"La escuela mía es el campo"

















Al cierre de esta edición, gente del Club San Martín conjuntamente con la Dirección de Cultura, se aprestaban a realizar la 1° Fiesta del Puestero. A modo de adhesión a la iniciativa y deseando que la celebración se afiance, entre tantos criollos, ubicamos a Don Orfilio Ortellado (83 años), oriundo de Carlos Salas ahora radicado en Pehuajó.

Toda una vida de trabajo en el campo. Fue boyero, puestero, esquilador, tambero, resero, alambrador, pastero, domador, hornero. “Arranqué a trabajar a los 9 años en un campo de Pascual Ronchi, en Las Toscas. Empecé a trabajar cuando faltó mi madre, me llevó el hombre que era el encargado del campo” y durante más de 60 años conoció y practicó todas las tareas de campo.

Los Ortellado eran 16 hermanos. Orfilio recuerda que “después de trabajar en ese campo comencé a hacerlo solo, y aclara, “Somos catorce los que nos criamos, dos nacieron muertos”.

Hizo de todo. Ahora, retirado, con inocultable satisfacción acumula anécdotas como para escribir un libro. Entre mate y mate, florecen los recuerdos:

Adquirió especial habilidad con el uso de herramientas rurales. “Por ejemplo, manejé arado y escardillo en las tierras de “La Marcela” de Duhao. Ahí empecé de boyero y pechaba 300 caballos en la mañana. Un tal Pedernera otro tal Gallardo, éramos los boyeros en ese lugar”.

Conserva lindos recuerdos del manejo de chatas y revive el encanto de los bailes de campo. “Me gustaban los bailes pero al otro día tenía que estar otra vez en el laburo”, una constante y un compromiso que se cumplía si o si.

Recuerda que “por una diferencia con el encargado me llevaron de la chacra a la estancia La Marcela, una estancia de 23mil hectáreas. A los tres meses de estar de boyero, me sacaron para el campo a las vacunadas, a las yerras. Estuve siete años ahí haciendo trabajo de esa clase”. Orfilio, remarca la importancia del ahorro. “Me gustaba mucho tener plata y no deber un peso”.

Cuando se esquilaba a maquina, con el mango, se ganaba bien. “Un día le dije al mayordomo que quería hacerme un peso más, pero no sabía esquilar. Entonces me vine para una Estancia en Herreras Vegas. Ahí había una máquina de ocho varillas y pedí trabajo. Me dieron de agarrador cuando tenía 17 años. Ese año comencé y al otro año, el patrón me dijo que tenía que agarrar el mango, tenés que aprender. Y bueno, agarré el mango y lo aprendí a dominar. Tengo veintiuna campañas esquilando”, afirma con legítimo orgullo pulsando el viejo mango que conserva de recuerdo y con el cual esquiló miles de ovejas.

Orfilio conoció todo tipo de trabajos rurales. Cuando no sabía aprendía. Se “hacía” en el trabajo. A propósito de las “buenas pagas” y la fortaleza del peso fuerte, su testimonio es terminante:

“Cuando me casé estaba de mensual en una estancia, pero salía a hacer changas porque la plata no alcanzaba. Tenía ahorrados 800 pesos para el casamiento. Me casé, me fui luna de miel, me fui a Buenos Aires, y con lo que sobró me compré una casa”.
Entre otros recuerdos, señala:

“Un año me fui a Río Cuarto, Córdoba, a esquilar con una máquina de La Pampa. Estuve tres meses y ocho días e hicimos 145 mil ovejas. Yo hice 11mil ovejas y por cada oveja ganaba un peso con veinte. Toda esa plata la traje para casa. En ese momento, 12 mil pesos era mucha plata. Compré una casa, un sulky y me quedó plata para pasear”.

Datos de un tiempo que pasó, que no es el caso decir si fueron mejores o peores que los actuales, pero que demuestran que el trabajo rendía y trabajar en el campo, como lo vivió Ortellado, era un placer.

Orfilio fue capataz de campo, estuvo nueve años en la estancia La Primavera, cinco en un campo de Carlos Salas. Fue puestero en la estancia San Juan de Deane. Luego trabajó con Don Mariano Fourcade, donde hace siete años, se jubiló.

Un gustazo charlar con Orfilio y revivir aquellos tiempos. “Tengo 67 años de campo tengo. La escuela mía es el campo”, remarca complacido y feliz. A través de él, nuestro homenaje y reconocimiento a todos los puesteros, peones y trabajadores del campo en general.

Bienvenida su fiesta de valoración. La patria les debe el mejor de los monumentos.

"Era lindo ser puestero"
Era lindo ser puestero si usted quería tener algo. Había que trabajar para tener algo. Hice muchos sacrificios. Estaba con mi mujer en un puesto de Las Toscas y tenía doce vacas. Me levantaba, ordeñaba las vacas y después trabajaba en el campo. Primero ordeñaba las vacas más ariscas y las últimas se las dejaba a mi señora. En ese momento mis tres hijos eran chicos y ahí fue el momento donde compré mi primer auto.

También trabajé en una fábrica de aceite de olivo. Era un trabajo nocturno. Entraba a las ocho de la noche y salía a las seis de la mañana. Cuando salía me acostaba un rato, me levantaba nueve y media y salíamos con mi señora a juntar aceitunas hasta las dos de la tarde. Volvía comía algo y me acostaba un rato hasta que a la noche entraba de vuelta”
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