Palomeque, el zapatero

A los diez años empezó a conocer las claves del oficio. Ya adolescente hacía arreglos de noche para poder pagar las herramientas que aún conserva, antiguas pero fieles. El oficio es llevadero y como toda actividad tiene matices particulares. Coser, martillar, clavar, pegar. Una rutina que de pronto satura, pero no da lugar a claudicar. Si hasta los fines de semana la extraña, aunque las cervicales marquen advertencias.




La conmemoración del Día de Trabajador del Calzado (13 de setiembre) comprende tanto a quienes se dedican a la fabricación y venta, como a quienes se dedican al arreglo y reparación. Por ello, nuestra inquietud periodística nos llevó a visitar al convecino Agustín Ángel Palomeque (62), conocido como «Lito», quien lleva más de medio siglo en el oficio, cuyo origen data de los tiempos de reyes, princesas y guerreros.
Los inicios se remontan a su niñez. «Un hermano trabajaba con otro zapatero, Duval, y necesitaban otro. Ahí empecé, cuando tenía 10 años», rememora haciendo un alto en el taller instalado en calle Del Valle, a una cuadra de la plaza principal.

Sorprende el paso del tiempo, pero es real y absoluto. «Estuve 10 años bajo patrón y después me inicié por mi cuenta. Llevó 52 años en esto”.

CON LAS MISMAS HERRAMIENTAS
«Comencé en calle Artigas, donde hoy hay consultorios médicos. Ahí me instalé el 10 de enero de 1972 y estuve hasta el año 1983. Después cambiando de locales y hace un año y medio me instalé en calle Del Valle, en el mismo barrio donde comencé hace 42 años”. Son muchos los almanaques acumulados y muchos los campeonatos boquenses celebrados por Lito «fanático bostero», que ahora maneja a su gusto los horarios laborales, quedando atrás épocas de esfuerzos sostenidos.

«Las herramientas que tengo tienen muchos años. Mi hermano las había comprado a un zapatero viejo, a Cheli Pérez. Las tengo de cuando tenía 14 años. Primero las tuvimos en el galpón de la casa de mi vieja. Cuando salía de lo Duval, a la noche hacía arreglos a gente del barrio, y al día siguiente mi mamá los entregaba. Y con esos trabajitos fui pagando las herramientas».

La vieja máquina Singer, martillos, la horma de hierro, entre otros elementos, además de una silla con patas cortadas para facilitar el trabajo, son evidencias patentes de la trayectoria del zapatero Palomeque. «La máquina de coser es alemana, marca Singer, es a lanzadera y no te falla jamás», acota y demuestra con un zapato las virtudes de la vieja herramienta.




PUDIENTES O NO HACEN ARREGLAR ZAPATOS
Si bien los resultados son más que positivos, el taller soportó tiempos difíciles. «Hubo épocas en que bajó mucho. Fue en el noventa y pico porque entraba mucho importando y además, por la miseria que había. Ahora, ya hace un mes y medio, ha bajado el trabajo».

La charla se interrumpe. Ingresa una clienta. Trae un par de zapatos para colocar en horma. «Me aprietan un poquito», afirma. Los deja. «Vuelva el viernes -dice el zapatero- o mejor si los deja más días». «Si, vuelvo el martes, tengo otros para usar», responde la señora.

Y «Lito», acota: «Siempre traen para poner en horma. No se cobra nada. A veces asustó algunas mujeres. Me preguntan que le debo y le digo son 80 pesos cada zapato, 160 en total… ‘Nooo’, exclaman y la reacción se supera cuando les digo que eso no se cobra nada. Es como un servicio, pero hay lugares donde se cobra».

A propósito de los clientes, Palomeque, luego de señalar que a través de tantos años ha logrado tener una buena clientela, señala: «Viene gente de todas las clases sociales, tanto el pudiente como el que vive con lo justo. El que tiene plata como que no tiene, hace arreglar zapatos, zapatillas, botas».

Llega otra señora. Proviene de Mones Cazón. Pide una reparación de un par zapatos por el que tiene particular afecto. Se va y el zapatero, acota: «Hay gente que se siente cómoda con un calzado y lo quiere mantener, entonces hay que emparcharlo varias veces».

«A VECES, ME SIENTO SATURADO»
La rutina tiene sus matices. La pausa es cotidiana en el taller de Palomeque y sirve para fumar un pucho, visitar un comercio vecino o charlar con tantos conocidos que pasan por el lugar. La rutina siempre es la misma: «Costuras, pegar y clavar, tapitas, tacos…».

«El calzado no ha mejorado en calidad -explica- todo lo contrario, fabrican cada cosas que es una vergüenza, pero tienen que competir. Todo es plástico, si bien hay mucho de cuero pero hay que pagarlo mucho más».

La jornada de Lito empieza 7 y cuarto, hasta las 12. Después, desde las 15 y 30 hasta las 19 horas. «Es sedentario un poco, pero cansa, cintura y cervical se resienten, pero bueno hay que hacerlo...», afirma y cuelga el guardapolvo azul que justamente estrenaba ese día. Es atardecer, falta poco para terminar otro día.

La pausa se hace sentir los fines de semana, pero al mismo tiempo se refuerza el cariño por el oficio que abrazó hace más de cincuenta años. «Muchas veces me siento saturado. Llega el viernes y se te junta una pila de zapatos y no veo la hora de que llegue el sábado. Pero, el domingo, tengo ganas que llegué el lunes para abrir la zapatería. Extraño», exclama sonriente.

Se siente feliz y complacido. El oficio se mantiene y le ha permitido subsistir sin altibajos. «Pude hacerme la casa y criar mis hijos», sostiene y señala que «en la familia no hay herencia por el oficio y tampoco lo quiero yo».

Lejos quedó aquel niño que aprendió el oficio junto a su hermano en la zapatería de Duval. Pero la vivencia, pese al tiempo transcurrido, es válida y permite comprobar que un oficio es tan redituable como una profesión. Como todo en la vida, cuando se afronta con esfuerzo y voluntad.

Sin duda alguna, «zapatero a tus zapatos...
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