Fray Mamerto Esquiú, “orador de la Constitución”, nuevo beato argentino

“Me gusta la soledad y una vida retirada; sin embargo, mientras tenga fuerzas me veréis siempre inquieto de una a otra parte, solícito del bien de todos”, sostenía el luchador franciscano, ahora consagrado beato. Emotiva ceremonia en su pueblo natal.



Desde ayer, 4 de septiembre, el fraile franciscano Fray Mamerto Esquiú, se suma a los santos argentinos, conforme a lo dispuesto por el Papa Francisco, el 19 de junio de 2020. La beatificaciòn inicialmente prevista para el pasado 13 de marzo se postergó a raìz de las restricciones impuestas por la pandemia de coronavirus.

La trascendente ceremonia tuvo lugar en su pueblo natal, San José de Piedra Blanca, Departamento de la Provincia de Catamarca, con la presencia de autoridades eclesiásticas encabezadas opor el Delegado papal, cardenal Luis Héctor Villalba.

El momento más emocionante fue la entrega de las reliquias de Fray Mamerto Esquiú en el altar, por parte de Ema, una niña tucumana de 5 años de edad, que habia nacido con osteomilietis femoral necrosante (infección de los huesos) y ante un riesgo de amputación, su madre rezó  con mucha fuerza y fe, pasando una estampita de tela de Fray Mamerto Esquiú sobre la pierna y 12 días después ya no presentaba síntomas. El milagro fue aprobado, el 24 de abril de 2019, por la Comisión Teológica de la Congregación para la Causa de los Santos del Vaticano. Ocho médicos convocados declararon que la cura de una beba recién nacida con osteomilietis femoral necrosante (infección de los huesos) era “inexplicable”.

A traves de su intensa labor, se atribuyen al nuevo beato, el argentino número 14, alrededor de 300 hechos milagrosos  y la curación de Ana, permitió al Vaticano la declaración de beato.


QUIÉN FUE ESQUIÚ


Nació el 11 de mayo de 1826 y murió el 10 de enero de 1883 en la posta catamarqueña “El Suncho”, un lugar “humilde, solitario, privado de todo recurso” como había sido su propia vida.  Fue fraile, sacerdote, obispo, docente, periodista y reconocido legislador, destacado por su encendida defensa de la Constitución Argentina de 1853.

Padeció desde la niñez graves problemas de salud. A los 5 años vistió por primera vez un hábito franciscano, confeccionado por su mamá quien prometió vestirlo siempre con él para que se curara. A los 10 años, ya huérfano, ingresó al convento de San Francisco donde fue ordenado sacerdote el 18 de octubre de 1848. Entregó gran parte de su vida a la docencia; sólo quiso dedicarse a los demás y a vivir “desconocido e ignorado”.

Franciscanos contemporáneos lo calificaron como “un apóstol en el ejercicio de la confesión e infatigable en la asistencia de los enfermos”. En 1880, fue designado Obispo de Córdoba, donde también daba misas en penales y hospitales y recibía en su casa a pobres y necesitados, entre quienes repartía su dinero.

Entre los episodios más famosos se destaca el el sermón de la Constitución. El 9 de julio de 1853, en un clima de tensión entre quienes proponían un Estado laico y quienes deseaban uno confesional, el religioso pidió concordia y unión para los argentinos, alcanzando trascendencia nacional. Declamó ese día: “Obedeced, señores; sin sumisión no hay ley; sin ley no hay patria, no hay verdadera libertad: existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra y males de que Dios libre eternamente a la República Argentina”.

En su diario, afirmó: “Me gusta la soledad y una vida retirada; sin embargo, mientras tenga fuerzas me veréis siempre inquieto de una a otra parte, solícito del bien de todos”.

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