Compartir el pan con alegría

“Pués si usté pisa en un rancho y si el alcalde lo sabe, lo caza lo mismo que ave aunque su mujer aborte… No hay tiempo que no se acabe ni tiempo que no se corte

Tal es el primer refrán, que aparece en el canto segunda de la primera parte del Martín Fierro. Hernández lo pone en labios del protagonista del poema, después de que éste termina de cantar, recordando los buenos tiempos idos. Se trata de una adaptación de aquel proverbio español “No hay plazo que no llegue, ni deuda que no se pague”.

No hay tiempo que no se acabe: esta primera parte del refrán nos alerta sobre dos hechos irrepetibles, dentro de los cuales acontece nuestra vida temporal.

Nacer y morir. Todo tiempo se acaba, y nosotros terminamos en el tiempo, aunque no muramos del todo, es verdad indiscutible.

La sabiduría del refrán nos retorna a la cordura, por si alguna vez pasó por nuestra mente la idea de la inmortalidad en el tiempo. El tiempo de vivir, es un interrogante para todos. Vivir mucho y bien es un deseo de sentido común, privilegio de aquellas que le dan a la existencia un valor singular, algo así como un don recibido y del cual tendremos que rendir cuentas.

El amor a la vida no es un mal sentimiento, sobre todo cuando la entregamos día a día, como un salario, a quien nos dio y a quienes la comparten con nosotros. Pocos son los sabios que viven la real dimensión y sabiduría de esta primera parte del refrán “no hay tiempo que no se acabe”

Ni tiempo que no se corte: por mejor trenzado que haya sido, el tiento puede a veces romperse de un tirón, aunque suele ceder por lo general al desgaste. Los hombres de campo lo saben muy bien, y la imagen del refrán nos viene a recordar, que nadie está ni debe sentirse seguro.

Quien quiera vivir la filosofía del refrán, no puede hacerlo con egoísmo. Ante la realidad de que todo se acaba, o casi todo, conviene saber compartir el pan con alegría, reírse un poco de las vanidades de la vida y darle a cada cosa, su justo valor.

Sabiduría martinfierrista, pero sabiduría en fin.

Del refranero del Martin Fierro. José Marcón (1979)

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