Aquel hacedor de folclore

La entrevista a su hijo motivó el recuerdo y el homenaje. En su casa de la calle Martín Coronado, junto a su esposa, Sara Hernando, don Hugo Ceferino Bustamante comenzó a inculcar a sus familiares y amigos el encanto del folklore argentino, que hace más de medio siglo se cultivaba en las aulas de las escuelas, en clubes, peñas y en núcleos familiares. Su enseñanza y su práctica se traducía en apego a las cosas nuestras.

Don Hugo destinaba su tiempo libre a transmitir conocimientos y exponerlos a la consideración pública. Las enseñanzas calaron hondo en su hijo Hugo Alberto, quien atesoró una herencia de gran valor, que le ha deparado múltiples satisfacciones.
El conjunto “Los Humahuaqueños” gestado por Don Hugo cumplió roles fundamentales. Quienes vivieron aquella época recuerdan a esa “familia” en el Teatro del Lago y diversos escenarios donde vibraba el folklore nacional. Y Bustamante tenía otra particularidad, fabricaba los instrumentos musicales para el conjunto.

“No solamente fabricó charangos -recuerda su hijo- también fabricó el bombo que tengo yo, todo tallado; tres guitarras criollas, quenas, sikus, y hasta un charango con un tronco de paraíso que lo ves y parece una cáscara de peludo, pero en sí es todo tallado con un destornillador”.

Las cualidades creativas eran evidentes. “Cortó un tronco de cedro por la mitad e hizo dos charangos mellizos, uno con clavijero de madera y otro mecánico. El primero que hizo era de caparazón de peludo, pero lo que pasaba que cuando había humedad se le aflojaba el cuerito que lleva entre medio del caparazón y se torcía el charango, entonces comenzó a hacerlos de madera”, rememora Huguito con inocultable emoción.

El ahora cantor y bailarín atesora la guitarra que le regaló cuando cumplió 18 años. “Que me dijo que era para un cliente y cuando llegó el momento me la regaló, me quise morir de alegría”, acotó sonriente y conmovido. Y seguramente son muchos los gestos y aportes del recordado artesano y “luthier” criollo que nos dejó tempranamente.

Se había jubilado como empleado en la Cooperativa Eléctrica, pero siguió militando como dirigente sindical en Luz y Fuerza, con la misma pasión y vehemencia que ponía en su obra artística, cualidad que quizás incidió la noche del 25 de julio de 1991 cuando se apagó su vida. Tenía 62 años.

Nuestro recuerdo y homenaje a un cultor de las cosas nuestras que pisó fuerte y dejó huellas cuando el sentimiento hernandiano comenzó a florecer en Pehuajó.
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