Madre

Este espacio, hoy tiene un personaje dominante, excluyente. Ese que “tiene algo de Dios”. Ausente o presente, el recuerdo y el reconocimiento es permanente.

MADRE, quiero cerrar los ojos, retroceder en el tiempo y revivir junto a ti momentos inolvidables, de un tiempo no lejano ni tampoco tan cercano.

Momentos, que seguramente viven en muchos seres que habitan en este suelo del oeste bonaerense. Momentos, que marcan diferencias de un tiempo que pasó, que podrá ser mejor o peor, pero que abrieron en la vida huellas profundas y fecundas, que al contarle a mis hijos provocan sensaciones dubitativas y risueñas.

Aclaro Madre, que no digo lo que digo, porque el almanaque anuncia tu día. Sería muy mezquino y no habría aprendido tus enseñanzas exentas de egoísmo y rencor. Porque todos los días, Madre mía, son tu día.

Cierro los ojos y recuerdo, aquella infancia sin juguetes pero con juegos. Aquella infancia de sacrificios y esperanzas compartidas.

Aquella pelota de trapo que hacías con medias viejas de la abuela, que más de un disgusto costaba, porque aunque gastadas y zurcidas, para un apuro servían.

Aquellas tardes de “bolitas”, jugando en el patio o en la vereda, o bien a “la perseguida” entre yuyos y malezas, a riesgo de terminar llorado al perder el “bocón de bolillero” que el tío trajo del campo.

Aquellas tortas y casas de barro, que tanta bronca te daban porque siempre se ensuciaba el piso recién lavado.

Aquellas tardes de “caza” con “la gomera” al cuello, hecha con gomas pedidas y una horqueta de palo, testigo de inocentes y frustradas cacerías en el monte de la esquina.

Aquella lucha obsecuente “por hacer todos los deberes” o por el guardapolvo bien limpio, planchado y prolijito.

Aquellas escapadas fugaces con unas pocas monedas, para comprar figuritas y en el boliche de la esquina disfrutar la “arrimadita” o “el puchero a tapadita”.

Aquellos días en cama, por culpa del sarampión, varicelas o paperas, que después del miedo al Doctor nos deparaba el amor de tus cuidados y mimos.

Aquellas noches de invierno, con la radio de compañía, quietito y sin hablar, porque la abuela escuchaba y a veces lloraba o reía por culpa de “los Pérez García”.

Aquellas noches de verano, hasta tarde y en la calle, atrapando “bichitos de luz” con los hijos de los vecinos.

Aquellas noches de San Juan y San Pedro, disfrutando las fogatas y el asadito de batatas.
Aquellas noches navideñas, cuando reinaba el encuentro y toda la parentela renovaba deseos y esperanzas.

Aquellas siestas de enero, con un ojo entreabierto, esperando que se hagan las cuatro, horario de “fuentón o chapuzón” a falta de tanque o pileta.

Aquellas tardes primaverales con corridas fatigosas para cazar mariposas, muchas veces hiriendo gladiolos, ladias o rosas.

Aquellos días de viento a puro barrilete, hecho con caña del baldío, papel de diario y engrudo, cola con telas de viejos vestidos e hilo lleno de nudos de envoltorios que dejaban los mandados.

Aquellas tardes de “picadas” con autos armados de alambre de fardo y carreteles de hilo y aquel rugir de motores que los labios apretados.

Aquellos y otros momentos, que es hermoso revivir cuando todo cambió y nos invaden juguetes por doquier, televisores, computadoras, video juegos, celulares, pero sigo sin comprender al escuchar a los chicos decir: “mamá estoy aburrido”.

Por eso MADRE te digo, abriendo mis ojos y mirando los tuyos, que a pesar de los pesares, de los cambios y recambios, hay cosas que no cambiaron y que jamás cambiaran: tus enseñanzas, tus ejemplos, tus consejos, tu ternura y tu infinito amor.

Por eso MADRE querida siempre estás a mi lado, como en aquella lejana infancia que junto al beso de las buenas noches, me enseñaste a decir “Con Dios me acuesto y con Dios me levanto”.

Te doy mil gracias por todo lo que me diste y por lo que no me diste también. Y pase lo que pase y diga lo que diga “¡Madre Santa, que el buen Díos te bendiga!”.


“Chico feo” / 1994
chicofeo52@hotmail.com

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