Vocación y orgullo

Fue alumno de la escuela 20. No pudo terminar la secundaria porque había que trabajar, pero siendo adolescente se incorporó al cuerpo de bomberos y durante 26 años prestó servicios. Se siente orgulloso y feliz. Vivencias que estremecen y emocionan.

Las entrevistas con bomberos voluntarios tienen matices muy especiales y siempre reflejan vivencias que estimulan y reconfortan. Nuestro encuentro con Hugo Luna (66), bombero retirado, tuvo connotaciones muy especiales, tanto por su experiencia como servidor público como por situaciones afrontadas en la vida.

“Mentí la edad para poder entrar a Bomberos. Había que tener 15 años y yo tenía 14. Había visto un incendio y me entusiasmé, me presenté y entré. Me descubrieron cuando cumplí 18 años que pasabas de cadete a bombero. Me felicitaron por el amor que tenía por Bomberos, pero hoy no se puede hacer eso”, recuerda Luna con un fuerte dejo de placentera nostalgia.
Él quería ser bombero voluntario, desde el momento que vio un incendio. “Me entusiasmé, quería incorporarme. Fue algo muy especial, no sé si Dios me dio un don”… Y entre sus recuerdos prevalece uno claro y contundente:

“En el año 68 o 69 vivía en una casilla de madera con mi madre, estábamos los dos solos. Era un 21 de septiembre, vino una fuerte tormenta que hizo estragos por todos lados, tipo diez y media de la noche. La casilla se nos movía toda. Llaman los bomberos. Mi madre me dice “no salgas, mirá como está la noche”. Le digo nosotros estamos bien mamá, otros la están pasando peor. Y me fui en bicicleta a Bomberos”.

SIEMPRE ME GUSTÓ DAR UNA MANO

La voz de Hugo se torna emotiva y sus gestos transmiten un sentimiento que lo dice todo: “Lo siento adentro. Siempre me gustó ayudar. Dar una mano. Por eso, a veces, veo cosas y me da bronca. ¿Por qué no pensamos todos lo mismo?, haciendo alusión a la vocación de servicio.

Remarca enseguida su paso por la empresa de emergencias Adees. “Allí me tocó salir con personas complicadas. No son nada grato esos viajes. Momentos difíciles en muchos casos, pero uno lo hacía de corazón, con ganas, como siempre lo hacía en bomberos”.

Y el vínculo con el Cuerpo de Bomberos Voluntarios se mete en la piel. No es fácil desprenderse, aunque llega el momento en que impera la necesidad de dar lugar a las nuevas generaciones. Luna se retiró en 1998: “Estuve 26 años pero después seguí vinculado, en las comisiones de fiestas, por ejemplo. Y mi señora a la par. Pero, llegó un momento, que el cuerpo te pasa boletas y dijimos vamos a darle paso a la juventud. Y además ya no tenés las ganas necesarias”, remarca a propósito de esa relación que abrazó desde la adolescencia.

APOYO FAMILIAR

Y el alejamiento físico se produce, pero espiritualmente siempre se está presente. “Cuando suena la sirena, hasta el día de hoy, siento algo muy especial. Se me vienen todos los recuerdos”, comenta y ejemplifica el accionar de una época muy diferente a la actual:

“Pasamos de todo, en tiempos que no teníamos nada. Una manguera y un tanque de agua. Teníamos que esperar que una camioneta nos llevará al incendio, porque en el camioncito iban dos o tres, por falta de espacio. Faltaban movilidades, hoy gracias a Dios tienen todo. Es hermoso”.

Su entorno más íntimo lo apoyó, lo comprendió en forma permanente, proceder de fundamental importancia para un servidor de la comunidad. “La familia me respaldó siempre en la tarea de bombero, primero mi vieja y después mi señora. Siento orgullo de decir que soy bombero”, enfatiza.

Y el tema vocacional aparece constantemente en la charla y en tal sentido Luna insiste y señala: “Hubo una época, en que teniendo dos años de antigüedad los bomberos hacían la colimba en el cuartel. Y hubo quienes se anotaban para salvarse de la colimba y después abandonaban, es decir que no tenían vocación de bombero. En cambio, yo era bombero y me tocó hacer la colimba”.

MOMENTOS IMBORRABLES

Como siempre decimos hay momentos, intervenciones, que quedan marcadas, no son fáciles de olvidar. Hugo recuerda tres grandes incendios. “En Las Juanitas, cuando se incendiaron galpones llenos de fardos y dos en Trenque Lauquen, uno en la mueblería Zelaschi y otro en Tamagnone Hermanos, en pleno invierno, con temperatura a bajo cero, íbamos sentados atrás en la autobomba, tapados con los sacos de cuero unos a otros. Llegamos a Trenque Lauquen y nos esperaban con bidones de té, porque no nos podíamos mover”.

Pero había cumplir con el objetivo de servicio, en este caso en una ciudad vecina. “En la mueblería Zelaschi fue muy grande, trabajamos mucho y en Tagmanone tuvimos que entrar a un lugar para sofocar el fuego y uno de los bomberos de allá nos dice que tengamos cuidado porque hay muchas cosas explosivas. Y apenas dijo empezaron las explosiones. En un primer momento te da como miedo pero al mismo tiempo te da ese coraje para seguir y solucionar”.

El relato de Luna expone con absoluta claridad la personalidad del bombero, que sabe como pocos de hechos dolorosos y lamentables. Entre otros rememora el choque de los dos ómnibus de Chevallier en Capitán Castro. “Fue una tragedia, hubo fallecidos y heridos abundantes. Venía la señora del Dr. Demichellis recuerdo. Muy fuerte ver como quedaron lo cuerpos de los choferes, ver una pareja de matrimonio mayor, los dos sentaditos parecían dormidos y estaban muertos. Ver cuadros así y estremece”.

Tampoco se borran de sus retinas los tiempos de inundaciones en el partido de Pehuajó donde los bomberos cumplieron roles prioritarios y vivieron situaciones que jamás se olvidarán. “Horas y horas adentro del Cuartel para atender cualquier llamado y brindar la asistencia necesaria”, subraya.

LA VOCACIÓN ES ELEMENTAL
A modo de síntesis de las sensaciones que lo invadían, sostiene: “Yo iba siempre con mucho entusiasmo por asistir lo que fuera. Entregar lo nuestro para ayudar, cuando se prendía fuego una casa o ocurría un accidente. Entusiasmo no porque se gozaba, entusiasmo y alegría interior porque íbamos a hacer el bien. Entonces se sentía satisfacción por el trabajo que había que hacer, casi siempre en situaciones dolorosas”.

Finalmente, al pedirle un consejo para las nuevas generaciones bomberiles o para quienes deseen sumarse al cuerpo de voluntarios, Luna responde con firmeza y convicción: “Quien tenga la vocación y le guste el trabajo de bombero, que se sume. Nunca se va a arrepentir. Que no ingrese pensando en una jubilación para el futuro, que lo sienta de corazón, que sienta la camiseta del bombero voluntario”.

Y sin duda durante ese cuarto de siglo, Hugo Luna sintió y transpiró la camiseta de bombero voluntario, como lo hizo siempre desde aquel momento que sintió atracción por el servicio y se manifestó la innegable vocación.

Valió la pena aquella “mentira adolescente” que le permitió cumplir y lucir con legítimo orgullo el uniforme de bombero voluntario.

PRIMERO BOMBERO
Cuando se incorpora como bombero voluntario, Hugo trabajaba como repartidor en Casa Ángulo (Perón y Gutiérrez). Los clientes sabían que si sonaba la sirena de Bomberos, el repartidor no iba. Apenas escuchaba el llamado dejaba lo que estaba haciendo y se dirigía al cuartel en bicicleta.

45 años de casados


Coincidentemente el día de la entrevista, Luna cumplió 45 años de unión matrimonial con Rita Inés Almirón. El feliz acontecimiento merecía un párrafo aparte.

“Me casé estando en la colimba -dice Hugo- y por eso me dieron la baja. Estuve un tiempo más porque había que esperar sorteos para salir”, y enseguida en pocas palabras sintetiza: “En las buenas y en las malas, con mi compañera siempre luchando juntos. No tenemos lujos, pero si nuestras comodidades y nos damos los gustos, los dos jubilados”.

Rita feliz, afirma: “Fue fácil compartir tantos años. Toda la vida juntos. Cuando hay amor se logra. Desde que íbamos al colegio éramos novios”, y el veterano bombero rubrica: “Casi 50 años de convivencia. Toda una vida, peleándola siempre. Cuando tenés voluntad todo se puede”.


Un cambio de vida

Otro aspecto que nos pareció oportuno resultar, es la lucha de Hugo Luna contra la obesidad. Cuando una situación limite lo obligó a tomar decisiones, optó por una salida que arrojó resultados positivos y seguramente sirve de ejemplo para quienes afronten padecimientos similares.

Hizo frente a la intervención quirúrgica especifica cuando acusaba en balanza casi 200 kilos. Con emoción, ahora exhibiendo un cambio notorio, afirmó: “Gracias a ella, mi señora, y toda mi familia, se puede superar. Y a las amistades, que pedían me cuidara y me dejara de joder”.

La negativa por uno u otro motivo predominaba. “Yo decía que no, pero un día dije me entrego. No podía más. Gracias a Dios todo salió bien, estoy muy contento. 60 kilos rebajé y aún faltan 10 más”.

Ahora, el espejo, sus seres queridos y sus amigos, resaltan una imagen totalmente diferente, si hasta parece más joven. “En diciembre tengo controles, pero todo va bien, si hasta se reguló la diabetes que me preocupaba. ¡Me cambió la vida!...
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