquella tarde, en el Salón Blanco de la Municipalidad de Pehuajó, cuando desde nuestras ordenadas sillas, esperábamos ansiosos la llegada del Gran Escritor.

Era un ocho de julio de mil novecientos ochenta y tres, y los alumnos de quinto año del Colegio Nacional habían organizado un Ciclo de Conferencias Literarias, entre los actos del Centenario de la ciudad. Todos estábamos expectantes. Era una oportunidad única, irrepetible: conocer, estar cerca y escuchar al extraordinario Jorge Luis Borges. De pronto apareció su figura inconfundible. Alto. Erguido. Seguro de sí mismo. Enfundado en un traje gris, camisa blanca y una impecable corbata al tono. Su elegante bastón punteaba y aseguraba la precisión de cada paso a dar.

Lo ví entrar ayudado por Félix Peyrelongue (entonces Director de Cultura) y una sensación extraña me invadió. Una mezcla de emoción y de incredulidad. Estaba frente a un eximio argentino y de la Literatura Universal. No lo podía creer. Sentí deseos de pellizcarme para convencerme de que no estaba viviendo una ficción. Un caluroso aplauso y el bullicio de la puesta en pié de los presentes, me volvió a la realidad.

Se sentó a la mesa de las autoridades. El Intendente Municipal de entonces, Agrm. Eduardo Berazategui y la Secretaria de Gobierno y Hacienda, Señora Rosario Vergara de Crocce, lo escoltaban ceremoniosos. Luego de las presentaciones de rigor, inició su disertación. El silencio de un auditorio (compuesto por profesores, estudiantes del Profesorado de Lengua, alumnos y público de toda la región) era admirable.

Comenzó a hablar, parco, con autoridad. Con su cabeza erguida, orientada hacia la parte superior de la pared de enfrente. Narraba sobre su vida y contaba anécdotas de su infancia y juventud. Mencionaba a algunos de sus amigos y en especial a su madre. Hacía referencia a sus inicios literarios, sus libros y sobre nuestro idioma.

En un lenguaje claro pero rebuscado, expresaba una a una sus ideas. Trataba de hacer comprender la estructura de su narrativa y sus incursiones en el género poético. Y, hasta llegó a recitar algunos fragmentos del poema «El General Quiroga va en coche al muere». En sus expresiones dejaba traslucir su devoción por los hechos históricos.

La conferencia continuó desarrollándose. Hasta que llegó el momento tan esperado por profesores y alumnos. Ellos tendrían la oportunidad de hacerle preguntas al Autor. Los interrogantes eran precisos, certeros, bien elaborados y formulados. Aunque los estudiantes, en su voz, evidenciaban respeto y admiración por su interlocutor.

En un momento dado, un alumno de nivel secundario de Francisco Madero, preguntó:

- Maestro….¿ Cuándo Ud. escribió «El Aleph»… cuál era su idea central?
-El silencio del público era absoluto. El Maestro hizo una pausa y sin apartar su mirada del frente, le respondió:
- Ah!.... no se… yo no escribí ese libro-

El interrogador confuso, inseguro, miraba hacia todos lados como buscando auxilio con su mirada. Parecía mostrar la sensación de haber cometido un error al formular su pregunta.

Luego de unos segundos, Borges continuó:
- El Borges que escribió «El Aleph» no es éste que está aquí. Era otro hombre más joven, con otras expectativas e ideas. Yo, ya no conozco a ese Borges.mÉste que está frente a Ud., hoy, es otro Borges.

Al principio el desconcierto había sido general. Sin embargo quienes hayan leído su producción vislumbran, desde el comienzo, un pensamiento abstracto, inteligente y sagaz; que acababa de poner de manifiesto en esa respuesta al adolescente.

Su alocución prosiguió enriquecida con experiencias personales y acotaciones de sus continuos viajes al exterior, dejando entrever una profunda admiración por Londres y a la lengua inglesa.

Fue una experiencia alucinante para quienes nos agrada la Literatura; que quedó grabada, intacta, para siempre en el corazón.
Completo el arreglo del cajón y mientras guardo la Constancia, pienso:

- ¡Cuantas posibilidades culturales me ha brindado siempre Pehuajó!
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