Obdulio Cantarini y ese oficio de pintor

“Cuando iba a la escuela primaria, en Alagón, estaba prohibido calcar los dibujos solo se podían calcar mapas. Un día la maestra nos pide que dibujáramos la tapa del libro de lectura, que se llamaba “Pimpollito”. Cuando se le entregó me reta, me dice que no lo dibujé, lo había calcado. Yo le decía que no, que lo había dibujado. No me creyó y me puso en penitencia. Más tarde, ella misma calcó el dibujo y comparó con el mío. Había algunas diferencias en las puntas y ahí se dio cuenta que yo no lo había calcado”.

Y el alumno se dio cuenta de sus condiciones para dibujar. A partir de ese día comenzó a cultivar su vocación que se proyecta hasta nuestros días. El alumno de la escuela de Alagón se llama Obdulio Cantarini. Si bien hubo algunos intervalos de inactividad, por razones familiares, nunca se alejó de los lápices, pinceles, pinturas, caballetes, telas y paletas.




Su oficio de albañil lo llevó a trabajar por diversas estancias de nuestra provincia y provincias vecinas. En cada lugar, registraba apuntes, hacía bocetos, cuando no pintaba el paisaje o los motivos que lo atraían.

Este 9 de Julio finalizó en el local de Yrigoyen y Alsina, una muestra de sus obras, que formó parte de los actos celebratorios del aniversario de la ciudad. Mucha gente apreció los trabajos en forma permanente. Hubo elogiosos y comentarios y vendió varios cuadros.

Con la humildad que lo caracteriza, Cantarini manifestó su satisfacción por los resultados obtenidos, que sin duda estimulan a quien ejerce la difícil tarea de crear. En la exposición observamos motivos pehuajenses, muchos rescatados en campos y estancias de Buenos Aires, La Pampa, Mendoza y Entre Ríos. No faltaron naturalezas muertas, motivos hogareños y hasta desnudos femeninos, todos plasmados en óleos, pastel seco y acrílico.



Obdulio Cantarini, nacido en Madero, a los 71 años de edad, ya jubilado, cuando las circunstancias lo requieren le da una mano a su hijo en trabajos de albañilería, pero ahora haciendo uso de las ventajas que confiere el estado jubilatorio, en su taller de la calle Guido Spano cultiva con mayor dedicación su vocación por la pintura. No hay tiempo para el aburrimiento, afirma, y cuando llueve mejor aún para volcar en las telas sus apuntes, sus bocetos, sus vivencias.

La tarde pehuajense se esfuma. Es el día de la Independencia, Cantarini contempla la enseña patria que flamea con altivez en el mástil de la Plaza Rocha. Espera entregar el último cuadro vendido, lo mira detenidamente, es que por encima del rédito económico
duele despojarse de una obra.

Y en la despedida proliferan los recuerdos, de la escuela de Alagón, del Sr. López que en Madero lo orientó, de Oscar Castell que fortaleció los estímulos y de quienes ya no están entre nosotros, Jorge Omar Gonzalez, Raimundo Campo y Ricardo Gil.
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