Desde pibe con alma de bandoneón

Desde purrete se sintió atraído por la música. El bandoneón le fascinaba. El maestro Lo Gioco lo formó. A los 12 años integró una orquesta. Músico de banda militar y de la banda municipal de Pehuajó. Acompañó tangueros de todas las épocas. Agradecido a Dios y a la vida, hoy transmite sus conocimientos a niños, jóvenes y adultos. El sueño de formar una gran orquesta lo desvela.

Fue algo como raro. “Yo veía un bandoneón y sentía algo muy especial. Jugábamos a la pelota con mi hermano y sentía un bandoneón y me subía a una planta para verlo tocar”.

Tuve la fortuna de vivir frente a la Terminal, frente a lo que fue la cancha de KDT. Cuando venían las grandes orquestas, de noche, tenía un amigo que era el parrillero y me hacía colar. Yo lo único que quería ver eran los bandoneones de las grandes orquestas que venían”.
El recuerdo es claro. Vive en las retinas de Héctor. Todo era muy llamativo. “No había en la familia ningún músico, no sé por qué me gustaba”, acota y añade: “Ahí empecé a conocer las grandes orquestas que actuaban en el escenario de KDT. Mi amigo me acompañaba y me dejaba cerca de los bandoneones. Después me volvía, trepaba por los ligustrinos”.

Ningún otro instrumento lo atraía como el fueye. “Un día le pido a mi madre que quería estudiar bandoneón, pero mucha bolilla no me dio. Le dijo luego a mis abuelos y nooo, había mala fama de los músicos en esa época, los tenían como vagos, borrachones. Y mi mamá quería es estudiara otra cosa, el famoso perito mercantil. Yo le decía que si, pero además quiero estudiar bandoneón”.

Eran otros tiempos. La palabra de los padres era respetada, hasta sagrada. La mamá de Héctor no cedía al pedido de su hijo. Ahora, cuando proliferan los gestos de valoración y reconocimientos, remarca: “A Dios que me dio esa cosa o ese don, a mi madre que se jugó. Un día, solita vino y me dijo “Hectitor busca un lugar donde podés a estudiar bandoneón y te voy a llevar. Yo vivía tirándole las polleras para pedir que quería aprender bandoneón”.

Y el sueño de aquel pibe del barrio de la Terminal se hizo realidad de la mano del gran maestro Francisco “Pancho” Lo Gioco. “A los 10 años empecé con él y teniendo 12 o casi 13 años ya estaba tocando en una orquesta. Tocaba en la típica el bandoneón y en la jazz la batería que aprendí solo a interpretarla.

ESTRELLA DESDE NIÑO
A partir de ese momento integró la orquesta “Las estrellas juveniles” hasta que le tocó cumplir con el servicio militar, nada menos que en la marina. “Me fui e ingresé en la Banda de Música de Zarate. Un lujo para mí. Luego se hizo una orquesta de tango en la misma base naval. Me preguntaron si tenía bandoneón, si dije tengo bandoneón y saxo”.

El marinero Sierra se lleva ambos instrumentos y comienza un tiempo diferente en la banda militar de Zarate. “Formamos un lindo grupo de tango y otro de jazz. Pasé muy buena vida en la colimba. Primero renegué con el famoso 905 que me tocó de sorteo. Pedí que me dijeran hasta qué número era marina, hasta el 905 inclusive” me dijeron. Me enojé, renegué, porque me perdía dos años, pero la verdad me hizo bien y me fue muy bien”.
Héctor tocaba la batería en la agrupación militar. Un día se va el saxofonista y en 40 días aprendió a tocarlo. “Nunca más me desprendí de él, claro sin dejar el bandoneón que es el instrumento que más siento”, evoca con emoción.

EL TRABAJO Y LA MÚSICA
De regreso al pago sigue sus tareas laborales pero no se desprende de la música. “Cuando vuelvo acá, ya había orquestas de cumbia y otras. Empecé a tocar saxo en “Juan José y Los Diques”, estaban Agüero, Vitale, Ferreiro… Más tarde hubo una época donde el tango tenía una tendencia a caer, aparecieron nuevos ritmos y había que adaptarse”.

“Nunca viví de la música, siempre tuve que trabajar. Me ponía el overol y hacía instalaciones eléctricas, después me ponía el traje y me iba a tocar con la orquesta por todos lados y hasta en La Pampa, Pico, Quemú Quemú. Estuve 6 meses con el Grupo 06. Me acuerdo que fuimos a actuar a Lago Epecuen, y nos dieron 15 noches de carnaval”.

Acompañó a muchos cantores, especialmente tangueros. En el último tramo de esa actividad, recuerda a Marta Bonora a quien acompañó con bandoneón y saxo; a Raúl Debórtoli cuando ganó medalla de oro en los torneos bonaerenses.
Desde hace más de dos años, Sierra –ya jubilado- se dedica a la enseñanza. “Tuve la fortuna de andar mucho, conocer muchos músicos, y siempre se aprende mucho de los otros. Todo lo que he acumulado en aprendizaje en vida, que es poquito, quiero dejarlo en otros, transmitirlo, antes de irme para allá….”

LA TAREA DOCENTE

Jubilado, Sierra intensificó su actividad como docente de música. Transmite sus conocimientos a niños, chicas y adultos, en forma particular y en los cursos promovidos por la Dirección Municipal de Cultura. “Me siento muy bien transmitiendo lo que aprendí, en saxo, bandoneón, flauta, teclado”. Habla, su rostro se transforma y con envidiable calidad tararea cada instrumento. “Eso me produce mucho placer, como en todos los escenarios que estuve, los viajes, los compañeros, todo me da placer”.

Julio González, mi médico, un día me hizo quedar unos minutos más fuera de la consulta. Le relaté mi experiencia con la música y me dijo “No dejes nunca. Seguí, llevala hasta el final. No te vas a llenar los bolsillos, pero te va a levantar el alma”, comenta.
Y como le sucede a todos los que abrazan una actividad creativa, la pasión es ilimitada. “A veces a las 5, 5 y media de la mañana, se me ocurre una variación, un arreglo, me levanto, cierro todo, me pongo los auriculares y lo pongo en práctica”.

Al terminar el encuentro, en vísperas del día nacional del tango, Héctor nos deleita con “Responso”, el tema de su preferencia, que planifica orquestarlo con sus alumnos haciendo uso de la atrapante tecnología. Huelgan las palabras, la música y el entorno lo dicen todo. Al lado del teclado, un lápiz, un sacapuntas y una goma de borrar, indispensable para asentar los arreglos. “Me meto en mi mundo y lo disfruto como loco”.

TODO ES ARTE
No solo la música lo atrapa a Héctor. En su casa tiene un taller donde hace pintura en aerografías y artesanías en tallado de madera. Muestra los trabajos hechos y remarca “Me encanta, no tengo tiempo para aburrirme”.

Siempre estuve activo. En la Cooperativa Eléctrica estuve 20 años, me levantaba a las 4 y media de la mañana. Le pegaba 12 horas por día. Salía de ahí y me iba al Conservatorio, Otro día me iba a la Banda Municipal. En un tiempo me iba a cursar flauta traversa. Todo me hacía feliz”.
“A mi hermano siempre le digo, cuando te jubiles no te pares. Manejalo. Se puede, Una vez me pasé de vuelta y tuve un estresado, pero me sirvió para regular y manejarme.

“ÚNICO MILICO”

El día que debuté en la banda fue un gran día. 55 músicos, todos de “tira” y el único miliquico era yo. Me di cuenta que tenían mucho interés en que aprendiera, había mucha disciplina. Hasta juré la bandera dentro de la banda, era el único milico. Fue una etapa muy linda”.

POR LA GRAN ORQUESTA
Un proyecto pendiente pero en proceso de elaboración es utilizar todos los recursos que hoy brinda la tecnología. Formar una gran orquesta. Ya está en eso. Ya va procesando y mezclando distintos instrumentos. Se sienta al teclado y hace una demostración. Se conmueve y afirma “Es mi sueño”.
Lo comparto con mis alumnos, no para hacer algo mejor, sino algo distinto, tres saxos, tres bandoneones y la flauta.

UNA GRATITUD
“Salvar la vida a una persona que se estaba electrocutando. No olvidaré nunca, cuando hablo del tema me acuerdo de a aquella cita “tu has venido a esta vida a cumplir una misión”. Cuando ves las cosas que te han pasado, que con un tanto milagrosas, que por ahí no se pueden explicar.
Calle Gutiérrez, frente a lo Armella, ocho menos diez de la mañana, iba con mi escalerita a trabajar a la casa de Nelo Massola. Sobre Rivarola cuando voy llegando a la esquina, giro la cabeza. No se por qué. Había un montón de gente. Se había cortado un cable de 70 mm y cayó sobre el cuello de una persona que iba en bicicleta. Mientras estaba en la bicicleta, no pasaba nada. Quiso sacárselo, cayó al tocar en el asfalto quedó pegado.

Lo más horrible es ver a alguien morir electrocutado. Todos miraban, paralizados, nadie movía un dedo. Ahora digo, parecía todo preparado, yo iba con escalera, llevaba pinzas. Voy, al tipo ni lo toco, pongo la escalera, me prendo al cable y con las pinzas corto el cable. Luego con otros le desenroscamos el cable del cuerpo. Era una cosa de hierro pero tenía vida. Lo cargamos en una camioneta y lo llevamos al Sanatorio. Le salvaron la vida.

A esa persona nunca más la vi. Nunca vino a verme. Ahora, no lo hice para salir en televisión. A lo mejor, me hubiera gustado que dijera vos fuiste el que me salvaste la vida. Pero ese hecho lo tengo dentro mío. Salvar una vida a una persona no es salvarle un cheque. Esa es la mejor gratitud”.

PING PONG
-¿Un deseo?: “Llegar a Cipérez, España, donde está mi sangre. Ya me contacté. Allí quedó gran parte de la familia, abajito de Salamanca”.
-¿Un recuerdo?: “En lo musical, lo que viví en la marina”.
-¿Una ingratitud?: “Hay algunas, pero no deseo recordarlas. Siempre hay alguien que te paga mal”.
-¿Una esperanza?: “Lograr el proyecto con mis alumnos y llegar a la grabación con mi propia orquesta”.
-¿Un amor?: “Mi familia, mis hijos, mis nietos”.
-¿Dios?: “lo más grande”.
-¿La Cooperativa Eléctrica?: “Un buen paso de mi vida donde pude desarrollar un montón de cosas que sabía hacer. Arranque parando palos y terminé como jefe de laboratorio. Creo que hice una revolución. Pedí todo lo que tiraba y reciclé todo tipo de medidores. Fue un trabajo muy lindo”.
-¿Un ídolo”: “Anibal Troilo “Pichuco”.
-¿Un tango?: “Responso”.
-¿Héctor Sierra?: “Un buen tipo que apostó en la vida a la familia, al trabajo. No logró mucho en lo material pero lo que hizo, principalmente en la música, le dio placer”.
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