Martín Fierro, genuino latido argentino

Colaboración de Jorgelina Recarte, con sincero sentimiento hernandiano, que ayuda a una mejor interpretación de la obra máxima de la literatura argentina.



De fierro es el temple de los gauchos de la pampa y Martín, el nombre de Miguel de Güemes, la cara de la Guerra Gaucha defendiendo las sucesivas invasiones realistas. Así José Hernández nombró a su canto en forma de verso, que sería la semilla de la Gauchesca argentina; una semblanza del genuino representante de la argentinidad, el gaucho.

En 1872 publica esta narrativa en verso, escrita en el lenguaje rural de los habitantes de la pampa rioplatense, un lenguaje popular, poniendo su centralidad en la vida de Martín Fierro, que era feliz, en el sentido de que lo tenía todo, una familia, un hogar y sus quehaceres en la tierra. Hasta que lo obligan a ser parte de la defensa de las fronteras, sin paga por no estar en la lista del Juez del Paz. Sin vestimenta y casi sin comida. Ese gaucho manso será un desertor para la época. Regresara a donde alguna vez hubo de sentirse vivo, observando con tristeza únicamente a una tapera desolada en donde había palpitado su vida. Entonces será cuando se abrirá huella en la inmensidad de la pampa para recuperar a sus hijos con sus consejos que los abrazaran finalmente.

Este libro, estas estrofas de 1872, estos 13 cantos, son un canto implorando Justicia. Una justicia en nombre de las costumbres del hombre de campo, de su cultura; de sus quehaceres, que, orillando casi los finales del siglo XIX, eran los trabajos con grandes cantidades de cabezas de ganado, perdidas al ser enviado a los fortines.

Julio Mafud es muy certero respecto del “destino”, como absoluto dueño de Martin Fierro. Y claramente se nota al convertirse en desertor un sargento, todo un simbolismo ser un matrero en nombre de la Justicia. Este destino hace con nuestro personaje principal lo que quiere y en la realidad, fuera de la ficción que lo nombra, Martin Fierro, cualquier gaucho en sus mismas circunstancias, se aferra a una obediencia absoluta de él.

La vuelta, para 1879, con 33 cantos, nos sitúa en un Martín Fierro que ha perdido a su amigo Cruz, muerto por viruela, conociendo a “la cautiva”, viviendo entre las tolderías Mapuches, cantando sobre sus hijos; dejándonos las payadas del Viejo Vizcacha y al negro.

Una huella literaria con profundo sentido de justicia social. Un libro que nos abraza con sus cantos y a la vez nos empapa de realidad. Martín Fierro ha roto finalmente a su guitarra, pero siempre cantara.

José Hernández, Martín Fierro, la ida y la vuelta, y un barbecho hernandiano acunando desde hace tantos años en nuestra ciudad estas raíces profundas y sentidas. Pehuajó, Pago Hernandiano.

Jorgelina Recarte



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