El kiosco de Scalise



Nos instalamos un buen rato en el kiosco de Scalise. Ese mismo que estuvo punto de hundirse por efecto de raíces de viejas plantas, pero que felizmente el riesgo fue superado. Y entre cliente y cliente rememoramos los muchos años vividos en ese mundo de tres por dos, de noche y de día. Los tiempos del bowling y del inolvidable Cine Zurro de un Pehuajó muy diferente al actual. Una rutina, plena de esfuerzos y sacrificios, pronta a cumplir 33 años. Nuestro homenaje al día del kiosquero (27 de junio) a través de Hugo Scalise y Ana Guerrero.

El anochecer se adueña de la ciudad, los vecinos vuelven a sus hogares y Hugo sigue ahí, en el kiosco, junto a Ana, su esposa. Atiende a los últimos clientes del día, mientras toma nota de las mercaderías a reponer. Realiza las mismas actividades que hacía cuando compró el negocio hace más de treinta y dos años.

Caminás por Yrigoyen y doblás en Rivarola. De ahí, hasta Alem. Girás a la izquierda y hacés dos cuadras. Cuando llegás a Alsina, subís a la vereda, mano derecha, y a metros del cordón, los encontrás a ellos. Son Hugo Alberto Scalise, de 73 años, y Ana Guerrero, de 71. Los dueños de uno de los populares kioscos de la ciudad, ubicado en plano corazón de la vuelta al perro o, mejor dicho, el tradicional ocho pehuajense.

“La oportunidad de tener el kiosco surgió por una amistad. Yo tenía una despensa, alquilaba el local y entonces siempre andaba con problemas de alquiler y eso… y entonces un pariente me dice: ‘vos tenés que alquilarte un kiosco, en tal lado, yo te voy a avisar’. Bueno, le digo, vamos a ver. Y bueno, me salió. Vendí el otro negoció, compré el fondo de comercio de esto y le alquilé”, relata Hugo, recordando el primer acercamiento al rubro.

El alquiler era por dos años y al finalizar el contrato tendría la prioridad de compra. Días antes de finiquitar la locación, Scalise recibe un llamado. Era el propietario del kiosco que avisaba que había aparecido otro comprador y necesitaba una respuesta. “`Uh, me tiene que dejar pensarlo porque me agarró de sorpresa’, le digo. Vendí un 4L que tenía, junté unos mangos que un amigo me prestó y le compré el kiosco. Y ahí dije, vamos a estar tres o cuatro años más y lo vendemos”. Pero los tres o cuatro años se multiplicaron y a fin de 2013, Hugo y Ana festejarán treinta y tres años de kiosqueros.

—75 centavos.
—Dame uno.
—¿Me permitiría fuego?

El cliente se retira, Hugo guarda las monedas y anota la venta en una columna con numeritos, que en otro tiempo se completaba con mayor rapidez. “En el momento que compramos estaba el cine Zurro, y por el matiné, se trabaja con un montón de chicos, impresionante. Ahora que cerró el cine, sonamos. Se trabaja igual pero no es lo mismo. Cuando estaba el cine nosotros atendíamos en las dos puertas. Y teníamos una caja registradora como esta y en vez de abrir el cajón tirábamos la plata acá adentro. Y así estuvimos cuatro o cinco años y me entusiasmé, me fui quedando, quedando y ya hacen treinta y tres años”.

—Un Philip box.
—No, Philip box hasta mañana no. Común sí.
—Bueno, dame un común.
—¿Cuánto es?
—9.50.

“Ahora, andando gente, se trabaja, pero nada que ver con aquellos tiempos. Una lástima lo del cine y por el edificio. Era un Pehuajó diferente, la gente se acercaba al bowling acá en frente. Eran las cuatro de la mañana y estábamos acá nosotros. Los domingos prácticamente no íbamos a almorzar porque los chicos del matiné venían tempranísimo. Me acuerdo que la última película para chicos que trabajamos re bien fue La Pantera Rosa. Vino una multitud. Y con espectáculos de artistas, Horacio Guarany fue el último grande y también trabajamos impresionante”, recuerda Hugo, al mismo tiempo que asegura estar “muy satisfecho”.

“Creo que no me acostumbraría a trabajar de empleado. Siempre estuve trabajando por cuenta propia y si había patrón era mi papá o mi hermano que teníamos panadería en Nueva Plata”. La familia Scalise siempre estuvo ligada al comercio. Radicados en Nueva Plata, eran dueños de una panadería. “Era de mi abuelo, cuando acá no había panadería. La primera que hubo acá era de él. Estaba donde era la casa radical antes, ahí, del Banco Nación para allá. Una casa grande, ahí era la panadería de mi abuelo. Era cuando el pan se repartía en carroza casa por casa”.

—¿Gomitas de menta, tiene? —pregunta una mujer.
—De menta, ¿cuánto querés?
—Cinco pesos.

La mujer se aleja del kiosco con sus gomitas de eucalipto y Hugo espera a su señora que salió a hacer unos mandados. La jornada está terminando. Mañana, bien temprano, comenzará la rutina diaria, a la espera de los clientes de siempre. Aquellos que no fallan. “Como la señora de Cipolla, que todos los días retira el diario por la mañana”, afirma Scalise, y agrega: “tengo clientes que vienen desde que entré a acá. Nosotros ahora encontramos gente grande que se acuerda cuando hacían cola cuando venían al cine. Nuestros clientes siempre recuerdan cuando veníamos con nuestros hijos, y hoy nuestros chicos, son grandes como uno ya, je”.

Son las nueve de la noche. Hugo y Ana cierran el kiosco y dicen hasta la próxima. En horas, volverán a su lugar, a su trabajo, en Alsina y Alem. “Esta esquina es estratégica. Estamos en la vuelta obligada: Mitre, Yrigoyen, va por Rivarola, vienen por acá (Alem) y dan la vuelta acá (Alsina, Hernández). Siempre, toda la vida fue así”.
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