El amado oficio que aprendió de niño y le permitió cumplir todos sus sueños

Cuando comenzó, hace más de medio siglo, no tenía nada, solo el firme deseo de trabajar junto a su familia, consciente de todo lo que significa el esfuerzo propio para lograr lo que se propone en la vida. Es evidente que cuando hay voluntad y firmes convicciones todo es posible.

Osmar Agustín Juan (72),  ”Pocho”, es el último tintorero pehuajense en actividad. En este 22 de septiembre, fecha que honra su oficio, es motivo de placer rendirle homenaje y a través de él a todos los convecinos que ejercieron esta actividad comercial.

Al rememorar los tiempos idos, Juan habla de su infancia y años juveniles. “Tuve una hermosa niñez. Soy el tercer hijo de 4 hermanos varones. Mi papá trabajaba en el Molino y mi mamá era ama de casa. Fui a la escuela 9 y a los 9 años empecé a trabajar. Primero juntando manzanilla, después en una sastrería de cadete, en un taller de chapa y pintura barría, cebaba mate y hacía mandados. A los 14 años entré de cadete en la Tintorería Your Valet. Ahí estuve 5 años donde me enseñaron el oficio. Con la ayuda de mi familia, a los 18, el 20 de febrero de 1967, pude abrir mi propio negocio, la Tintorería Omir. En ese momento estaba frente al edificio donde estamos hoy”.


PRIMER TRABAJO, PRIMERA BICICLETA


El amor por el trabajo que cultivó desde niño jamás declinó. Hay momentos que han quedado grabados en su memoria, pero hay uno muy especial que aún goza con natural satisfacción. “Cuando cumplí los 9 años fui a trabajar a la manzanilla, como muchos chicos lo hacíamos en esa época. Ahorré durante un tiempo y con esa plata me pude comprar mi primera bicicleta que todavía la conservo impecable y se la muestro orgulloso a mis hijos y nietos”.

Indudablemente, el ingreso a la tintorería marcó el afianzamiento laboral y al mismo tiempo el nacimiento de un amor que también superó el medio siglo de convivencia. “Yo estaba sin trabajo y mi abuela Manuela conocía a uno de los dueños de la Your Valet. Un día se lo encontró en la calle y le dijo que si necesitaba gente yo estaba disponible. Al principio repartía ropa, después empecé a arreglar las máquinas. Un día el patrón me preguntó si me interesaba aprender a planchar y le dije que sí. A partir de ese día me quedaba hasta tarde para aprender. Un día empezó a trabajar una chica que me interesó ni bien la vi. Hoy, después de 55 años, sigue siendo mi esposa”.


SIEMPRE ADELANTE

Se conocieron en la tintorería y siguen unidos

Juan afrontó diversas situaciones en tantos años de vida comercial. Épocas muy complicadas que nunca le hicieron bajar los brazos. Al respecto, sintetiza: “He vivido muchas crisis económicas. También he ido viendo con el paso del tiempo cómo los electrodomésticos se modernizaron y como fueron cambiando las telas de la ropa y mi oficio cada vez empezó a ser menos imprescindible. De todas formas, el trabajo de la Tintorería en algunas prendas es irremplazable. Nos ha costado mucho sobrevivir a la tecnología, a los aumentos de las tarifas y del combustible, pero seguimos adelante”.

El rubro tintorería persiste en nuestra ciudad a través de Pocho Juan. Dejando de lado, este tiempo de parálisis provocado por la pandemia, siempre sostuvo el emprendimiento. “Hemos sostenido, junto a mi esposa, el negocio trabajando sin descanso para poder mantenerlo. En una época sumamos el lavadero industrial, eso nos ayudó mucho. Y también siempre cuidando a los clientes con un buen trabajo. Hay algunos que los conozco de chiquitos, venían con sus padres y hoy, vienen ellos con sus hijos.

Con 72 años y hasta que el cuerpo lo permita seguiré en la actividad. Hemos quedado solo nosotros y no es fácil por los grandes costos que hoy significa poner en marcha las máquinas y el costo de los insumos”.

Su entorno familiar lo secundó en forma permanente, porque desde los inicios fue un emprendimiento compartido con los componentes de su familia. “Cuando empecé trabajaban, además de mi señora, mis hermanos, mis cuñadas y mi papá, Santos Juan. Él era el encargado de recorrer las ciudades vecinas: Madero, Paso, Beruti, Mones Cazón y 30 de agosto. Con el tiempo quedamos nosotros, mi esposa y yo. Gracias a nuestro esfuerzo pudimos comprar el terreno, construimos la casa y el negocio. Mi viejo nos ayudó a levantar parte del edificio donde estamos hoy por eso el día que inauguramos, en homenaje, le pusimos su nombre”.

Echando una mirada al tiempo recorrido el balance es satisfactorio. “Es más que positivo”, afirma y añade: “Cuando empecé no tenía nada. Gracias al trabajo pudimos tener nuestra casa, nuestro negocio, criamos a nuestros hijos y les dimos un estudio. Es emocionante ver correr a mis nietos en la Tintorería y que me pregunten qué hacen las máquinas o que me traigan sus camperitas y uniformes para limpiar”.

La rutina cotidiana reviste las características de siempre, con la misma responsabilidad e idéntico amor de los orígenes: “Empiezo a trabajar a las 9, pongo la radio, tomo unos mates, repaso la ropa para ubicar dónde están las manchas. De ahí pasan al sector donde las desmancho, después a la máquina de limpieza, se centrifuga y se las seca con calor y se les saca el olor. Lo último del proceso es el planchado. Luego se vuelve a revisar prenda por prenda y si quedó bien queda lista para ser entregada. Si quedó alguna mancha el proceso se vuelve a repetir”.



Cuando el ser humano hace lo que gusta, no hay rutina alguna que modifique sus procederes, quizás adecuaciones a los avances que impone la tecnología, pero la esencia laboral no se altera, más aún cuando se mamó desde la niñez.

Juan sigue aferrado a su amado oficio, que no solo le permitió concretar su afianzamiento y permanencia, sino que posibilitó formar su familia. Hoy, goza con inmenso placer junto a sus hijos y nietos, fiel a sus principios y con el alma pulcra como las prendas que pasan por las manos del experimentado tintorero.

Las máquinas de Omir siguen su ritmo, en la esquina de Zanni y Landa, como el primer día con un firme convencimiento: “Mientras el cuerpo me lo permita y hasta que Dios diga basta estaré como cada día abriendo las puertas de mi negocio”...



PING PONG

Junto a sus nietos Felicitas y Eugenio

- ¿Un deseo?: “Tener trabajo”.

- ¿Un recuerdo?: “El día que logré mi sueño, tener mi propio negocio”.

- ¿Una gratitud?: “El haber podido formar una hermosa familia”.

- ¿Una ingratitud?: “Soy un hombre agradecido a la vida, no tengo ingratitudes”.

- ¿Un rencor?: “Gracias a Dios no tengo rencores con nadie”.

- ¿Un amor?: “Mi esposa, Estela”.

- ¿Una alegría?: “Cuando nacieron mis nietos”.

- ¿Una frustración?: “No tengo, hice todo lo que soñé y más”.

- ¿Una esperanza?: “Tener salud”.

- ¿Un reproche?: “No tengo”.

- ¿Una ilusión?: “Vivir hasta que mi nieta cumpla los 15 y pueda bailar el vals con ella”.

- ¿Un ídolo?: “Mi viejo”.

- ¿Un libro?: “Martín Fierro”.

- ¿Un amigo?: “Néstor Ibarra”.

- ¿Dios?: “Soy muy creyente, es muy importante para mí”.

- ¿La tintorería?: “Mi vida”.

- ¿Pehuajó?: “La ciudad donde nací y elegí para criar a mi familia”.

- ¿Osmar Juan?: “Un laburante”.



¿Por qué el día del tintorero?

Cada 22 de septiembre, se celebra el día del tintorero, sombrerero y lavaderos, sector del trabajo que nuclea el Sindicato de Tintoreros, Sombrereros y Lavanderos de ropa (UOETSyL), entidad que unificó el festejo de los tres sectores.



La celebración fue elegida en honor a San Mauricio. que se celebra hoy. En latín clásico hay dos términos para denominar tintorero: tinctor e infector (del verbo inficere: impregnar, recubrir, teñir...y alterar, contaminar, corromper... llegando en su participio pasado pasivo, infectio, a significar ‘apestoso, enfermo, contagioso.

Para compensar, los tintoreros escogieron como patrono a San Mauricio, alto oficial romano destinado en el Valais suizo (que murió mártir junto con todos sus legionarios).

La desconfianza suscitada por el conjunto de las labores de teñido fue norma común desde la antigüedad. Pero en la Europa medieval cristiana se agudizaría, manifestándose tanto en el ámbito real como en el legendario.

Más allá de los motivos que cuenta la historia, los tintoreros, en el transcurso del tiempo, continúan brindando un servicio esencial para la sociedad, a pesar de los cambios en la moda del vestido y de la aplicación de nuevas tecnologías. El arte de la limpieza y planchado de las prendas, para dejarlas “como nueva”, sigue siendo su desafío principal.

No existen datos certeros acerca del origen de la actividad. Se estima que esto ocurrió desde que se comenzó a colocar a los objetos que la naturaleza podía proporcionar como materia colorante, sin mayores esfuerzos. Los pueblos más antiguos como India, Persia y China practicaron con suma maestría en remotos tiempos el oficio de la tintorería.

La púrpura del Tiro, por ejemplo, es una prueba de lo lejos que habían llegado los métodos y procedimientos de la tintorería. Homero, Herodoto, Plinio y Estrabón, en sus obras, hablan del estado de la industria tintorero entre los egipcios, griegos y romanos, y destacan sus telas teñidas con los más diversos colores.


 

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