Carta abierta de un perro “envenenado” a sus mejores amigos, los hombres

A propósito de un hecho real, ocurrido en Pehuajó, en junio de 1989.

“Es absurdo pensar que un perro escriba siempre y cuando su amo no se lo proponga.

Es por eso, que después de mucho pensarlo y pensando en mis amigos más fieles y sinceros, los niños, me decidí a escribir estas líneas, a riesgo de perder el anonimato de perro casero, tranquilo, juguetón y travieso, que pese a verle la cara fea a la muerte, no siento odio ni rencor.

Recuerdo cuando mi amo, que siempre me rinde homenajes el 29 de Abril, repetía palabras de un tal Leonardo Da Vinci, cuando dijo que “llegará un día en el que los hombres conocerán el alma de las bestias y, entonces, matar un animal será considerado un delito como matar a un hombre”. Sabe por qué digo esto, porque estoy con un poco de bronca, ojo dije “bronca” no odio ni rencor. Le cuento, el jueves pasado, 29 de junio, aprovechando que estaban baldeando el patio de la casa donde vivo, al ver una puerta abierta me fui corriendo a la calle, consciente de que cometería una travesura de la cual después me arrepentiría.

Ese día los chicos no fueron a la escuela, había paro o que se yo. Todos estaban en las veredas. Corrí dos cuadras, saludando a todos. No faltó quien me quiso correr, porque yo también no puedo con el genio, pese a que tengo 8 años y medio me siento eternamente cachorro. Entonces, patie alguna bolita que iba derecho al hoyo, borré con una gambeta las rayas de dos rayuelas y desvié con un cabezazo una pelota con destino gol. Pero los chicos ya me conocen, son mis amigos y supieron bancarse mis travesuras.

Después recorrí algunos baldíos, olfateando y lamiendo todo lo que veía y comiendo algunas cositas de esas, que a veces, gustan más que las bien preparadas comidas de mis amos. Humedecí algunos tallos de los árboles, y corriendo volví a casa, esquivando los escobazos de quienes por quererme tanto, cuando me porto mal me reciben con algunos piropos no muy agradables.

Habría pasado una hora y empecé a sentir que el cuerpo se me paralizaba.

Me sentía duro, no podía caminar, y unos dolores terribles estrujaban mi interior. No había nadie en casa, todos habían salido. No podía ladrar ni llorar.

Cuando ya me sentía vencido llegaron mis amos y rápidamente me llevaron al veterinario medio moribundo. Apenas si recuerdo palabras del veterinario cuando dijo “le han dado estricnina. No se hagan ilusiones, es muy difícil que salve, haré todo lo posible”…

Fueron 48 horas agónicas, según cuentan mis amos, aún con lágrimas en los ojos. Fue un milagro de Dios, que felizmente hoy puedo contar y quiero que mis mejores amigos, los hombres de Pehuajó, lo sepan. Y no vayan a pensar que lo hago por mandarme la parte o dármelas de héroe, lo hago porque no quiero que esto le ocurra a ningún perro de mi pueblo y mucho menos, como me contaron, a raíz de lo sucedido de una ciudad cercana, que algún niño llegue a pagar las consecuencias.

Todavía no lo puedo aceptar. No puedo creer que haya gente que recurra al veneno y nada menos a la estricnina para eliminar perros como yo. No puedo creer que haya gente con sentimientos tan mezquinos, que si bien no siente cariño por los animales parece que tampoco siente respeto y cariño por sus semejantes y principalmente por los niños que son los espontáneos compinches de nosotros y aún de los perros vagabundos, cuyo problema tampoco se resuelve arrojando veneno.

No lo puedo creer, quiero pensar que esto fue un sueño, una pesadilla, pero es imposible, pues acabo de enterarme que un perrito como yo y dos perritas amigas de mi barrio, Alsina y Gorriti, fueron victimas de la estricnina arrojada por manos anónimas.

Por eso, pese al dolor y reconocimiento de mi culpa por la travesura que hice, decidí con la buena voluntad de mis amos, escribir estas líneas, llamando a la reflexión a quienes, por motivos que no alcanzo a comprender utilizan estos procedimientos para exterminar el reino animal, rogando además, que si odian a los perros, por lo menos piensen en los niños que son nuestros amigos mas fieles, recordándoles aquellas palabras de San Juan Bosco, artífice moral de los niños y los jóvenes, al afirmar que “nunca será malo por un niño que haya tenido por compañero a un perro. De él aprenderán sin palabras, las más hermosas lecciones de ternura, fidelidad, devoción y lealtad que luego en vano buscará en los seres humanos”.

Uy, perdón, me olvidaba GRACIAS, Dr. Ariel Guajardo por salvarme la vida, y gracias por publicar esta carta, que ojala encuentre el eco que mi dolorido corazón aspira. Con mucho amor:

DIOGENES, un perro como muchos o cualquiera”.

-(Años después Diógenes murió de viejo)

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1 comentarios:

  1. Es excelente la Nota. pensar que hoy mas de 20 años siguen sucediendo estas cosas en Pehuajo

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