El día que “Bocha” Arpigiani fue Juan Galvez

El convecino Oscar Arpigiani, que fue protagonista de la sección «Nuestra Gente» en la edición n° 66, ex comerciante, bancario y docente, conocido como «Cacho» y en su niñez apodado «Bocha», corrió y ganó la denominada «Primera Vuelta de Winifreda» con el auto de Juan Galvez. El hecho, pleno de color e imaginación, fue publicado por Carlos A. Legnani, amigo de la infancia, en el libro «50 años de automovilismo. Una vida entre campeones».
El capitulo «color» resulta atrayente y revive entretenimientos infantiles de una época donde el ingenio predominaba al momento de jugar con los pibes del pueblo. Compartimos la experiencia:

Bajo el título "La primera vuelta de Winefreda", Legnani revive aquella experiencia de la infancia cuando el TC era pasión en todos los chicos del pueblo, al extremo que todos los amigos habían construído el auto de su preferencia, lo más parecido al de sus ídolos. Legnani fabricó la cupé roja de Oscar Galvez, además de los elementos para transmitir con tarros agujereados, hilo bolsero, maderas. etc. Y como decide relatar la carrera, confìa la réplica del auto del “Aguilucho” Galvez a su amigo lustrabotas del pueblo. Ya se vislumbraba su pasión por el micrófono y por el automovilismo.

Se definió el equipo de transmisión con otros amigos y el circuito. Las baldozas de las veredas eran el asfalto y los caminitos de tierra entre los canteros, una réplica de los polvorientos caminos pampeanos.

Y la carrera se hizo realidad. Los autos emulaban las verdaderas máquinas del TC. Entre otros Arpigiani (el Bocha) tenía la de Juan Galvez. Y el relato final lo dice todo:

El “Bocha” tomó rápidamente la punta, mientras que el “Turco“, al mando de mi Ford, arrancó quinto, en una competencia que se caracterizaba además por la gran cantidad de público que se congregó en el improvisado circuito. El problema mayor que podían tener los autos no eran los vuelcos, porque rápidamente se los podía poner de nuevo en carrera, sino la pérdida de sus ruedas. Este inconveniente decretaba de hecho el abandono.

El “Rusito” se la había tomado tan en serio en el puesto móvil que hasta habia agregado una publicidad de yerba Safac para hacerlo más creíble. Mientras tanto las cupecitas seguían dóciles a los chicos, viboreando por los canteros entre las flores.
Algunas se tumbaban, otras se iban arriba de los canteros y pegaban contra los ladrillos clavados de punta, en maniobras no exentas de vértigo. La punta estaba peleada ahora por el “Bocha” -Juan Gálvez- y por mi cupé conducida por el “Turco“.
Entre ellas dos estaría el vencedor, en un final propio del TC con emoción, intriga y hasta estremecimiento por parte de los espectadores.

Para bajar la bandera a cuadros habíamos convocado a nuestra maestra, la señora Juanita. El “Turco“ no daba más, había hecho un esfuerzo terrible. Faltando 50 metros, estaba a sólo dos pasos de su adversario. Estirando las piernas al extremo se volvió a poner a la par, pero como la cuerda era más larga, comenzaba a sacar una mínima luz de ventaja.

El final era emocionante. No sólo eran el “Bocha” y el “Turco” los que competían. Eran Juan y Oscar Gálvez los que estaban allí a metros de la llegada, disputando rueda a rueda una carrera como tantas veces. Con la bandera en alto y todo listo para la llegada, el “Turco” hizo un mal movimiento, se tropezó y voló por los aires. La cupecita roja, la que estaba perfectamente equilibrada y tenia una suspensión inigualable, fue a dar contra uno de los bancos de la plaza y se partió en mil pedazos. El “Turco" cayó de boca contra las baldosas, se raspó la cara y se peló las rodillas. Llegó a cruzar primero la meta, pero llevando en su mano solamente el piolín...

Yo me había quedado completamente mudo. No podía creerlo que acababa de ver. El “Bocha” cruzó la meta triunfante, llevando su cupé como correspondía. El público lo llevó en andas mientras levantaba los brazos para saludar.
Las últimas palabras de la transmisión fueron las merecidas felicitaciones para el ganador y el testimonio del "Turco", quien para “tranquilidad de sus familiares“ se acercó al micrófono.
-Perdoname, Caíto… -fue lo único que alcanzó a decir entre jadeos y con sangre en su boca por el golpe”.

Hermoso testimonio de una infancia plena de juegos y juguetes caseros. Cacho o Bocha Arpigiani, evoca con profunda nostalgia aquella travesura de la niñez. No hay palabras, solo un lagrimón se expande por las mejillas...
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