“Déme lo que quiera”

Es tiempo de cuaresma, viernes a medianoche. Se obstruye una canilla en el lavatorio del baño. Queda abierta y es imposible cerrarla. Corte de agua y el sábado a primera hora, búsqueda de un plomero. Varios llamados, la mayoría no contesta y el que responde no puede o goza del descanso de fin de semana.

Casi resignado a esperar hasta el lunes, llamo a un amigo. Sugiere un teléfono de un plomero que no conoce. Es del padre de un compañero de trabajo, que se lo dio por cualquier necesidad. Llamo, explico el problema y promete venir en horas de la tarde.
Alrededor de las 16 comienza a llover. El plomero, en moto, acompañado de un hijo, llega a casa, mojado pero sonriente y dispuesto a arreglar la canilla.

La revisa, la desarma, acude a su caja de herramientas y cambia algunos pequeños componentes, una gomita y algo más. La vuelve a colocar. Prueba. Ve que funciona, vuelve a probar y tarea terminada. La obstrucción, aparentemente por abrirla demasiado, pudo repararse.

Los dos, padre e hijo, hacen algunos comentarios o más bien recomendaciones para que no vuelva a suceder. Muchas veces, por no decir siempre, omitimos indicaciones u olvidamos recomendaciones. Apretamos, exigimos y no respetamos límites. Esto sucede con las también con las actitudes personales. Una canilla bien cerrada o demasiado abierta trae consecuencias. Genera inconvenientes, bronca, impotencia por querer reparar pero sin saber cómo. Y en las relaciones humanas pasa lo mismo.

Agradezco al plomero su atención y el hecho de haber venido un día sábado y llovioso. ‘¿Cuánto le debo?’, pregunto. Me mira, mira a su hijo con quien comparte el noble oficio, y me contesta con espontánea humildad: ‘Déme lo que quiera, lo que a Ud. le parezca’.

Tremendo dilema para mí. Insisto por un valor y la misma respuesta: ‘Déme lo que quiera’.

Aún no sé si fui capaz de retribuir su trabajo como corresponde, por lo que vale. Creo que no. No es fácil ni corresponde fijar precio al trabajo del otro. Sí estoy seguro de haber recibido una hermosa lección de solidaridad, no muy frecuente en estos tiempos.
Hay gestos que se traducen en valores más fuertes que un precio, una moneda, un billete. Es posible palpar, sentir la virtud de la humildad y la sencillez de corazón, que se anteponen a la pereza, el interés y la vanidad.

Se avecina pascua, tiempo de entrega, de reflexión, de conversión, de replanteo, de encuentro con uno mismo. Pienso en el gesto de esos dos plomeros. De ahora en adelante, tendré en cuenta no apretar ni abrir de más una canilla, y con la misma humildad, me atrevo a decir: ‘Dios, dame lo que quieras’...

¡Felices Pascuas!

Chicofeo / PEHUAJÓ, abril de 2014-04-25
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