Un templo de amistad



Así la denominó Juancito Díaz, el primer músico que pisó su escenario. Este mes se cumplen 44 años de la apertura de “La Gallina Loca”, uno de los locales nocturnos que durante doce años fue centro atracción en Pehuajó. Cuando la noche tenía otras características y los valores de la amistad también eran diferentes. Juan Carlos “Lucho” Erbín, fue uno de los propietarios de la recordada confitería. Con él (mate por medio) recordamos aquellos tiempos de “La Gallina”, un verdadero ícono de la noche pehuajense. Parece mentira, han pasado tantos años y la magia convocante de “la gallina” se siente latir al echar una mirada a ese pasado, plenos de encantos y encuentros de amistad.

En julio de 1968 comenzó a funcionar en calle Alem, entre Mitre y Rivarola. Estaban al frente Juan Carlos “Lucho” Erbín y Adolfo “Tan” Rossi, colaborando además Pucci (dueño del local) y una cuñada de Erbín. El local fue diagramado por Abel Larsen, hijo de Juan, que todavía no se había recibido de arquitecto. Durante 12 años fue lugar de encuentro, buenas ondas, sana convivencia. Un reducto para lucimiento de cantores y músicos, tanto aficionados como profesionales. Las grandes figuras de la música popular de aquella época pisaron el escenario de “La gallina”.

Lucho Erbín recuerda que “al principio, se bailaba. Prácticamente fue la primera confitería bailable de Pehuajó. En ese tiempo, estaba Torra nomás, donde no se bailaba. En el 69, abrieron La Bruja y Toskos. Y al poquito tiempo comienzan los espectáculos. Primero, trajimos a Juancito Díaz, el 11 de agosto de 1968, que vino acompañado de Eduardo Lausen”, rememora y acota enseguida: “la Gallina fue un impacto. Iban de todas las edades. Rompió con la clásica confitería de ir a tomar un café o un trago”.

POR QUÉ “LA GALLINA”
“Faltaban tres días para la inauguración y no sabíamos que nombre ponerle. Estábamos muy ocupados con todos los menesteres para abrir. Y pasó Oscar “Peludo” Ayala y nos pregunta ¿che, cuándo abren?. Tal día. ¿Che, qué nombre le van a poner?. Mirá estamos en duda todavía. Y nos dice “ponele un nombre de esos que se usan ahora, como la gallina loca”. Ya está le digo. Y así fue, quedó “La Gallina Loca”. Cayó bien, me impactó. Ni pensarlo”, remarca Erbín.

“Al poquito tiempo, Luis María Gortari, amigo mío, me dice vamos a traerlo a Juancito Díaz a tocar el piano. No, le digo, esperá un poquito, estamos remetidos con la confitería. Y me dice, si no llegas yo te ayudo, te pongo la plata. Bueno, le digo, vamos a traerlo. Él era amigo de Juancito Díaz en Buenos Aires.

Faltaban dos días y no teníamos piano. Quién te iba a prestar un piano para subirlo por escaleras. “Tan” me decía, mirá que idea traer un pianista, si no tenemos piano. ¿En qué va a tocar, en un cajón de cerveza?. Salí medio desesperado. Volví al rato y le dije “arreglé el problema Tan”. Quién te lo prestó?. Nadie, le contesté. Me compré un piano. Uhhh se agarraba la cabeza con los pies. Estábamos remetidos con la confitería y te compras un piano. Lo compré en Casa Trío, de Jorge Adam, a 180 pesos por mes, en cuotas fijas, a 10 meses. Me daba vergüenza pagar la última cuota, porque había subido todo con la inflación”.

Y EL PIANO FUE PROTAGONISTA
La disponibilidad del mismo hizo posible la presencia de muchas figuras y además estaba a disposición de quien quisiera sumarse a las noches de “La Gallina”. Lucho recuerda que “desfilaron solistas, músicos y cantantes de todo tipo. Al tener piano, de rebote ligaba mucho. Era el único lugar, no siendo la Municipalidad, donde había piano”.

“En ese piano –añade- tocó Juancito Díaz. Fue una noche extraordinaria. Ahí empezaron los espectáculos. Me colaboraba José María Davín, que iba mucho a Buenos Aires y me coordinaba. El segundo espectáculo fue con José Colángelo y Ciriaco Ortiz, este último un año antes de morir. Ciriaco, fue el primero que parafraseaba con el bandoneón. Un capo.”.

EL RECUERDO DE JACINTO SÁNCHEZ Y “CHOLI” ONGARO
Con inocultable satisfacción en su mirada, Lucho rememora una de las características dominantes de “La Gallina Loca”:

“Todas las noches se armaba una guitarreada. Si no había ninguno, empezaba yo con la guitarra y mis escasos recursos, cuando no me sentaba al piano. Y se armaba enseguida. Después con Jacinto Sánchez y Etelvina, que estaban siempre. Jacinto, era un referente musical. Había pocos guitarreros y bohemio como Jacinto, ninguno. Y otro que aparecía de madrugada, era Choli Ongaro, un tipo muy especial, que tocaba el piano, el bandoneón. Venía, miraba el ambiente, y al rato aparecía con el fueye. Parame la música, me decía, que voy a tocar el bandoneón. El “Choli” era piazzolista. Una vez estaba tocando el piano y un parroquiano le dice “Choli, no sabes el tango Don Juan”. “No –le contestó- yo toco tango nomás”.

Revive en el recuerdo, su ídolo, con quien compartió momentos inolvidables: “yo me hice tanguero, siendo hincha de Alberto Marino. Lo traje a la Gallina, no te imaginas lo que fue para mí”.

Lucho afirma que nunca imaginó que tuviera semejante repercusión y acota: “no porque haya sido mi boliche, pero creo que como “La Gallina” no hubo otro. Será por mi bohemia como la de “Tan” Rossi. Un día, estábamos en Torra tomando un café y nos dijimos que lindo sería poner una confitería. Y enseguida empezamos, gustó la idea. Siguieron las charlas, empezamos a buscar local y la encaramos. Funcionó doce años. La noche era otra cosa. La Gallina está entre los mejores recuerdos de mi vida”.

Y al evocar el cierre, manifiesta: “cerramos en abril del 80. El último espectáculo fue con Swing 39, que representaba Gerardo “Chueco” Martínez. Ahora el último que cantó, fue Hugo Gómez, el carnicero. No hicimos anuncio previo, ese día, se dijo hoy es la última noche de “La Gallina” y así fue. Tomamos una copa con los que estaban y chau…”

Los mozos y la presencia de la familia
Entre tantos recuerdos, Lucho menciona a quienes trabajaron en “La Gallina” y el aporte y el “aguante” de su esposa, Tita, y sus hijos Laura y Pablito, que aunque pequeños también compartieron parte de aquella época.

“Los primeros mozos fueron Enrique Giménez y Luis Polo “Polito”, que era menor de edad. Había estado pintando las persianas y dijo que se precisaban algún mozo le interesaba. Lo uniformamos y empezó. Después estuvo el “Corto” Acevedo, Adolfo Mengarelli. El último que estuvo de mozo fue Arturito García. Y en la cocina estaban Gabino García y Héctor “Carucha” González. Después hubo otros, Rulo García, por ejemplo. Desfilaron muchos mozos”.

“Mi señora me acompañaba muchas noches, pero los chicos eran muy chiquitos, Pablito y Laura. Muchas noches iba y la mamá de Tita los cuidaba. Y después mis hijos vivieron también “La Gallina”, a su manera y a su edad. Recuerdo, en tiempo de bailes de carnaval la disfrutaban. Pablito era chico, venía bajando la escalera y justo subía Pinilla, el carpintero, de bigotes negros grandes y anteojos. Se encontró con Pablito, que tendría 4 años, y subió corriendo y gritaba “Papá, mascaritas”. No, querido, le digo, está de pinta y vos le decís mascarita, jaja”. Me acuerdo, cuando vino Alberto Marino, Pablo andaba agarrado de sus pantalones”.

Arriba, Erbín junto a “Corto” Acevedo; luego junto a otros colaboradores y allegados a “la Gallina”. Finalmente, Lucho y Tita, su esposa, respaldo fundamental de aquellos tiempos.

La falta de hielo y la visita de Hugo Díaz
La actividad tenía sus particularidades. Entre otras, la búsqueda del hielo: “Había que juntar hielo, no alcanza y nadie vendía. Había que juntarlo en las casas amigas. Salía a la madrugada a rejuntar hielo. Después compramos una elaboradora de cubitos, fue un alivio”, rememora Erbín.

Otra particularidad se daba cuando se realizaban los festivales de folklore: “terminaba en el parque y La Gallina se llenaba de folkloristas. Me acuerdo, una noche estaba Hugo Díaz en el mostrador. Medio dormido o encopado. Y le dije “Huguito, la gente quisiera escuchar algo, no tenés la flauta por ahí”. Ni me contestó. Al rato, de un bolsillo, sacó la flauta y empezó a tocar. Lo que fue eso, tremendo. Que pedazo de músico era”.

Y de anécdotas y recuerdos habría para cubrir varias páginas, así como hablar de Lucho Erbín, ese cultor de la amistad, tan creíble como bohemio. Autodidacta envidiable, que con sus escasos conocimientos (como siempre dice) canta tangos, valses o milongas, pulsa una guitarra, ejecuta un piano o se deleita con una acordeón a piano o una vieja “verdulera”. O toma lápiz y papel y da rienda suelta a su inspiración, plasmando poemas, con fuerte contenido sentimental y pehuajense.

Queda entonces pendiente, para una futura edición, la inclusión de Lucho en la sección “Nuestra gente”. Será un gusto compartir vivencias y sentimientos de un personaje simple, humilde y querible.


Foto 1: La noche del primer espectáculo: Juancito Díaz, Juan C. Erbín, Eduardo Lausse y Adolfo Rossi. A la izquierda, vista parcial de asistentes a una de las memorables noches de “La Gallina”.
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