Dio a luz a su hija, sola y en la ducha del baño de su casa

Un coraje que estremece. El parto resultó perfecto. Madre e hija, fueron asistidas después en el hospital local. Alma Mía pesó 2 kilos 900 gramos. Si bien el nacimiento de cada hijo forma parte de los recuerdos imborrables de toda mujer, éste para Claudia tiene un matiz muy especial, que nadie podía creer.


“Yo estaba trabajando, voy a mi casa y me empiezan a agarrar las contracciones. Cada más seguidas, más seguidas. Y en ese momento, pasa que uno no tiene un teléfono o un número a mano y no podía comunicarme con mi esposo para que viniera a buscarme para llevarme al hospital. Entonces era cada más frecuente, más frecuente, y a lo único a lo que recurro en ese momento fue ir a avisar a un vecino si no me hacía de aunque sea llamarme a un remís para poder ir al hospital”.

Claudia tiene 37 años y el 10 enero de 2013, esperaba el nacimiento de su quinto hijo. Juan Carlos, de 17 años; Airton, de 14; Iratí, de 12; y Santos, de 8; querían conocer a su nueva hermana. Juan Sangre, el papá de la beba, también.

“En ese interín, el muchacho me dice que sí, que no había problema, y mientras espero que venga el remís, eran cada vez más fuerte los dolores y no sabía qué hacer. En el momento, lo único que se me ocurrió, porque a veces uno mira la televisión y dicen que el agua ayuda, que calma y relaja los músculos, y bueno… atiné a ir al baño y recostarme en la ducha, abrir el agua y empezar a hacer el trabajo de parto”.

La mamá atiende al público en la panadería que funciona en el supermercado chino de calle Gutiérrez. Sus hijos y su pareja también ayudan en el comercio. Claudia, con mucho esfuerzo y voluntad, siempre contribuyó al sostenimiento del hogar.

“Gracias a Dios salió todo bien porque el agua como que calmaba los dolores y bueno con tres pujos que hice en su momento salió la bebé. Después me acordaba de una clase que había tenido de primeros auxilios era de que al cordón había que cortarlo a quince centímetros o medir más o menos dos manos para que quedara bien y no tuviera problemas. Entonces en ese momento fue levantar la criatura, ir a buscar una tijera, venir y calcularle más o menos y cortar el cordón”.

Nació Alma Mía. Claudia fue mamá otra vez. Garra, valentía, amor, energía, fuerza, vigor. Cualidades, sin duda, propias de quienes gestan y dan vida. El parto fue perfecto.

“Con la desesperación, a lo único que atiné fue a agarrar ropa que tenía al lado mío, a mano, que era la que yo me había sacado para poderme duchar, envolver a la criatura y llevarla hasta la cama para que descanse ella y yo terminar con el labor que había comenzado que era retirar la bolsa, limpiar todo y ahí sí llamar a la ambulancia para que viniera a socorrerme”.

La beba descansaba en la cama tras el primer contacto con su mamá. Claudia continuaba con las acciones postparto. Sola, sin contención, sin atención médica. Con su hija.

“Así que una vez que había envuelto al bebé, me saqué la bolsa, me retiré todo, organicé un poquito, me vestí y volví a lo del vecino a decirle si por favor me llamaba la ambulancia. En ese momento pobre vecino no me entendía porque lo primero que le digo es que ya había tenido un bebé y que si no me llamaba la ambulancia para que me viniera a buscar y el hombre me decía “¿pero cuándo tuviste el bebé”. “Recién”. “Pero cómo que recién”. “Sí, recién acabo de tener familia”.

Alma y su hermana
¡Cómo entenderla! Minutos antes había solicitado ayuda para conseguir un remís. Al rato, pedía una ambulancia. Ya era mamá. Increíble. El vecino en su total desconcierto llama al hospital.

“Cuando llega el doctor con la enfermera me encuentran y tampoco me creen que había tenido familia porque yo ya estaba amamantando a la pequeña. Ya la había lavado y todo, porque como estaba la lluvia cuando estuve familia ahí nomás la bañé. La bañé, la higienicé y la envolví. Así que cuando vinieron los médicos no lo podían creer. La revisaron y gracias a Dios me dijeron que todo el trabajo que había hecho estaba todo bien, que no había pasado nada y que la bebé se encontraba en perfectas condiciones, así que cuando llegamos al hospital la revisó el pediatra, me terminaron de hacer las últimas curaciones a mí y la verdad que todos salieron sorprendidos porque no había ninguna anomalía. Salió todo perfecto, perfecto”.

Alma Mía pesó 2 kilos 900 gramos. Claudia y su hija, más relajadas y felices, recibían los cuidados necesarios, mientras enfermeras, médicos y profesionales del hospital escuchaban boquiabiertos el relato.

“No lo podían creer porque dicen que es la primera vez en mucho tiempo que se escucha un parto domiciliario, porque por lo general cuándo me preguntaban “sí, lo tuviste en tu casa, pero quién te ayudó”. “Nadie”, les decía yo. “¿Pero cómo que vos sola, ni un vecino, tu marido?” “No, nadie. Yo sola estaba en mi casa” Era algo asombroso porque hasta el ginecólogo cuando me revisaron para ver si me había quedado algo de la placenta o algo, no me había quedado nada, así que me decían que si iba a seguir con este trabajo así les iba sacar el trabajo a ellos”.

Alma y su papá
El papá de Alma todavía no sabía nada. Estaba trabajando y sin posibilidades de contactar a Claudia. La beba lo esperaba en el hospital.

“Mi familia me decía que estaba loca, que cómo se me había ocurrido hacer semejante labor, semejante trabajo, porque todo el mundo me decía que si les pasaba salían a la calle y empezaban a gritar, a pedir socorro, que se desmayaban. Mi marido también, pobre. Se enteró. Van y le dicen felicitaciones. Él preguntaba de qué. “Tu mujer ya tuvo familia, ya está en el hospital”, le decían. Así que todo el mundo se fue enterando después de que pasó todo”.

Antes del nacimiento, y hasta los últimos días de embarazo, Claudia trabajaba en varios lugares. Ahora con la llegada de Alma Mía, decidió reducir un poco las tareas fuera de la casa y dejó la atención de la panadería.

“Teníamos el nombre pensado pero no en qué situación iba a nacer, jajaja. Es algo raro, cómo que se dio todo”.
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