Cuando la sangre se hereda

Costumbres y oficios heredados y cultivados con esfuerzo y trabajo. Los Matiasovich ocupan un lugar preponderante en la fabricación de pastas artesanales. Tres generaciones honran el apellido y el oficio. En Pehuajó cumplieron 25 años de actividad. Impresiones de Isabel Ozor y de sus hijos, Santiago y Silvina, que siguieron el camino abierto por los abuelos.
CON SABOR A FAMILIA
Isabel Ozor, madre de Santiago, compartió y comparte la experiencia comercial con sus hijos. A propósito de la trayectoria familiar en el mundo de las pastas artesanales, reseña:

“La historia comienza en siglo XX. Santiago Matiasovich y Ester Avila (abuelos paternos), nacen en Carlos Tejedor, contraen matrimonio y se mudan a San Martín (Provincia de Buenos Aires), como empleado oficial comienza en una fábrica de pastas.

Con el tiempo abre su propia fábrica de pastas llamada “La Primera de Malaver” en Malaver (Prov. Bs.As). De la pareja nace su único hijo varón, también llamado Santiago, con quien contraigo matrimonio. Éramos vecinos del barrio.

De la unión –relata Isabel- nacen tres hijos, Gladys (54), Santiago (53) y Silvina (49). Los tres se crían en el mundo de las pastas. Después de Malaver nos instalamos en San Andrés de Giles con la fábrica “El Molino” y en distintas etapas comerciales, pasamos por José C. Paz, San Miguel, Pilar y también en la provincia de Santa Fe.

Hace más de 25 años llegaría la extensión a nuestra zona. Silvina y su familia se instalan en Bragado y Santiago, aquel niño que según nos cuenta su madre “se crió en el mundo de la elaboración de pastas, siempre observando y participando”, decide viajar por distintos lugares de la provincia de Buenos Aires y “queda encantado con Pehuajó donde comienza como empleado en una fábrica de pastas y al año traslada la fábrica de sus padres a Pehuajó”.

Isabel acota que “fue un comenzar duro, trabajando día y noche solo. Con la aceptación de la gente y su esfuerzo logra tener su local”. Así comenzaba a germinar por impulso propio la semilla de la tercera generación de los Matiasovich. “Es un orgullo”, exclama Isabel y a modo de homenaje a su hijo, remarca:

“Lo felicito por la trayectoria, voluntad, constancia y dedicación, ya que elabora con el fin de disfrutar cada proyecto en la mesa de cada familia, sus clientes y colaboradores”.

LOS HERMANOS SEAN UNIDOS
Silvina desde Bragado donde tiene su fábrica de pastas comparte la celebración de los primeros 25 años de su hermano en Pehuajó. A propósito, comenta: “Nuestra experiencia es muy positiva. Fue duro ingresar a la sociedad de Bragado, nosotros veníamos de San Miguel, pero hoy en día el pueblo nos acepto”.

“Al principio –añade- tuvimos la gran ayuda de Santiago, tanto en lo económico, como en la enseñanza y el apoyo incondicional de todo lo que surgiera. El fue quien nos propuso venirnos a Bragado con mi familia, mi esposo Pablo al que le enseñó el oficio, yo en el mostrador y mis hijos Facundo (21), Valentina(17) y Catalina (14)”.

Y Silvina valora el accionar de Santiago en todo momento. “El compartir y hablar en el mismo lenguaje comercial con mi hermano y seguir aprendiendo de él es sumamente gratificante. Estoy orgullosa de él, por ser quien es, por su trabajo y dedicación. Realmente ama su trabajo”.
Hace suyo el agradecimiento de su hermano con “la gente de Pehuajó, ayudando a distintas instituciones (hospital, colegios, hogares, clubes). Es un orgullo poder seguir con esta pequeña empresa familiar, sabiendo del sacrificio de nuestros abuelos y de nuestros padres que lucharon para que nosotros podamos estar hoy en este lugar”.

“EMPECÉ DE MUY ABAJO”
La vida de Santiago siempre estuvo aferrada al mundo de las pastas. Haciendo un alto en las tareas, reflexiona: “La evaluación es muy buena. Pehuajó me recibió muy bien. Empecé de muy abajo, no teníamos gas natural, la electricidad a medias. Yo solo, después vino un amigo a ayudarme y de a poco fui logrando afianzarme”.

Eligió radicarse en Pehuajó estimulado por la gente. “Estaba entre Pehuajó y Tejedor, donde tengo parientes, pero al final opté por Pehuajó donde conocía gente que me alentó. Opté por Alsina y Varela para no molestar a otros colegas que estaban del otro lado de la plaza”.
Fueron años de intenso trabajo, pero el esfuerzo dio sus frutos. Hoy, la producción alcanzó tras cendencia regional. Los productos son consumidos en distritos vecinos.

Una solidaria tradición familiar caracteriza a la empresa, el apoyo mensual a entidades de bien público. “Es algo de familia, mi papá también lo hacía, ayudar a los comedores o colegios”, remarca Santiago. “Y a las escuelas que por ahí quieren comprar un televisor y hacen empanadas o pastelitos, le dono la masa. A mi, me hace bien. Voy por la calle y las señoritas y los chicos que me conocen me saludan. Es un ida y vuelta”.
Feliz por los logros obtenidos, Santiago Matiasovich, un cuarto de siglo después de aquel duro comienzo vislumbra el futuro con optimismo. “Hay que remar, lucharla y no bajar los brazos. Y brindar siempre un buen producto, si se puede mejorarlo. Nunca me quedé, siempre me renové en maquinarias, por eso tengo una gran variedad de pastas frescas. Alrededor hay muy pocas fábricas con tanta variedad”.

Nuestras felicitaciones y los mejores deseos a quienes hacen “el buen sabor”, una marca reconocida consolidada con sostenido trabajo y claros objetivos, con buenos sentimientos y buena calidad como las exquisiteces que producen.
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