Sencillez, bondad, humildad

Desde niño se radicó en Pehuajó. Siendo adolescente comenzó a trabajar. Fue empleado de su suegro en la recordada Casa Scotton. Vivió los tiempos de furor por las bicicletas. Se destacó como futbolista jugando en Calaveras y en el seleccionado local. Siempre activo y fiel a una línea de conducta que data de los tiempos en que la palabra tenía más valor que una firma.

Tarde plena de recuerdos y saludable nostalgia compartimos con el convecino Félix Arrúa. Naturalmente no exenta de emociones cuando la evocación cala hondo en los sentimientos familiares y en los vínculos conseguidos a través del trabajo y el deporte.
Nació en Bolívar donde aún viven primos. «Todos los hermanos de mi padre tenían un nombre vasco. Soy Félix Cantalicio, Cantalacio no lo he usado nunca. Llegué a Pehuajó en 1936. Mi padre estuvo de mayordomo en una estancia que se llamaba Los Pirineos, en Espigas, partido de Bolívar. Era de Juan Bautista Bioy, primo hermano de los Bioy Casares.

Estudió por correspondencia en la academia Pitman, que según mi padre era muy buena. Se recibió en Ventas y decidió buscar nuevos horizontes. Se iba ir a Bolivar y un amigo le habló de Pehuajó, probá le dijo. Primero vivimos frente a la escuela 20 vieja, en la Avda. Perón, después vinimos a la esquina de Rivarola y Ascasubi y como era poco terreno compró aquí (Ascasubi 663).
Empezó a hacer seguros de vida para las empresas La Protección y La Previsión, después tuvo un negocio chico, una despensa».

UN TRABAJO Y UN AMOR
El papá de Félix falleció tempranamente. «Cuando mi padre fallece yo tenía 13 años. Tuve que salir a trabajar. Ya había terminado la escuela e hice de todo. Repartía diarios, le cobraba cuentas a un amigo. Había comprado una bicicleta usada en casa Scotton. Y me dice Scotton no querés trabajar acá. Y comó no quería repartir más diarios entré. Toda la vida estuve ahí».

No solo encontró su lugar de trabajo. Conquistó el corazón de Nory, hija de Scotton, con quien formó una hermosa familia. «Estuve 59 años casado. La conocí a quien seria mi esposa cuando tenía 12 años, yo tenía 15 o 16» y el romance se perpetuó y el vínculo se consolidó. «Deben ser pocos los que compartieron tanto con el suegro», acota sonriente el vasco Arrua.

SCOTTON, UNA MARCA EN PEHUAJÓ
 La importancia del recordado comercio fue notable. A propósito, remarca: «Casa Scoton empezó como bicicletería. Fue el fuerte de él. Venían cajones con diez bicicletas Phillips, semiarmadas, eran necesario seis personas para bajarlos. Se vendía enseguida, a los quince días ya no quedaban. La bicicleta fue el auge en esos tiempos. Tenían buena relación con casas viejas de Buenos Aires que proveían bicicletas importadas. Muy buenas. Me acuerdo cuando salieron las nacionales habían que ajustar las tuercas, después se perfeccionó todo. Se vendian de todo tipo, de carrera, de media carrera, de paseo.

Venía gente de toda la zona a comprar. 40 pesos valía una bicicleta y pagaban 10 pesos, 15 o 20 y después cuotas de 5 o 10. A sola firma, porque en ese tiempo la palabra era la palabra».

Sin duda una modalidad que se fue perdiendo con el tiempo. Arrua la recuerda y pone énfasis en la importancia de la confianza y responsabilidad de aquella época. «Más tarde la firma incorporó artículos para el hogar primero cocinas, después heladeras, pero la venta de bicicletas fue siempre puntal. De ahí salieron la mayoría de los bicicleteros, Esteban, Herrero, Martínez, Cueto», dato que permite afirmar que Casa Scotton generó salidas laborales.

EL CULTO DE LA AMISTAD
Félix hace un balance y repite la complacencia del trabajo. «Me siento satisfecho de la tarea realizada», afirma y revaloriza el rol de Olindo Scotton: «Fue un inmigrante muy querido, un tipo bueno. No era jodido. Le gustaba compartir, llegaba el domingo y me invita a cazar. No puedo, le decía, porque tengo que jugar al fútbol. Entonces íbamos a la mañana y volvíamos al mediodía».
Y los recuerdos de distintos momentos vividos y compartidos se multiplican. El trabajo se entremezcla con el deporte, especialmente el fútbol, pero en ambos menesteres prevalece la sana convivencia, el placer de tener amigos, de sentirse querido y respetado.

Sensaciones que se renuevan en Félix Arrúa, y que hoy en el atardecer de la vida, siempre en el mismo barrio, transmite a sus semejantes con la sencillez y la humildad que exhibió toda la vida. Quiera Dios calen hondo en las nuevas generaciones.


EL AMOR POR CALAVERAS
«A este barrio llegué en 1938 y aquí nació el amor por Calaveras. Jugaba en la cuarta, me acuerdo que tenía 15 años, faltaba uno y me pusieron. Después no me sacaron más. Fui campeón con la cuarta, con la primera e integré el seleccionado. El fútbol era otra cosa. Si estabas lesionado, no decias, porque había uno mejor que vos para jugar».

Sintetizando recuerdos, remarca: «Cuando falleció Evita íbamos a jugar a Nueve de Julio. Entonces se suspendió el partido y al otro domingo se jugó. El negro Sánchez que jugó en Deportivo, González que jugó en Calaveras, Larroque que jugó en Boca, no podía ir uno suspendido, otro que no tenía permiso del ferrocarril, entonces me llevaron a mí y después no me sacaron más. Y claro los otros protestaban».

«Había muy linda convivencia entre los futbolistas. Por ahí nos dábamos patadas, pero a la noche estábamos en Deportivo, en la sede que tenía en el centro, y estábamos todos, los de Boca, Deportivo, de Calaveras. A veces salíamos a jugar y alguno u otro le faltaba un jugador, se lo pedían al presidente y se lo cedían».

Evoca los tiempos en la vieja cancha de Calaveras. “ahí se trabajó como locos, hasta nosotros trabajamos, porque hubo que rellenar un metro cincuenta en la manzana esa. Y después vino la construcción de la baranda. En ese tiempo todos trabajaban en el club. Hoy todo ha cambiado.

Cuando se hizo la sede de Calaveras, yo sabía de carpintería. Todo el revestimiento, las persianas, las mesas, las hicimos con Torres».

«Estuve 35 años en la comisión, 20 de Tesorero. Después me alejé. Y hoy no voy a la cancha, porque me hago mala sangre. Me quedo con los lindos recuerdos de una época feliz y maravillosa. Era amigo de todos, tanto iba a KDT como a Deportivo o San Martín. Hice amigos en el deporte y en la actividad comercial. Es lo más lindo que te puede pasar».


Ejemplos silenciosos
“Esta es una buena oportunidad de hablar de papá, siempre recuerdo todas sus enseñanzas, el valor del sacrificio, creo que va arriba de todo, valorar el trabajo y que siempre deberíamos ocupar un espacio. Además de realizar el trabajo, el valor por el estudio, que nos ayudaría, en nuestro progreso o como un recurso extra además de poder trabajar de lo que la vida te había enseñado. El amor al deporte creo que me marcó mucho, ya que aprendimos a vincularnos en otros ámbitos y además a esforzarnos. Ni mis hermanos ni yo fuimos jugadores de fútbol, pero hicimos otros deportes con la misma vocación que el jugo al fútbol.
Una de las cosas mas importantes que destaco, su don de gente, su generosidad, su bondad, que el pudo transmitirla y creo que eso nos ha ayudado mucho en nuestra vida
Carlos Arrúa

-“Quiero mandarle a mi viejo (Félix) un enorme abrazo, que al menos pueda devolver en parte todo aquel afecto que nos transmitió desde niños y también aquellos valores que nos enseñó con sus “ejemplos silenciosos”: es decir con pocas palabras pero con muchos hechos, trabajo, esfuerzo y dedicación para cumplir siempre algún y por supuesto “honestidad”. Hoy que el esfuerzo tiene mala prensa, esos hechos adquieren dimensiones aún mayores.
Recuerdo de chico haber visto como toda la comisión del Club Calaveras y sus hinchas, levantaron ladrillo por ladrillo la pared más grande de su gimnasio (era enorme). Decenas de personas acudían después del horario de trabajo hasta la noche y los fines de semana, para lograr el sueño del gimnasio propio.
Con mis hermanos solo observábamos… Eso era un ejemplo silencioso. También se me viene a la mente el taller de casa Scotton -su lugar de trabajo- al cual me fascinaba ingresar, en particular cuando él no estaba, para encender todas las máquinas (agujereadota de banco, piedra de amolar, compresor, etc). A su pesar, de a poco me fue enseñando como se utilizaban, y algunos juguetes llegamos a construir juntos. Esa también se la debo, porque luego “deformé” en ingeniero.
Hasta que no somos padres, no comprendemos el verdadero valor de los nuestros. Por eso Félix, te mando un gran abrazo y seguí participando por muchos años más!
Marcelo Arrua

“El abuelo, Vasco, Vasquito así lo llamamos sus nietos y nietas. Somos cuatro Guille, Pancho, Emi y Cande en orden de nacimiento. También está Martina, Mauro y Josefina que él quiere mucho.
Yo me adjudicó el título de nieta favorita, por ser la que nació en su casa y vivió en Pehuajó hasta que me vine a estudiar y eso me permitió compartir casi una vida. Cuando era chica me fascinaba jugar en su taller, miraba cuando soldaba cosas y construía desde mesas, hasta bicicletas estáticas. Un día le dije que cuando fuera grande quería ser como él y tener un taller así de grande. Después cambie de profesión, pero siempre admire su capacidad de construir.
El abuelo es de gran corazón, rezonga hasta que lo retamos. Puedo decir que copié muchas cosas sin darme cuenta. En algo nos parecemos mucho, él siempre vivió la vida primero por el otro y después por él. Tiene una humanidad muy grande que a veces quiere tapar, pero los que lo conocemos sabemos de ella”.
Emilia Eizmendi
-«Comparto el sentimiento de mis hermanos y de mi hija... sobre todo una gran atraccion por su taller y las actividades manuales... ese es uno de los ámbitos que me vinculan con papá. Además de la vida misma....»
Graciela Arrua

RECUERDOS

Su hija Graciela, arquitecta y conocida cantante de tangos, compartió parte del encuentro con Félix. Proliferaron otros recuerdos del barrio, las experiencias vividas en el exterior, especialmente la visita a Italia al lugar donde vivieron los abuelos, donde sorprenden los rasgos de los rostros de los italianos, parecidos a descendientes italianos que viven en Pehuajó.

Párrafo aparte sobre el día que convencieron a Delia Ortega para que representara a Calaveras como reina del trigo, evocación que exaltamos en un número anterior de “mirá”. Y surge el recuerdo de Susana Cozzarin, que fue reina nacional del trigo, y vivía en la misma cuadra.

- «Olindo Flavio Scottón nació en 1906, vino a los 21 años a Rosario desde Italia. Tenía acá una tía lejana y se vino en el tren de la linea Rosario-Puerto Belgrano, bajó en Capitán Castro y se quedó en Pehuajó toda la vida. Donde estaba la confiteria de Trozzi y Tabitta, adelante alquilaban piezas y él tenía una donde limpiaba calentadores. Trabajó como loco».

- «En el año 65 fui a aprender carpintería en la escuela municipal porque no conseguía un carpintero. Fui dos años. Esta mesa la hice yo. Desarme todas las sillas y las rehice».

- «Aquí al lado vivieron los Arruti. Uno fue Intendente. Jugaba a la paleta. Nos regalaba las pelotitas, era muy bueno».

- «Como repartidor de diarios en la niñez, entregaba a los vecinos Critica, La Razón, El Laborista, Democracia. Ya estaban los Novelo como distribuidores».

- Recuerda con afecto las charlas con José Polo “Pepe”, que siempre iba a repartir cosas de “El Indio”, otro emprendimiento que marcó una epóca en la vida comercial pehuajense.



La 53, una escuela de valores
Por Marcelo Arrúa

Cerrábamos la presente edición y Marcelo, hijo de Félix, pasó el fin de semana en nuestra ciudad. Quiso visitar la recordada escuela nº 53, ubicada sobre la ruta 226, donde su madre fue docente y él alumno. La vivencia fue hermosa, impregnada de nostalgia, ideal para sumarla a nuestras páginas y rubricar el homenaje a su padre y el recuerdo de su madre.

“Este fin de semana en Pehuajó, me tomé un tiempito para ver la escuela rural -“la 53”- que está a unos 15 Km de la ciudad y se encuentra actualmente abandonada. Para nuestra familia tiene un significado especial, dado que Nory (mi vieja) fue maestra rural durante 30 años y unos 20, estimo, en esta escuela, en las décadas del 60 y 70.

Y vaya a saber porque razón, los 3 hermanos pasamos unos años por la 53, viviendo en la ciudad y disponiendo de varios colegios solo a 5 cuadras de nuestra casa. No hubo nunca una explicación clara, ni fundamentos precisos...

Y que tenía de especial esa escuela?. Nada. Solo había unos 25 o 30 alumnos, la mayoría hijos de los chacareros de la zona o de los puesteros que trabajaban por allí cerca. Claro como no existía ni el metrobús ni las combis, la escuela rural era como un “delivery de educación” que llegaba cerca de los hogares de campo. Luego la movilidad de los chicos se reducía a un caballo, sulky o a un rastrojero (los padres más pudientes).

El equipo docente estaba compuesto por un par de maestras y algunas con las especialidad de asistente social, las cuales ya en febrero recorrían todos los campos buscando chicos para la escuela. Tarea ardua, porque no todos los padres estaban convencidos de la importancia de la educación, dado que los chicos trabajaban en el campo. Los necesitamos!!! se escuchaba decir.

Un par de veces hice de polizón y me subí al auto de mi mamá (un jeep IKA utilizado para maltratar riñones) a buscar alumnos por el campo. Era común que algunos chicos no tuvieran zapatillas para la escuela, ni cuadernos, ni guardapolvos. Pero jamás faltaron, todos los años “la Nory” escribía a la fundación Mitre que enviaba cuadernos y lápices, a Alpargatas que mandaba zapatillas y a otro lugar -no recuerd - que enviaba los guardapolvos… Y sino se compraban con el dinero de la cooperadora -que los propios padres habían formado- para comprar lo faltante y hacer el mantenimiento a la escuela (así como suena: los padres se ocupaban de mantener la escuela).

Existía un galpón (a la derecha en una foto) - echo por la propia cooperadora a puro pulmón- para hacer bailes y recaudar fondos, que llegó a tener su época de gloria. Eso si, no contaba con WiFi , bueno, ni siquiera energía eléctrica. Pero si tenían la generosidad del Sr. Sánchez que prestaba el generador de su chacra y lo llevaba al baile esa noche. Solo alcanzaba para la banda y algunos foquitos de la pista. Ahí escuché las primeras guitarras eléctricas. El resto se iluminaba a puro “sol de noche”.

Mis compañeros -de 9 o 10 años- hacían tareas de ordeñe de las vacas, bien temprano (6 de la mañana) antes de ir a la escuela (entrábamos a las 8. Por eso en invierno el horario se corría a la 12 hs, con el fin de ordeñar más tarde y no morir congelados. Jamás se me ocurrió jugarles una pulseada, llevaba todas las de perder. Por eso mis habilidades se volcaron hacia el fútbol, en los partidos que se jugaban en todos los recreos. Yo conseguía siempre una pelota, a veces camisetas usadas (de cualquier cuadro y color) y ellos me enseñaban a andar a caballo. Un trueque sano.

La zona se inundó un par de veces, pero nunca se dejó de dar clases. Con botes, puentes de madera, lograban que siempre estuviera “operable”.

Sacrificio, perseverancia, amistad, diversión, compañerismo, empatía, reciprocidad, trabajo colectivo, objetivos comunes por los cuales luchar, todo eso se respiraba en la 53 …. También aprendíamos a leer y escribir y alguna que otra suma o resta.
Era como una escuela de VALORES... quizás esa era la razón por la cual asistimos”.

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